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La otra mirada

El Nene es inmortal

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El auto con el cual Ternengo ganó en 1969 en Rafaela. // Fotos: Internet

Cincuenta años atrás, Rafaela vivía una jornada épica con la victoria, en la mítica 500 Millas Argentinas, de Jorge Ternengo conduciendo el F1 de la Peña R.U.E.D.A. En la previa de la presentación del TC en nuestro autódromo, se recuerda uno de los acontecimientos más importantes de nuestra historia deportiva.

“Tienes razón, el automovilismo está por delante de ti, el automovilismo es todo para mí. Pero no corro por dinero, corro por pasión. Ganar las 500 millas te hace inmortal. Por eso me apasiona intentarlo, porque si gano tendré la gloria y seré inmortal”, le dice Frank Capua (Paul Newman) a su mujer Eleora (Joanne Woodward) en 500 Millas (Winning), película de 1969 dirigida por James Goldstone.
La película se estrenó en los Estados Unidos el 22 de mayo de 1969, apenas una semana antes de que Mario Andretti ganara las 500 de Indianápolis, en una época en donde esa carrera se veía como la más importante del mundo. En tiempos mucho más lentos y con distancias más largas, igualmente pudimos verla justo antes de aquel 7 de setiembre que sería histórico para Rafaela. Como previa de una hermandad que ni siquiera imaginábamos, porque menos de dos años más tarde los coches de Indy correrían aquí. Pero en esa edición de la carrera que todos querían ganar, el festejo tendría todos los componentes de esta zona.
“Aquella es la carrera que más recuerdo, la que me marcó para siempre. Las 500 Millas significaban para los pilotos lo mismo que ganar un Gran Premio de Turismo Carretera, era muy importante. Poder correrla no era sencillo y ganarla era dificilísimo, tenían que darse muchas condiciones para lograrlo”, dice Jorge Ternengo, el Nene, a poco de entrar a la Cámara de Diputados, en Santa Fe, para recibir una distinción. El hombre que nació el 16 de noviembre de 1935 en Cosquín, Córdoba, pero que a los seis años ya vivía en Rafaela. El mismo que ganó unas 350 carreras de motocicletas, fue campeón argentino de Fórmula 1 en 1969, y manejó cuanta cosa tiene motor.

¿Por qué elige el monoposto antes que el auto con techo?

“Tal vez tenga que ver con mi amor por el motociclismo, eso de sentir el viento en el cuerpo es muy motivante. Y en los autos cerrados no se consigue”.
Ternengo corrió por primera vez unas 500 Millas en 1964, pero la experiencia fue difícil, porque en la primera vuelta algo se rompió en la dirección y perdió demasiadas vueltas reparando. El coche tenía motor delantero y pertenecía a la Peña ARA, fue restaurado y está en Rafaela.
“Cuando Omar Almeida se fue de la peña R.U.E.D.A. ingresé en su lugar. El auto tenía un chasis Bravi, construido en Rosario por Jerry Bravi, y un motor Tornado preparado por Oreste Berta. Andaba muy bien y nos permitió ganar muchas carreras, hasta coronarme campeón de 1969.
Aquella edición de las 500 Millas fue la cuarta fecha puntuable del campeonato argentino de F1. Hubo un total de 27 inscriptos para enfrentar lo que significaba siempre un desafío durísimo. Había que dar 174 vueltas al óvalo de 4.624,46 metros para totalizar los 804,656 km. Y había que hacerlo rápido, tanto que Carlos Pairetti logró la pole position a un promedio de 232,190 kilómetros por hora. No tan lejos de los 252,45 que había logrado Mario Andretti en Indianápolis.
“Pero ellos tenían mucha más potencia que nosotros. 700 HP contra 350, más o menos. Terminé la clasificación segundo, muy cerca de Pairetti. Incluso por intentar quedarme con la pole sufrí un accidente el sábado, cuando me pasé en la curva norte y rompí algo en la rueda delantera. Por suerte fue menor, aunque los mecánicos tuvieron trabajo extra. Un error de mi parte, porque en una carrera como esa y en una pista como el óvalo, largar primero o segundo no cambia nada. Es muy largo y muy duro, había que ser muy inteligente para no exigir demasiado el auto”.

¿Cómo se construía un auto en ese tiempo?

