Por Guillermo Briggiler. Hay una vieja enseñanza de la construcción que dice que nadie se detiene a admirar los cimientos de una casa. No se ven, no lucen en las fotografías y, mientras se los está haciendo, pareciera que la obra no avanza. Sin embargo, son la parte más importante del edificio. Si fallan, tarde o temprano todo lo demás termina resquebrajándose.
Algo parecido ocurre hoy con la economía argentina.
Durante años, el país intentó levantar pisos y paredes sobre bases inestables: déficit fiscal permanente, emisión monetaria, inflación creciente, reservas escasas y una moneda en la que casi nadie confiaba. Cada tanto la estructura parecía sostenerse, pero inevitablemente volvía a aparecer una nueva grieta.
Dos años después, el panorama es diferente. Los cimientos empiezan a afirmarse. El superávit fiscal dejó de ser una excepción para convertirse en una política permanente. El Banco Central fortaleció sus reservas, la inflación continúa descendiendo y el riesgo país cayó de manera significativa.
Sin embargo, quien recorra la obra difícilmente sienta que la casa está terminada. Y tiene razón. Porque una cosa es construir los cimientos y otra muy distinta es disfrutar de la vivienda.
La macroeconomía muestra avances evidentes, pero la microeconomía todavía transita un camino más lento. Muchas familias, comercios y pequeñas empresas aún no perciben plenamente los beneficios de esa estabilidad y sienten que el esfuerzo no terminó.
La comparación con los países vecinos ayuda a poner el momento en perspectiva.
En materia fiscal, Argentina pasó de ser uno de los casos más preocupantes de la región a exhibir una disciplina que hoy supera incluso a economías tradicionalmente más estables. Sin embargo, cuando se observa la inflación, el contraste cambia completamente. Aunque descendió de manera notable, sigue siendo varias veces superior a la de Brasil, Chile, Uruguay o Perú, donde convivir con aumentos anuales del 3% al 5% es prácticamente una normalidad.
Sucede algo parecido con el riesgo país. Bajó de manera extraordinaria, pero todavía permanece muy por encima del de nuestros vecinos.
Los inversores ya no miran a la Argentina con el temor de hace dos años, aunque tampoco la consideran un destino completamente confiable. La credibilidad, como ocurre con la reputación de una persona, tarda mucho más en construirse que en perderse.
Pero hay, además, otra diferencia importante. El crecimiento económico argentino vuelve a ubicarse entre los más altos de Sudamérica. El impulso proviene principalmente de sectores como Vaca Muerta, la minería, el agro y la energía. Son actividades capaces de generar dólares, inversiones y exportaciones. El desafío es que ese dinamismo se traslade al comercio, la industria, las pequeñas empresas y el empleo formal.
Quizás la mejor imagen para describir el momento actual sea la de un corredor que acaba de recuperarse de una lesión muy seria. Ya no está inmovilizado. Incluso volvió a trotar. Pero todavía le falta recuperar resistencia antes de competir con quienes nunca dejaron de entrenar.
Ese es, precisamente, el lugar que hoy ocupa la Argentina frente a Chile, Uruguay o Perú. Ya no parece una economía al borde de una crisis permanente, pero aún está lejos de exhibir la estabilidad que esos países construyeron durante décadas.
Los próximos años serán decisivos. Si el equilibrio fiscal, la estabilidad monetaria y las reformas logran sostenerse en el tiempo, la economía argentina podría empezar a cerrar una brecha histórica con sus vecinos. Si, en cambio, vuelve la tentación de financiar el gasto con emisión o de abandonar la disciplina fiscal, el riesgo de retroceder seguirá latente.
Después de mucho tiempo, el gran debate dejó de ser cómo evitar otra crisis. La verdadera pregunta ahora es si Argentina será capaz de convertir la estabilidad en desarrollo. Y esa, probablemente, sea la prueba más difícil de todas.
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