Pasó la Pascua. Resucitó. Y con ella, también asoma la posibilidad de una nueva etapa para el país. Pasó el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, se levantó el cepo, y el dólar, ese termómetro tantas veces desbordado de nuestras emociones económicas, se mantuvo sereno. Cerró el último día hábil en $ 1.180, dentro de una banda de flotación entre los $ 1.000 y $ 1.400. Cerca del piso. Una señal clara de que, al menos por ahora, los fantasmas del descontrol cambiario quedaron atrás.
En las casas hubo bagna cauda, hubo chocolate, hubo encuentros. Participamos de las celebraciones cristianas con ese ritual que, más allá de la fe personal, nos conecta con algo más grande. El misterio de la Pascua habla de esperanza, de renacimiento después del dolor. Y esa misma lógica parece hoy tocar también la vida pública del país.
Porque si bien la situación sigue siendo compleja, hay signos de que algo está cambiando. La inflación, aunque todavía alta, comenzó a mostrar una curva descendente. El dato de marzo, 3,7% muestra un aumento, pero a la vez confirma que la tendencia no es que se dispare, y se espera que abril traiga otro número en baja. El Banco Central dejó de perder reservas, las brechas entre los distintos tipos de cambio se redujeron, y los mercados respondieron con moderación al levantamiento del cepo. La economía se está reordenando, paso a paso.
No es magia. Ni instantáneo. Pero después de años de incertidumbre y medidas de emergencia, se está recuperando una herramienta vital: la previsibilidad. Las empresas vuelven a hacer planes, los exportadores ya no temen ser castigados por liquidar divisas, y las inversiones, aunque aún tímidas, empiezan a mirar con más interés.
Por supuesto, todavía falta. La recesión golpea a la producción, el consumo está resentido, y la recuperación del poder adquisitivo es un reclamo urgente. Las jubilaciones mínimas, el financiamiento de las universidades y el sostenimiento de los sectores vulnerables siguen siendo temas centrales en la agenda. Pero al menos, por primera vez en mucho tiempo, el debate dejó de girar en torno a cómo evitar una crisis mayor, y empieza a enfocarse en cómo construir un sendero de crecimiento sostenible.
Pasó la Pascua. Y si algo nos enseña este tiempo litúrgico, es que no hay renacimiento sin atravesar el desierto. La sociedad argentina ha demostrado, una vez más, una enorme capacidad de resistencia. Ahora el desafío es transformar esa resiliencia en futuro. En inversión, en empleo, en educación, en oportunidades.
Queda mucho por hacer. Pero por primera vez en años, la economía parece haber encontrado un piso sobre el cual pararse. El dólar no se disparó, la inflación baja, el mundo vuelve a mirar a Argentina con algo más que preocupación.
Y nosotros, entre la fe, el esfuerzo cotidiano y las ganas de que esta vez sea distinto, volvemos a hacernos la misma pregunta de siempre: ¿Cómo sigue todo?
Quizás, con paciencia, trabajo y algo de esa esperanza que trae la Pascua, podamos responder que sigue mejor y que tenemos mucho por hacer.
#BuenaSaludFinanciera @ElcontadorB @GuilleBriggiler



