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La otra mirada

Sos leyenda, Amadeo

Publicado el

- 03:01 am

Última actualización: 23 de Marzo de 2020 - 09:31 pm

Hijo de un rafaelino, elegido el mejor arquero sudamericano del siglo anterior, el ídolo de River falleció en la mañana del viernes a los 93 años. Este es el recuerdo de un hombre que revolucionó el puesto y que hoy viste de luto al fútbol mundial.

El Flaco Menotti dejó un día una frase con su sello: «Antes de Amadeo, los equipos jugaban con diez jugadores y un arquero. A partir de él, juegan con once jugadores, uno de los cuales puede agarrar la pelota con la mano…».
Fue un adelantado, el que dio el puntapié inicial a la gran innovación, el jugador al que muchos consideran «el inventor del arquero moderno». Eso ocurrió a comienzos de la década del ’50. Fue entonces cuando Aníbal Troilo, gordo, sabio, sentencioso y futbolero, decretó lo que nadie se atrevería a desmentir: «Es tan grande Amadeo, que lo dejó a Sebastián Gualco en la noche de la historia».
«Quedé como titular de la primera de River en 1948. En aquellos tiempos tenía un estilo que podemos llamar de arquero clásico. Salía a cortar pelotazos cruzados, a descolgar centros, pero mi especialidad era atajar remates directos. Me gustaba volar. Mis salidas más arriesgadas eran para tirarme de cabeza a los pies del delantero que pateaba. Un día de 1944, jugando en tercera, recibí una patada en la mandíbula que me sacó de la cancha. Otra vez, ya en primera, en un clásico con Boca en 1949, me reventaron un pelotazo debajo de la panza, allí donde duele mucho…Tuvieron que retirarme a un costado durante ocho minutos y fue al arco nada menos que Alfredo Di Stefano».

¿Cuándo comenzó a modificar su estilo?

«A partir de 1953. Jugamos contra Boca en el ’54, ganábamos 3 a 0, salí a buscar la pelota fuera del área, lo gambeteé a Pepino Borello y la pasé. Ahí me afirmé en mi nueva modalidad. A partir de entonces, empezó el odio de los boquenses contra mí. Me había atrevido a gambetearlo al goleador, al ídolo… Yo pienso que es más honesta y duele menos una gambeta que una patada, pero…No me perdonaron nunca. Y veinte o treinta años después, cuando un arquero de Boca intentaba lo mismo que yo había inventado, se volvían locos aplaudiendo».

¿Qué lo impulsó a cambiar?

«Primero, el estilo de juego de River, un cuadro que iba siempre al ataque y exigía al arquero jugar adelantado, cortando contraataques. Segundo, tener delante un back como Alfredo Pérez, que no reventaba una pelota, que siempre salía jugando y podía perderla, no me permitía quedarme en la raya, lejos de la jugada, tenía que estar siempre encima. Tercero, la seguridad que me daba mi buena técnica con los pies, aprendida en mis comienzos como centrefoward. Eso me obligó a vivir el partido los 90 minutos sin distracciones y me enseñó uno de los secretos del puesto: cuanto menos tengas que atajar, mejor arquero sos para tu equipo».

Usted nació en Rufino, ¿también ahí comenzó su romance con el fútbol?

«Sí, en ese tiempo yo era fana de Independiente. Tenía empapelada la pieza con láminas de El Gráfico donde aparecían De La Mata, Erico, Antonio Sastre…, los ídolos de entonces. Pero al que siempre seguía era a Sócrates Cieri, arquero de Matienzo que después atajó en San Lorenzo y Gimnasia. Yo tenía 9 o 10 años y cuando había partido, iba a buscarlo a su casa, y le llevaba la valijita con la ropa para poder entrar a la cancha. Cuando debuté en River jugando en la cancha de Independiente, enfrente estaban De La Mata y Erico. Ganamos 2 a 1. Cuando tenía cinco años, Antonio Sastre ya estaba en la primera de Independiente. Y me tocó jugar contra él en 1948, la tarde que se despidió del público brasileño, jugando para San Pablo contra River. Esas cosas son inolvidables».

¿Cómo llegó a River?

