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La otra mirada

Heredero de una pasión

Publicado el

- 02:15 am

Última actualización: 18 de Mayo de 2020 - 10:19 pm

Internacional desde 2013 y considerado en AFA como uno de los mejores árbitros argentinos, es referente de un apellido que es sinónimo de justicia en el fútbol. En tiempos donde la pelota no rueda, Silvio repasa su historia y descubre cómo es vivir en el ojo de la tormenta.

«Hay dos formas de entrar al arbitraje: a través de la pasión por el fútbol, o por el apego a la autoridad, al deseo de impartir justicia. En los dos casos está presente el amor». Jorge Vigliano.
Es cierto que los jugadores son el centro del fútbol, por ello es que de chicos solo necesitábamos de la pelota, porque el resto lo poníamos nosotros. Y éramos nuestros propios árbitros, bastante justos y, en general, no discutíamos demasiado. O al menos lo hacíamos mucho menos que cuando vemos o participamos del juego con formato de fútbol. Porque no es lo mismo éste que jugar a la pelota. Cuando el partido tiene los condimentos de uno profesional, entonces necesitamos de los árbitros. Para que impartan justicia y para descargar en ellos nuestras frustraciones, para llenarlos de acusaciones y evitar aceptar nuestros errores. Son ellos los que corren más que nadie en un partido, unos 13 kilómetros de promedio, y los que deben tomar también más decisiones, cerca de 250 en noventa minutos, en su gran mayoría fundamentales. Y deben hacerlo simultáneamente, lo que parece inhumano. Y aún sabiendo ésto, no les perdonamos nada.
«Cuando miraba un partido de manera imparcial, quería que al árbitro le vaya bien, buscaba estar de su lado, seguramente por herencia familiar, porque al haber árbitros en mi familia sabía lo que ellos sufrían cuando las cosas no le salían bien, y claro que me dolían los insultos. Pero cuando jugaba o estaba como hincha de un equipo, quería que me cobren todo a mi favor y cuando no pasaba, estaba convencido que se trataba de una injusticia. Eso está en la naturaleza del futbolero, siempre fue así. Lo ves en los partidos de chicos y también en los profesionales. Siempre el árbitro es el culpable ideal, porque es más fácil buscar culpables afuera que aceptar errores propios», dice Silvio Trucco, hijo de Luis y hermano de Gisela, ambos árbitros con historias tan disímiles como importantes.
«La verdad es que no me imaginaba siendo árbitro. Pero cuando terminé el secundario tuve que buscar una alternativa para ayudar a mis padres en mi intención de seguir estudiando. Entonces apareció la posibilidad del arbitraje. Esto, más la herencia familiar, hicieron lo necesario para empezar. Después vino el apasionamiento».

¿Te sentís parte central de ese espectáculo fantástico que es un partido?

«Me siento parte del fútbol porque sin árbitro no podría haber un partido, pero entiendo que no tengo importancia central. Lo fundamental son los jugadores y la pelota, ellos son indispensables. El resto jueces, entrenadores, asistentes, somos una parte importante2.

¿Cómo empieza tu camino?

«En la Liga Rafaelina, con Domingo Barberis como instructor. Después, en el 2003, hice un curso nacional de dos años de duración en Villa María. Eso me dio la posibilidad de estar a disposición de AFA, esperando que me contraten. Hoy ha cambiado y un árbitro nacional puede dirigir en cualquier categoría. En ese momento los árbitros contratados solo dirigían el Argentino A».

Después de Silvio, dice Trucco, ¿eso potenció tu carrera?

«Da respaldo, haber tenido un padre árbitro fue importante en mi formación, pero el camino debe hacerlo cada uno. Particularmente, el torneo que me sirvió de trampolín fue el Sub-15 desarrollado en Salta, donde Rafaela salió campeón. La Liga debía llevar un árbitro y me eligieron a mí. Dirigí uno de los partidos inaugurales y al otro día me citó la gente del Consejo Federal, junto con Álvaro Castro, que era el representante del Consejo Ejecutivo de AFA. Me preguntaron varias cosas sobre mi trayectoria y me dijeron que después de verme y hablar conmigo, estaban seguros de darme la final. Pocas semanas después de regresar, sin haber dirigido nunca antes en el Argentino A, me designaron para arbitrar un partido de cuartos de final entre Unión de Sunchales y 9 de Julio, que fue televisado. Me fue bien, pero como no estaba contratado, mi carrera se detuvo por dos años».

¿Cuándo volviste?

«Recién en 2009 pase a ser parte de los árbitros de AFA, dos años después empecé a dirigir Primera División y en 2013 me notificaron que era árbitro internacional. Eso fue muy rápido».

¿Qué tienen los Trucco que los lleva a triunfar?