“El tiempo de las peñas fue fantástico. En Rafaela creo que hubo cinco. Se hacían cenas, fiestas, se vendían cosas, había gente que aportaba por amor a la causa, todo para juntar dinero para hacer un auto de carrera, porque aunque en esos años no era tan costoso como lo es ahora, igual la inversión era importante. El auto nuestro fue a lo de Berta, que le hizo unas reformas al chasis y preparó el motor, luego Rodolfo Gieco lo armó en el taller de General Paz y Triunvirato. Y varios lo ayudaban, gente que trabajaba por amor, de manera artesanal, fuera del horario de sus trabajos. El secreto de la Peña R.U.E.D.A. era su esfuerzo, ellos probaban más que ningún otro, revisaban todo, por eso los autos no se paraban”.

¿Cómo hacían los pilotos para manejar a esa velocidad en el óvalo durante casi cuatro horas?

“Era normal, los autos no tenían tanto confort como los de ahora, la dirección era dura, la ubicación en la butaca más rígida, y solo podíamos tomar agua cuando entrábamos a cargar combustible. Porque había que bajarse del auto para hacerlo ya que era un trámite peligroso. Se colocaba un embudo grande en la boca del tanque y se volcaba la nafta con tachos. Todo estaba caliente, así que un chorro afuera del embudo podía generar un incendio. Había que parar dos veces de manera obligatoria. Pero tuve que entrar una vez más por una goma. Vi que la delantera derecha se estaba desinflando y me fui a boxes. Como las rectas son muy largas iba mirando todo, las gomas, los marcadores, y con eso me mantenía bien metido en la carrera”.

El “Nene” junto a sus hijos. Una leyenda viviente. // D. Camusso

¿Y las cubiertas aguantaban toda la carrera?

“·Aguantaban todo el año. Corríamos con cubiertas traídas de Estados Unidos, las que usaban los autos de Indianápolis. Las traseras tenían 17 pulgadas de ancho”.

¿Pairetti era el candidato a la victoria?

“Éramos cuatro o cinco. Los mismos que peleamos desde la largada, Pairetti, Víctor Hugo Pla, Di Palma, Salatino y yo. Éramos muy parejos, hasta que después de la mitad fue un mano a mano con Juan Carlos Salatino, que manejaba un auto que también era de Rafaela. El propietario era el ingeniero Albizu y el preparador el Flaco Víctor Boscarol. Pero tuvieron un pequeño problema que los obligó a pasar por boxes y pude sacar ventaja”.

¿Cuál fue el momento más duro de la carrera?

“Sin duda, las últimas vueltas. Los muchachos del box se fueron atrás para no ver y sufrir el final, y yo sentía ruidos extraños en el motor, me parecía que se podía romper. Pero había tomado todos los recaudos, y como dije, el equipo preparó un auto muy sólido, porque lo principal para ganar una carrera es llegar. No sé porqué, pero en los días anteriores al domingo, yo sentía que iba a ganar. Por eso fui regulando todo, los muchachos me pedían desde boxes que acelerara, pero yo no llevaba al auto a fondo en las rectas, lo regulaba sin perder distancia con quien estuviese adelante, porque es muy largo y se necesita el auto entero al final”.

¿Y el festejo?

“Tuve mucha suerte, porque pude ganar en mi ciudad con un auto hecho en Rafaela, algo difícil, porque ganar es difícil y porque no son tantos los pilotos que tienen un circuito en su localidad. Y además, se trataba de las 500 Millas. Había una multitud, y en la última vuelta la gente comenzó a invadir el circuito. Cuando me pude bajar del auto me llevaron en andas, pero en ese tiempo no había podio como ahora. Me dieron el premio en el club, luego hicimos un gran asado en la peña, en la calle que quedó cortada, y a la noche se hizo la fiesta en Totem. Y después, el lunes, más allá de las preguntas y los saludos de la gente por las calles, mi vida siguió igual”.

¿Lo que ganó se dividió con el equipo?

“Sí, yo tenía un porcentaje. Era el valor, un poco mayor, al de un Torino cero kilómetro”.

¿Recordaba que se cumplía este aniversario?

“Sí, contaba los días que faltaban, hasta que ahora me lo recuerdan a cada rato. Y lo disfruto mucho”.
La carrera la ganó Jorge tras 3h 47m 21s 8/10. Seguido por Salatino, Copello, Cipollatti, Daniel Favre y su hermano, Carlos Ternengo. La peña R.U.E.D.A. tenía además un De Tomaso-Fiat que condujo Héctor Prono. Autos sin alerones en un mix que mostraba aún algunos con motor delantero. Cascos abiertos, medidas de seguridad muy escasas, pero la pasión de todos aún mayor a la de hoy. Sobremanera la del público, que armó una caravana para escoltar al ganador. El Nene Ternengo, el que ganó toda la gloria en aquella carrera, cincuenta años atrás. Cuando se volvió inmortal.

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