En 1939 se levantó a dos kilómetros al oeste de la planta urbana, el frigorífico «Aimar», para la industrialización de carnes equinas. Dicha carne en cortes, refrigerada y salazonada era exportada a los países del norte de Europa.
El negocio era floreciente, y la fuente de trabajo más que satisfactoria para una población pequeña como la de Josefina. Pero llegó la guerra, y así nos lo cuenta la pluma ágil del escritor josefinense Elvio Aimar:
La Voz de San Justo 28/1/1980. Sueños.
Sus sólidos paredones, las cámaras frías, el saladero, los bretes, los corrales: salvo las maquinarias y las calderas, naturalmente desmanteladas, todo está casi igual. Sin embargo, hace mucho tiempo que en «el frigorífico» cesaron las matanzas.
Fue uno de los primeros, en el orden nacional, dedicado a la industrialización de la carne equina, que, en salmuera o charqueada, se exportaba a países del norte de Europa.
Al principio, todo marchó sobre ruedas. Cientos de animales sacrificados semanalmente. Ventas en dólares y florines que redituaban buenas ganancias. En fin, una importante fuente de trabajo, en una comunidad donde las oportunidades no sobran.
Pero un día… (en toda historia hay un día) aquello cambió. Estalló la guerra; e interrumpidos los embarques, para el frigorífico comenzó el principio del fin.
La esperanza de que la sangrienta pesadilla acabara pronto, alentó por un tiempo la continuación de las faenas; y eso fue para peor.
¡Qué iba a concluir la guerra! Ni una sola de las barricas que atiborraron todos los depósitos pudo ser embarcada; y «el frigorífico» cerró sus puertas.
Un año, otro… Agotadas todas las posibilidades, se optó por desechar las salazones. La quiebra total.
Con la carne que se echó en grandes fosas, abiertas en uno de los campos que rodeaban el establecimiento, se enterraron muchas ilusiones.
Después de la guerra, quien levantara el frigorífico de Josefina, construyó otro similar en San Francisco; y en el mismo quehacer, logró fructíferos resultados (vaya en la modestia de estas líneas, el póstumo homenaje al espíritu empeñoso y emprendedor de don Félix Aimar); pero abandonado, pasando de mano en mano, allá quedó aquél.
Hoy está de nuevo en posesión de la familia de su primer propietario; y, así y todo, seguramente nunca volverá a ser lo que fue.
Quienes aún al presente, transitan de noche, por el camino vecinal que deslinda el campo donde hace más de seis lustros fueron arrojadas las salazones (recientemente se desenterraron trozos intactos), suelen ver revolotear luces fatuas, esto es, inflamaciones de ciertas substancias que se elevan de materias animales y andan por el aire, en forma de pequeñas llamas, a poca distancia del suelo.
Ignorante de estas cosas, algún viejo criollo comenta:
– ¡La luz Mala! Debe de haber un tapado.
Antiguamente se acostumbraba poner oro en bolsas de cuero, enterrarlas y guardar el secreto. Si el dueño moría -se decía- aparecía una luz que recorría el campo y se perdía en el sitio de aparición.
Algún valiente, observaba donde se ocultaba y a la hora en que la luz asomaba, se echaba de bruces, colocaba en la boca una moneda de plata, clavaba su puñal en la tierra, y esperaba que le fuese revelado dónde se hallaba «el tapado». En las proximidades del frigorífico, en cierto modo, hay mucho dinero enterrado; pero si a alguien se le ocurriese una noche, hincar su cuchillo en el sitio donde aparecen las luces, no escucharía voces extraterrenas; cuanto más podría entreoír… algún apagado relincho…
En el frigorífico se realizó una transformación con el objeto de producir chacinados de cerdo y vacuno. Al poco tiempo los titulares de la empresa alquilaron y posteriormente vendieron la misma que comenzó a operar bajo la denominación de frigorífico «Frisco». Luego pasó a otra sociedad: Frigorífico Continental, y, finalmente fue propietario el recordado actor Armando Bo.
En 1954 cesaron las operaciones.
Fuente: Perfiles Josefinenses. 1986, Pag: 151 a 153



