Hay noticias que despiertan recuerdos. En Santa Fe, pocas expresiones tienen esa capacidad como las palabras El Niño, lluvias intensas o riesgo hídrico. No se trata únicamente de un fenómeno meteorológico. Se trata, sobre todo, de una memoria colectiva.
En una provincia atravesada por inundaciones dolorosas, el agua dejó de ser hace tiempo un simple dato del pronóstico para convertirse en un elemento cargado de significado social. Cada alerta, cada anuncio de precipitaciones extraordinarias, reactiva experiencias familiares, pérdidas materiales, barrios enteros bajo agua y la incertidumbre que durante décadas acompañó a miles de santafesinos.
El sociólogo alemán Niklas Luhmann sostenía en «Confianza» (1973) que las sociedades necesitan reducir la incertidumbre para poder actuar. Frente a fenómenos naturales imprevisibles, esa necesidad se vuelve todavía más evidente: las personas buscan señales, instituciones y respuestas capaces de ofrecer algún grado de previsibilidad allí donde el futuro aparece amenazante.
Una provincia que aprendió a mirar el cielo
Esta semana, el Gobierno de Santa Fe presentó oficialmente el Informe de Variabilidad Climática y puso en marcha el Plan Provincial de Respuesta al Cambio Climático, una estrategia que reúne 35 acciones destinadas a fortalecer la capacidad de anticipación y respuesta frente a eventos extremos.
El diagnóstico, elaborado por especialistas del Centro de Estudios de Variabilidad y Cambio Climático (Cevarcam), confirma una tendencia sostenida hacia temperaturas más elevadas, una mayor alternancia entre sequías y precipitaciones intensas y un incremento de los riesgos sobre la infraestructura, la producción, la salud y los recursos hídricos.
A partir de ese trabajo científico, la Provincia anunció distintas líneas de acción vinculadas con la preparación frente al fenómeno de El Niño: actualización del Plan Director de Cuencas Hídricas, identificación de las localidades con mayor vulnerabilidad, mantenimiento de canales, fortalecimiento de defensas, inversiones en infraestructura y un fondo específico para responder ante emergencias.
Sin embargo, el verdadero valor de estas iniciativas no reside únicamente en las obras o en los protocolos administrativos. También representan un cambio cultural: asumir que el riesgo climático dejó de ser una excepción para convertirse en una variable permanente de la planificación pública.
Prepararse antes de que llegue la tormenta
En Rafaela, esa misma lógica comenzó a traducirse en la actualización del Plan Municipal de Emergencias y Desastres, originalmente elaborado en 2018 y recientemente adaptado a los nuevos requerimientos provinciales.
El secretario de Gobierno y Modernización, Germán Bottero, explicó que los pronósticos deben entenderse como señales que obligan a prepararse, aun cuando finalmente los eventos previstos no alcancen la intensidad esperada.
«Los pronósticos son pronósticos y sabemos que pueden o no cumplirse, pero están, y frente a eso tenemos que empezar a tomar medidas», sostuvo durante la presentación del esquema local.
Bottero recordó que el fenómeno de El Niño responde a un proceso climático cíclico asociado al calentamiento de las aguas del océano Pacífico, lo que genera una mayor evaporación y, en consecuencia, lluvias más intensas sobre buena parte de Sudamérica. Según explicó, el principal riesgo para la región no son necesariamente grandes acumulados durante varios días, sino precipitaciones muy abundantes concentradas en períodos muy breves, similares a las registradas durante la última Navidad. A partir de esa previsión, el Municipio organizó un esquema de respuesta encabezado por la Junta Municipal de Protección Civil que articula el trabajo de todas las áreas operativas, empresas prestatarias de servicios y organismos de emergencia. El dispositivo contempla desde la atención inmediata ante anegamientos hasta la asistencia social y la eventual habilitación de centros de evacuados si la situación así lo requiriera.
La memoria también construye prevención
Las inundaciones no sólo modifican ciudades. También transforman comunidades.
El sociólogo Robert Putnam, en «Making Democracy Work» (1993), planteaba que las sociedades construyen capital social cuando desarrollan redes de cooperación y confianza capaces de afrontar problemas comunes. En situaciones de emergencia, esa idea adquiere una dimensión concreta: vecinos, instituciones, voluntarios y organismos públicos forman parte de una misma red cuya eficacia puede resultar tan importante como una obra de contención.
Quizás por eso, cuando en Santa Fe se habla de prevención climática, el debate trasciende rápidamente los mapas de riesgo o las estadísticas meteorológicas. Lo que aparece en escena es una experiencia compartida.
Cada generación conserva alguna historia vinculada al agua. Familias que perdieron muebles, comercios que debieron empezar de nuevo, barrios enteros organizándose para asistir a quienes habían quedado aislados. Son recuerdos que permanecen incluso cuando pasan los años sin grandes inundaciones.
Esa memoria explica por qué la prevención ocupa hoy un lugar diferente al que tenía décadas atrás. Ya no alcanza con reaccionar cuando la tormenta comienza. La sociedad exige planificación, coordinación y capacidad de anticipación.
En definitiva, detrás de cada plan de contingencia, de cada simulacro o de cada actualización de protocolos, existe un aprendizaje colectivo construido a partir de experiencias que nadie desea volver a vivir.
Porque en Santa Fe el agua nunca es solamente agua. También es memoria. Y precisamente por eso, cada vez que el cielo vuelve a insinuar una amenaza, toda una provincia entiende que prepararse no es un gesto de alarma, sino una forma de cuidar una historia que conoce demasiado bien el costo de llegar tarde.