«Creo que somos bastante porfiados, para nosotros la palabra «no» es un desafío, en lugar de bloquearnos nos impulsa a trabajar el doble para lograrlo o a buscar la manera de conseguir ese objetivo por otro medio. Gisela, por ejemplo, tuvo que luchar muchísimo contra los no que le respondían ante cada intención suya, y terminó haciendo un camino en el arbitraje femenino. Cuando no conseguí el contrato de AFA, lo que hice fue prepararme en lo mental, en lo técnico y en lo físico para estar mejor que nunca cuando apareciera nuevamente la oportunidad, porque estaba convencido que pasaría. Y así fue, cuando ocurrió estaba perfecto y mi carrera ya no se detuvo».

¿Cómo recordás el primer partido que dirigiste?

«Estábamos haciendo el curso en la Liga Rafaelina y nos mandaron, a todos los aspirantes, a dirigir un torneo de dirigentes y técnicos que se hizo en Ben Hur. De golpe conocimos todas las mañas, las quejas, las protestas… ¡dónde nos metimos! Creo que pensamos todos. El pago fue un par de medias para cada uno. Pero nos sirvió».
Las cuatro virtudes cardinales de Platón, parecen ser la de los árbitros. Prudencia, valor, templanza y justicia. En realidad, Platón habla de tres virtudes básicas que caracterizan al hombre justo: la prudencia, el valor y la templanza, que cuando trabajan en conjunto, generan la justicia, que es lo que Platón sostiene que deberíamos intentar lograr.
«En nuestro caso, reemplazaría la palabra valor por responsabilidad. Sé que el arbitraje, en un deporte tan pasional como el fútbol, tiene condicionamientos, ha sido así desde siempre. Cuando decidís dedicarte al arbitraje ya sabés que terreno vas a transitar, la presión que vas a sufrir, pero mi obligación es ser lo más justo posible en el nivel que sea, en un partido de infantiles o en la final del Mundial. Los árbitros sabemos que nos vamos a equivocar, pero la responsabilidad pasa por tener pocos errores y que no sean determinantes».

¿Cuánto condiciona el entorno?

«Los que dirigimos partidos profesionales no necesitamos llegar al vestuario para saber si acertamos o nos equivocamos en una decisión, la tecnología hace que un par de minutos después de una sanción la reacción del público nos de la pauta de lo que muestran los medios. Cobrás un penal y si a los tres minutos el banco de suplentes explota contra vos, quiere decir que te equivocaste. Nosotros nos preparamos para que eso no nos afecte y no condicione nuestra actuación. Y después del partido, sabemos a quiénes escuchar, porque hay críticas que solo buscan la polémica y otras que son serias y nos sirven para mejorar. Y,tal vez lo más importante, es saber manejar nuestra autocrítica, para no ser demasiado duro con nosotros mismos».

¿Ahora se sienten más cuidados?

«Sí. Antes de la televisión, los árbitros solo tenían las críticas de los presentes, luego fue duro porque había veinte cámaras buscando un milímetro para decirte que erraste en un off side, y ahora el VAR que, estoy convencido, evita errores, y por ende, injusticias».

¿Cómo hacés para no reaccionar ante los reclamos?

«Trabajo mucho para tener equilibrio interno, para mí y para ayudar a un jugador a que no explote. Siempre trato de hablar antes de sacar una tarjeta. Todo eso forma parte de una preparación previa».

¿Intimida dirigir a grandes figuras?

«No, nunca me ocurrió. Me tocó dirigir a De Rossi en su debut en Boca, ante Almagro, y tuve que sacarle una amarilla después de pegar una patada. Dirigir partidos con grandes figuras es muy motivante, pero eso no condiciona ni la preparación ni el desarrollo de mi actuación».

Lo que ganan ¿justifica tanto esfuerzo?

«El árbitro no es figura central, lo fundamental son los jugadores y es lógico que cobren por lo que generan. Ser internacional me ha dado la posibilidad de darle un respaldo a mi familia y a mi futuro, pero lo que he ganado no me permitirá vivir sin trabajar. Además es una carrera corta, lo que no veo bien porque en el mejor momento, cuando tenés toda la experiencia, con solo 48 años, te jubilas. Estoy llegando al final de mi carrera y hace muy poco tiempo que tengo casa propia. Con la gestión de Tapia nuestra situación ha mejorado mucho».

¿Te quedan sueños por cumplir?

«El mayor era dirigir en un Juego Olímpico, más que en un Mundial. Tuve la suerte de estar en los Juegos Panamericanos de Cocha, Bolivia en 2018, que es algo muy parecido. Mis sueños en lo personal pasan por mi familia, para que estemos lo mejor posible en todo sentido. Y en lo profesional, ser cada día mejor árbitro. Y después, seguir relacionado a la profesión de alguna manera».

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