Hay momentos en los que una economía deja de ser solamente una sucesión de números y empieza a transmitir algo más difícil de medir: confianza. Y en la Argentina, después de años en los que la incertidumbre parecía formar parte del paisaje, comienzan a aparecer señales que permiten mirar el futuro con algo más de optimismo.
La inflación ya no ocupa el centro de todas las conversaciones. El déficit fiscal dejó de ser una constante. El Banco Central recuperó capacidad de maniobra, la emisión monetaria dejó de ser la herramienta habitual para financiar al Estado y la economía comenzó a funcionar con reglas más previsibles.
A eso se suman otras noticias que, aunque muchas veces no generan grandes titulares, son fundamentales: recuperación de la inversión, crecimiento de sectores vinculados con la energía, la minería y el agro, mayor dinamismo de las exportaciones y una Argentina que empieza a recuperar competitividad.
Pero hay algo más. En el lenguaje de las redes sociales existe una expresión que describe cuando alguien empieza a generar una especie de magnetismo, prestigio o percepción positiva sin necesidad de explicarlo demasiado: “farmear aura”.
Y quizás la economía argentina esté empezando a hacer exactamente eso.
Durante mucho tiempo la Argentina farmeó el aura equivocada. Era conocida por sus crisis recurrentes, sus defaults, su inflación, sus controles cambiarios, sus cambios permanentes de reglas y su dificultad para sostener políticas durante el tiempo suficiente.
Ahora el desafío es construir otra reputación. Una Argentina que pueda decir: tenemos energía, tenemos alimentos, tenemos minería, tenemos talento, tenemos empresas capaces de competir y, sobre todo, estamos intentando construir estabilidad.
Porque la confianza también es un activo económico.
Cuando un empresario cree que podrá importar, invertir y producir sin que las reglas cambien mañana, invierte. Cuando un ciudadano cree que sus ahorros conservarán su valor, ahorra. Cuando un inversor extranjero percibe que puede obtener rentabilidad y retirar su capital bajo reglas claras, mira al país de otra manera.
Eso no significa que todos los problemas estén resueltos. Todavía hay pobreza, salarios que deben recuperarse, sectores que enfrentan dificultades y una economía que necesita transformar la estabilidad macroeconómica en crecimiento sostenido y oportunidades concretas.
Pero hay una diferencia importante entre una economía que está intentando sobrevivir y una economía que empieza a preguntarse cómo crecer.
Y quizá esa sea la verdadera buena noticia. La Argentina no necesita solamente mejorar sus números. Necesita volver a construir una reputación.
Porque en economía, como en la vida, la confianza no se decreta: se acumula. Y después de mucho tiempo de perder aura, tal vez la Argentina esté empezando, de a poco, a farmearla de nuevo.
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