«Yo atajaba en B.A.P (Buenos Aires al Pacífico) de Rufino, rival del Jorge Newery, donde había jugado Bernabé Ferreyra. Héctor Berra, que era un atleta de River, declatonista en los Juegos Olímpicos de Los Angeles 1932, me recomendó para que me viera Carlos Peucelle, que dirigía las inferiores de River. Ahí empezó mi historia».

Todavía se recuerda su noche en el Santiago Bernabeu, ¿fue ese su mejor partido?

«No sé, pero pocas veces atajé tanto como en ese partido de 1961. Le ganamos al Real Madrid por 3 a 2 con un ataque totalmente extranjero: Domingo Pérez, Moacir, Pepillo, Delem y Roberto. Los dos goles me los hizo Di Stefano, un fenómeno».

¿Y la jugada que más recuerda?

«Una que hice allá por 1963 o 1964, no recuerdo bien. Iba a patearme un tiro libre Nonis, de Chacarita, y se agregó Ermindo Onega a la barrera. Pensé que podía desviarse en un mal rebote, lo llamé a Delem y le señalé un poste. Con los jugadores inteligentes una simple seña es suficiente. Delem se puso allí, el tiro se desvió, fue al poste donde yo no podía llegar, él la rechazó y los de afuera no se dieron cuenta de nada, pero los de dentro sí. Esa es la verdadera tarea del arquero: evitar el gol».

¿Uno se hace arquero?

«Para mí, arquero se nace, aunque después te puedan enseñar cosas. De pibe yo me daba cuenta de que era arquerito, iba acá, iba allá…pero ojo, quería la pelota, sentía la pelota».

¿Quién fue su maestro?

«Peucelle, que me tomó una sola prueba y me dejó en River. Yo sabía todas las cosas, pero él me enseñó cuándo tenía que hacerlas y cuándo no».

¿De qué se quedó con las ganas?

«De patear un penal. Se lo dije a Pepe Minella y me sacó corriendo, después le dije a Cesarini y me respondió que no, que era faltarle el respeto al arquero contrario. Y quedó ahí».

¿Es cierto que tuvo varias peleas con los dirigentes?

«Es que entonces era bravo porque enseguida te amenazaban con suspensiones, con multas o con hacerte sacar del equipo. Eran tiempos diferentes, el jugador no tenía la protección que tiene ahora, no lo defendía nadie, ni las leyes. Los dirigentes te amenazaban, vos pensabas en que tenías que pagar la casa, las hijas que eran chiquitas, que sé yo. Te metían miedo. Plata había, si la cancha siempre estaba llena. Algunos me venían a ver jugar a mi, otros a Walter Gómez, otros a Labruna, a Loustau….».

¿Cuál es el sufrimiento más grande que recuerda?

«El del Mundial de Suecia. Menos los de River, me insultaban todos. Me pintaron el frente de mi casa, me gritaban por la calle, fue muy duro…».

¿Por eso jugó poco en la Selección?

«Sí, para el ’62 Lorenzo me llamó, me dijo que iba de titular y todo, pero lo hablé con mi señora y le dije que no. Solo me convencieron el Negro Ramos Delgado y Rendo para jugar la Copa de las Naciones. Por suerte, porque esa fue mi revancha con penal atajado a Gerson y todo. Eso es lo que pasa con los arqueros, tenés que esperar la revancha en tu propio arco».

Fue único, carismático natural, inigualable. Le discutieron la personalidad y fue veinte años titular, ganó cinco campeonatos y jugó 518 partidos. Un maestro reconocido por la Federación Internacional de Fútbol, Historia y Estadística como el mejor arquero sudamericano del siglo XX, y por la gente. Por aquellos que lo gozaron o sufrieron y por los que amamos el fútbol y recorremos las páginas más amarillentas de la historia. Esa misma historia que tiene escrito su nombre en letras de oro.
Hijo de padre rafaelino -don Manuel nació el 3 de julio de 1900 según consta en el acta ciento setenta y uno que firma don Gabriel Maggi- Amadeo Raúl Carrizo, Presidente Honorario de River Plate, dejó una huella indeleble dentro de ellas y frases memorables afuera: «Cuando agarras la pelota y te aplauden, lo que tenés en las manos no es la pelota, lo que tenés en tus manos es el mundo».

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