Por Valeria Chavez-
El estrés es una respuesta natural del organismo ante situaciones desafiantes o amenazantes. Sin embargo, cuando se vuelve crónico, puede tener efectos adversos en diversos sistemas del cuerpo, incluida la piel.
La piel, al ser el órgano más grande del cuerpo, refleja el estado interno y es particularmente sensible a las alteraciones hormonales provocadas por el estrés.
Cambios provocados por el estrés
Cuando una persona está bajo estrés, el cuerpo libera cortisol y otras hormonas que generan diversos cambios en la piel. Según la médica cirujana Cristina Sciales (MN 66.744), «la piel es un órgano altamente sensible a las hormonas del estrés, y su equilibrio puede alterarse fácilmente en situaciones de tensión prolongada».
En su mirada, el estrés y su impacto en la piel atraviesa tres etapas principales:
-Alarma: el sistema nervioso responde liberando adrenalina y noradrenalina, lo que puede aumentar la sudoración y alterar la microcirculación cutánea.
-Resistencia: el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HHA) libera cortisol para ayudar al organismo a adaptarse, pero su exceso puede generar inflamación y disminuir la producción de colágeno.
-Sobreadaptación: si el estrés es prolongado y la capacidad de resistencia es baja, la piel se vuelve más frágil, reactiva y propensa al envejecimiento prematuro.
«Una de las principales respuestas fisiológicas ante la tensión es la liberación de cortisol, conocido por muchos como ‘la hormona del estrés’. La exposición prolongada a niveles elevados de cortisol puede causar alteraciones en varios sistemas, incluida la piel», amplió en este punto la médica dermatóloga de la Sociedad Argentina de Dermatología Lilian Demarchi (MN 88.365).
Estos cambios hormonales pueden manifestarse en la piel de diversas formas:
-Disminución de la función barrera: la piel pierde hidratación y se vuelve más vulnerable.
-Aumento de la producción de sebo: lo que puede generar brotes de acné.
-Inflamación crónica: se exacerban condiciones como dermatitis, psoriasis o rosácea.
-Disminución de la renovación celular: la piel pierde luminosidad y se vuelve opaca.
-Alteraciones en la microcirculación: la piel puede verse pálida o enrojecida.
¿Qué enfermedades cutáneas puede agravar el estrés?
El estrés no sólo provoca cambios visibles en la piel, sino que también puede exacerbar enfermedades cutáneas preexistentes. Según Demarchi, «cuando una persona padece de estrés, el desbalance que sucede en ciertas hormonas como el cortisol, puede causar afecciones en la piel o empeorar problemas dermatológicos que ya existían».
Entre las condiciones que pueden agravarse se encuentran:
-Acné: el exceso de cortisol estimula la producción de grasa.
-Rosácea: la inflamación y dilatación de los vasos sanguíneos intensifican el enrojecimiento.
-Psoriasis: se agrava por respuestas autoinmunes exacerbadas.
-Dermatitis atópica y urticaria: mayor reactividad de la piel.
-Alopecia: el estrés prolongado impacta en el ciclo capilar.
El médico dermatólogo y miembro de la SAD Christian Sánchez Saizar (MN 97.895) sumó que «uno de los efectos más significativos del estrés y los niveles altos de cortisol en la piel es el aumento de la inflamación, que juega también un papel fundamental en diversas afecciones cutáneas».
¿Cómo luce la piel de una persona estresada?
El dermatólogo explicó que la liberación de cortisol en el cuerpo inducida por el estrés «puede alterar la función de barrera de la piel comprometiendo la capacidad de la piel para mantener la hidratación y defenderse de las agresiones externas, haciéndola vulnerable a los daños y al envejecimiento prematuro».
Por su parte, Demarchi aportó que «el estrés crónico puede contribuir al estrés oxidativo, un proceso caracterizado por un desequilibrio entre radicales libres y antioxidantes en el organismo».
«El estrés oxidativo se relaciona con diferentes trastornos cutáneos como la dermatitis, el fotoenvejecimiento y el cáncer de piel», amplió la especialista, para quien «los síntomas más comunes para identificar una piel estresada son: falta de luminosidad y tono apagado de la piel, obstrucción de los poros, deshidratación (lo que hace que puedan llegar a verse más las líneas de expresión), rojeces y molestos picores cuando se exponen a fuertes cambios emocionales o de temperatura y, en muchas ocasiones, granos y brotes de acné».
Asimismo, los especialistas consultados destacaron que el impacto del estrés en la piel puede variar según el género: en las mujeres, el estrés puede alterar los niveles de estrógenos y progesterona, afectando la elasticidad y la hidratación de la piel, mientras que en los hombres, la testosterona mantiene una producción de sebo más alta, por lo que el estrés puede aumentar la oleosidad y la inflamación cutánea.
Buenos hábitos, los aliados clave
La alimentación y los hábitos cotidianos juegan un papel crucial en la salud de la piel.
El estrés disminuye los niveles de vitamina C en el plasma sanguíneo y los leucocitos, afectando la inmunidad cutánea», destacó Sciales. Tras señalar que «esta carencia debilita la barrera de protección natural y reduce la capacidad del organismo para enfrentar agresores externos», recomendó una dieta rica en antioxidantes y micronutrientes, como frutas cítricas, verduras de hoja verde, pescado azul, semillas y legumbres.
Demarchi, en tanto, sugirió adoptar una dieta antiinflamatoria, reduciendo el consumo de alimentos ultraprocesados, azúcares y gluten en casos de sensibilidad. También destacó la importancia de suplementos como el omega-3 y el zinc, además de promover una microbiota equilibrada mediante el consumo de probióticos y prebióticos, evitando la disbiosis intestinal.
Estos elementos, en conjunto con una rutina de skincare adaptada y actividades que reduzcan el estrés, forman un enfoque integral para mantener la piel en equilibrio.
Aunque el estrés es una constante en la vida moderna, sus efectos sobre la piel no son inevitables. Comprender cómo el desequilibrio emocional afecta directamente la salud cutánea permite actuar con mayor conciencia y eficacia. Como subrayó Sciales, «la piel es un reflejo del estado interno del organismo». Abordar su cuidado desde una mirada integral, que contemple tanto lo físico como lo emocional, es el camino para devolverle vitalidad, firmeza y luminosidad. En definitiva, como dice la popular frase, «como es adentro es afuera» y cuidar la piel es también una forma de cuidar la mente.
Fuente: Infobae



