Tras las elecciones, la economía argentina ingresa en una nueva etapa marcada por la búsqueda de estabilidad y reactivación. El gobierno llega a este punto con algunos indicadores alentadores: superávit fiscal, menor emisión monetaria y una desaceleración clara de la inflación, que ronda entre el 2% y el 3% mensual (los últimos dos períodos mensuales fueron afectados por cuestiones electorales, donde la oposición buscaba desestabilizar la economía para obtener réditos en las urnas).
A partir de ahora, con el fuerte respaldo que obtuvo el gobierno en las urnas, probablemente ya tengamos despejadas las cuestiones cambiarias, por lo que las próximas discusiones ya no pasarán por el dólar, sino por el riesgo país y la confianza. Si el país mantiene el equilibrio fiscal y logra financiamiento externo, no habría motivos para una nueva devaluación. Por el contrario, podría haber una mayor demanda de pesos (por inversiones externas), un dólar estable o incluso a la baja y un sistema financiero que deberá adaptarse a un nuevo escenario con tasas de interés más razonables, las actuales no son de un país normal.
La inflación, el gran tema de los últimos años, muestra una tendencia descendente sostenida. El control del gasto público, la disciplina monetaria y un tipo de cambio administrado generaron una pausa inflacionaria inédita en mucho tiempo. Actualmente, el dólar ha dejado de ser refugio, a pesar de que muchos aún no se desprenden de los mismos, el mercado muestra que mantener ahorros en esa moneda puede incluso implicar pérdidas frente a la rentabilidad en pesos.
El superávit fiscal se consolida como el ancla del nuevo esquema. El Tesoro contiene gastos, elimina subsidios y busca ordenar las cuentas provinciales. A la vez, el Banco Central acumula reservas y reduce su exposición al financiamiento del déficit. Pero la actividad económica aún no muestra una reactivación plena, solo se perciben signos de reacomodamiento. El campo, con una buena cosecha y precios internacionales firmes, aparece como motor inicial. La industria y el comercio, en cambio, siguen golpeados por la caída del consumo y las altas tasas. Las empresas deberán adaptarse, analizar sus costos y dedicarse más a su negocio que a las finanzas como en el pasado o correrán riesgo de desaparecer ante un escenario más competitivo y sin estímulos artificiales, como aumentos de salarios con inflación y devaluación.
La economía post electoral se mueve entre la estabilidad macro y la incertidumbre micro. Hay orden en las cuentas y calma en los mercados, pero el desafío es transformar esa base en crecimiento real, inversión y empleo. El mensaje que deja este nuevo ciclo es claro: la Argentina parece haber dejado atrás la urgencia, pero todavía no alcanza el despegue. El ajuste logró frenar la crisis; ahora la tarea es encender los motores del desarrollo.
Sin dudas el sector privado está dispuesto a competir e innovar, pero necesita reglas claras. Es inadmisible que la economía argentina tiemble cada dos años por un proceso electoral y la irresponsabilidad de sus actores políticos. Las reformas estructurales son urgentes, pero deben discutirse entre Nación y provincias.
Lo mejor de todo es que el largo proceso electoral del 2025, que comenzó con las elecciones en nuestra provincia, luego las de la provincia de Buenos Aires y por último las nacionales, ha terminado. Ahora con las elecciones hechas, la economía se queda sin excusas y los argentinos debemos dedicarnos a producir, comerciar y prestar servicios al prójimo y al mundo.
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