Por Enrique Guillermo Avogadro- Mañana llegará a Buenos Aires SS León XIV y una multitud se acercará a buscar su bendición papal. Los jueces prevaricadores ya han manchado irremediablemente su visita al denegar al padre Christian von Wernich la solicitud de ser trasladado desde su prisión en Campo de Mayo al penal de Devoto para participar de la visita que el Papa efectuará allí a los presos. Y esos canallas – el único, en el fuero federal, que no merece esa calificación es Carlos Rosenkrantz, miembro de la Corte Suprema – fueron acompañados en silencio por los obispos, que ya se habían condenado por no permitir que este sacerdote de 89 años, que lleva 23 en la cárcel y padece de gravísimas enfermedades, pudiera ser alojado en una institución católica y recibir así el beneficio de la detención domiciliaria. Mientras tanto, Cristina Fernández, Julio de Vido y tantos otros viven esa misma situación procesal en sus respectivos palacios, y Sergio Massa y su mujer, Malena Galmarini, quién sabe por qué voluntad del Ejecutivo, ni siquiera fueron llamados a explicar cómo construyeron sus inconmensurables fortunas.
Las urnas de EEUU hablaron con una contundencia que nadie preveía. Los demócratas recuperaron ambas cámaras, arrebatándole a Trump el control parlamentario. El resultado es un severo castigo a su gestión. La inflación, el costo de vida, la corrupción y, especialmente, la guerra con Irán explican esta reacción. Trump convirtió los comicios en un plebiscito sobre su gestión y los ciudadanos aceptaron el desafío, pero votaron en contra. No ha perdido el sillón ni las importantes atribuciones ejecutivas que le da la Constitución, pero deberá gobernar durante los próximos dos años con un Congreso opositor, capaz de bloquear iniciativas, investigarlo y obstaculizar nombramientos. El impeachment volverá a sobrevolar, aunque removerlo exigirá mayorías extraordinariamente difíciles de conseguir. Las consecuencias, por supuesto, excederán las fronteras estadounidenses.
El resultado fue visto con distinto color en función de los intereses de cada mandatario extranjero, en especial entre quienes luchan contra la derecha en sus regiones y países. En América Latina, Milei sufrió, aunque el resultado no significa que EEUU abandone a Argentina, cuyos intereses estratégicos exceden las afinidades entre mandatarios, pero obliga al Presidente argentino a prestar atención a los nuevos equilibrios políticos. Mientras tanto, Lula – injustificadamente, por la gran gravitación de China en Brasil – festejó acompañado por Sheinbaum y los despojos que sobreviven del Foro de San Pablo (Venezuela, Cuba y Nicaragua). Para México y Centroamérica, las cuestiones migratorias y comerciales seguirán siendo centrales. La nueva mayoría demócrata podrá cuestionar algunas decisiones presidenciales, pero difícilmente acompañará una política de fronteras abiertas o renunciará a exigir compromisos en materia de seguridad.
En Canadá, y también en Europa, el resultado fue recibido con cautela. Quienes soportan las amenazas arancelarias de Trump, sus exigencias comerciales y su cuestionamiento a la OTAN encontrarán ahora un contrapeso institucional. Ucrania podría beneficiarse con mejor asistencia militar y financiera norteamericana. Pero sería ingenuo pensar que la derrota modificará automáticamente la política exterior de Washington: Trump conserva amplias facultades para negociar, amenazar e imponer decisiones. Europa deberá resolver si está dispuesta a asumir su propia defensa y dejar de comportarse como un protegido por un hermano mayor que cambia tanto de opinión. Tampoco desaparecerá necesariamente el proteccionismo comercial que caracteriza al Presidente de EEUU.
En Medio Oriente se encontrarán las consecuencias más delicadas. La guerra con Irán fue uno de los factores que más perjudicaron a Trump, tanto por su costo como por el temor a una escalada. Los demócratas podrán exigir explicaciones sobre la conducción del conflicto, cuestionar el suministro de armamento y revisar el respaldo a las operaciones israelíes en Gaza, Líbano e Irán. Netanyahu o su muy probable sucesor, Eisenkot, deberán comprender que el apoyo a Israel ya no será un cheque en blanco. Teherán podría apostar a que Trump busque una salida negociada, pero no debería interpretar la derrota electoral como una señal de debilidad militar y provocar una escalada de consecuencias globales. Arabia Saudita, acosada por las milicias pro-iraníes hutíes, y los restantes países del Golfo, observarán con preocupación el escenario, pues necesitan estabilidad para preservar sus exportaciones energéticas. Una paz negociada es preferible a una guerra prolongada, pero no se construirá ignorando las ambiciones de los terroristas iraníes.
Xi Jinping, con la milenaria paciencia de su pueblo, observa el mundo con tranquilidad. China esperará décadas antes de intentar recuperar por la fuerza Taiwan, que para su país tiene tanta o más importancia que Malvinas para Argentina; por eso creo que las maniobras militares que tanto preocupan a Filipinas y Japón, no son más que juegos para mantenerlos inquietos.
Las elecciones en EEUU demostraron que ni siquiera un liderazgo tan personalista como el de Trump puede sustraerse al control de las urnas, pero no debemos confundir un revés con la desaparición de las tendencias que lo llevaron al poder: el populismo, la polarización, el nacionalismo económico y la desconfianza hacia las instituciones no son patrimonio exclusivo de EEUU; se han extendido al globo y seguirán condicionando la política internacional. La gran incógnita es si los demócratas reconstruirán consensos y ofrecerán soluciones o si convertirán el Congreso en un campo de batalla para vengarse. Ganar una elección no equivale a saber gobernar, como perderla no significa que hayan desaparecido las razones que llevaron a millones a votar por quien ahora resulta derrotado. Y mientras los políticos celebran – o lamentan – los resultados, el mundo continúa esperando respuestas a sus problemas.



