Prevención y hábitos: las claves para frenar la obesidad en niños y adolescentes

La licenciada en Nutrición Ayelén Hochstrasser, especialista en enfermedades metabólicas, dialogó con REC Rafaela sobre la importancia de la prevención y el acompañamiento familiar en la alimentación de niños y adolescentes. La profesional alertó que en Argentina casi el 40% de los menores de entre 5 y 17 años tiene sobrepeso u obesidad, y remarcó que los buenos hábitos deben formarse desde el hogar y desde la primera infancia.

«Hoy la obesidad es una enfermedad y una pandemia silenciosa», advirtió la licenciada en Nutrición Ayelén Hochstrasser, especialista en enfermedades metabólicas, durante la entrevista con REC Rafaela/CASTELLANOS. La profesional explicó que no se trataba solo de «comer mucho o moverse poco», sino de una condición multifactorial que afectaba cada vez a más niños y adolescentes.

«En Argentina, el 40% de los niños y adolescentes entre 5 y 17 años tenían sobrepeso u obesidad. Es decir, casi la mitad estaba afectada por esta patología», remarcó Hochstrasser, y destacó que la infancia era una etapa clave para intervenir, ya que «los cambios metabólicos a esa edad podían ser reversibles, mientras que en la adultez los hábitos ya estaban instalados y las enfermedades asociadas se volvían más difíciles de tratar».

La nutricionista alertó sobre las consecuencias de no actuar a tiempo: «Estábamos viendo jóvenes de 20 o 30 años con cuerpos desgastados, con el funcionamiento de personas de 80. Porque esos cuerpos venían enfermos desde la niñez».


Cuándo consultar a un especialista

La especialista sostuvo que la prevención debía comenzar incluso antes del nacimiento. «Si me preguntás cuándo consultar, la respuesta es desde que una mamá planea un embarazo.
Desde ese momento, y durante toda la niñez, era importante realizar controles regulares con el pediatra y prestar atención a los percentilos de crecimiento», explicó.

También recomendó que los padres estuvieran atentos a las señales cotidianas: «Si un niño empezaba a ganar peso por encima de lo esperado, o si su alimentación se basaba en ultraprocesados, era momento de pedir una consulta con un profesional en nutrición».

Además, Hochstrasser enfatizó que la educación alimentaria no debía esperar a que apareciera una patología.

«Aunque el niño mantuviera un peso normal, si solo comía fideos con crema o hamburguesas, era una buena oportunidad para aprender juntos en familia. No se trataba solo de evitar enfermedades, sino de construir hábitos saludables y sostenibles», sostuvo.

El rol de la familia y los hábitos del hogar

Uno de los ejes que más resaltó la profesional fue el ejemplo que los adultos daban a los chicos: «Cada niño o adolescente iba a adquirir los hábitos que veía en casa. Era muy difícil que un hijo comiera verduras si nunca veía a sus padres hacerlo. Los chicos copiaban todo: lo que comíamos, cómo nos movíamos y hasta cómo hablábamos de nuestro cuerpo».

Por eso, propuso incorporar hábitos simples pero sostenibles: desayunar todos los días, evitar los ultraprocesados, y compartir momentos de actividad física en familia. «Salir a caminar, andar en bici, ir a la plaza… eran cosas que parecían pequeñas, pero dejaban huella», expresó Hochstrasser.

También advirtió sobre el impacto de las redes sociales y el tiempo de pantalla: «Estábamos hiperconectados y más sedentarios que nunca. Era fundamental enseñar a los chicos a ser críticos con la información que veían online sobre dietas o modas alimentarias. La mejor guía siempre iba a venir del profesional».

Dietas de moda: el riesgo de las soluciones rápidas

Consultada sobre el auge de dietas como la keto o el ayuno intermitente, Hochstrasser fue clara: «No hablábamos de dietas, hablábamos de patrones alimentarios. Algunas podían generar pérdida de peso a corto plazo, pero los estudios mostraban que a largo plazo no había diferencias con una alimentación saludable, equilibrada y personalizada».

Sobre el ayuno intermitente, aclaró que podía ser una herramienta útil para algunos casos, pero no era sostenible en el tiempo para todos. «Muchas personas lo hacían uno o dos meses y luego volvían a sus viejos hábitos, generando efecto rebote. Por eso siempre insistíamos en la personalización y en el acompañamiento interdisciplinario, con nutricionistas, psicólogos y médicos», agregó.

Volver a lo natural

La licenciada celebró que, poco a poco, se estuviera recuperando la cocina casera y los alimentos reales. «Durante años, los ultraprocesados nos facilitaron la vida, pero también nos enfermaron. Hoy la tendencia era volver a lo básico, a lo natural, a las recetas de las abuelas», afirmó.

Su consejo práctico para quienes sentían que no tenían tiempo fue simple: «Dedicar unas horas del fin de semana a organizar las comidas. Tener verduras lavadas, cereales cocidos, ensaladas listas. Eso te salvaba entre semana y evitaba caer en lo rápido, que casi siempre era lo menos saludable».

«La prevención empieza en casa»

Para Hochstrasser, el desafío estaba en educar sin esperar al síntoma. «No había que esperar un análisis alterado o un aumento abrupto de peso. La prevención empezaba mucho antes, desde la casa, desde los hábitos que transmitíamos sin darnos cuenta», concluyó.

En un país donde cuatro de cada diez chicos convivían con el sobrepeso, la especialista dejó un mensaje esperanzador: «Todavía estábamos a tiempo, pero debíamos actuar desde la niñez y en familia».

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