Manos de oro: la historia detrás del Día del Joyero y del Relojero

Cada 3 de noviembre el gremio celebra su fecha en homenaje a Benvenuto Cellini, el orfebre florentino que convirtió los metales en arte hace cinco siglos. Un oficio que sigue latiendo en las vidrieras del centro de Rafaela, entre relojes heredados, alianzas y piezas que guardan historias enteras.

Hay oficios que se ejercen y oficios que se encarnan. Los joyeros y los relojeros pertenecen a la segunda categoría: pasan la vida a centímetros de sus piezas, con la lupa calada y la respiración contenida, convencidos de que cada anillo, cada cadena y cada maquinaria guardan algo más que metal y engranajes. Este 3 de noviembre, como cada año, el mundo celebra el Día Internacional del Joyero y del Relojero, una efeméride con enorme arraigo en la Argentina y en toda América Latina, y que tiene un origen tan antiguo como sorprendente: el nacimiento de un florentino del Renacimiento que llevaba el oficio en la sangre.

El hombre que nació un 3 de noviembre

Benvenuto Cellini nació en Florencia el 3 de noviembre de 1500 y se convirtió en uno de los orfebres más importantes del Renacimiento italiano. A los quince años entró como aprendiz en el taller del orfebre Antonio di Sandro, apodado Marcone, y desde entonces su vida fue tan brillante como tormentosa: trabajó para papas y reyes, se peleó con media Italia, conoció la cárcel y los envenenamientos, y dejó escrita su propia autobiografía, la Vida, considerada una de las crónicas más vivas de su época. Según las biografías clásicas, pasó además un breve período en Roma como discípulo de nada menos que Miguel Ángel, el artista que más admiraba.

Sus habilidades lo convirtieron en un artista completo: fue medallista —el papa Clemente VII lo nombró maestro de la Ceca en 1529, a cargo de las monedas papales—, escultor, cincelador y joyero, capaz de pasar de una medalla diminuta a una estatua monumental sin perder un gramo de precisión.


Obras que quedaron para siempre

De su taller salieron piezas que hoy se cuentan entre los tesoros más valiosos del planeta. La más cercana a nuestro país es, quizás, el crucifijo que esculpió en mármol entre 1559 y 1562 y que descansa en el trascoro de la Basílica de El Escorial, en España. La obra fue comprada por Cosme I de Médicis y, tras la muerte del gran duque, su hijo Francisco I de Médicis la regaló en 1576 al rey Felipe II de España: fue la primera escultura en ingresar al monasterio y todavía hoy se la cubre con un paño de pureza por pudor, como se hace desde hace siglos.

En Florencia lo espera su obra maestra: el colosal Perseo con la cabeza de Medusa, en bronce, que trabajó entre 1545 y 1554 y que se exhibe en la Loggia dei Lanzi, frente a la Piazza della Signoria. Su propia autobiografía cuenta que la fundición estuvo a punto de fracasar porque se agotó el bronce y hubo que echar a la olla hasta las bandejas de estaño de la casa para completar el vaciado.

Y entre medias, dos piezas para el asombro: el busto en bronce de Cosme I de Médicis, hoy en el Museo Bargello de Florencia, y el famoso salero de oro y esmalte que le encargó Francisco I de Francia entre 1539 y 1543, conocida como la «Mona Lisa de la escultura». La pieza, que representa a Neptuno y Ceres unidos por el mar y la tierra, llegó a los Habsburgo austriacos como regalo y hoy brilla en el Museo de Historia del Arte de Viena, heredero de la antigua colección imperial. Tuvo, además, una segunda vida digna de novela: fue robada en 2003 y recuperada en 2006, enterrada en una caja de plomo en un bosque a noventa kilómetros de la capital austríaca.

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