Mareado como en montaña rusa: ¿riesgo elecciones o riesgo país?  

La reciente coyuntura económica argentina volvió a encender el debate, con un dólar en el techo de la banda y elecciones a la vuelta de la esquina, luego de bajar la inflación, corregir la emisión y el déficit fiscal, hay sectores que torpedean el plan económico y nos dejan mareado como bajando de una montaña rusa. 

Las críticas se centraron en las marchas y contramarchas en la política cambiaria y en la falta de un rumbo sostenido que logre dar previsibilidad a los mercados. Y es correcto, para poder crecer sostenidamente es urgente reducir el riesgo país, ya que mientras permanezca en niveles cercanos a los 1000 puntos básicos, el acceso a financiamiento voluntario en los mercados globales seguirá siendo una quimera. Además, ninguna inversión externa posee dicha rentabilidad, por lo que no veremos inversiones en la economía real, solo financieras. Algo similar ocurre dentro del país, con tasas de préstamos por las nubes, se retrasan nuevos negocios y con ello languidece la actividad, el empleo y la recaudación. 

La comparación regional es elocuente: países como Perú, con un riesgo país que ronda los 150 puntos, pueden acceder con facilidad a los mercados de capitales, mientras que Argentina, atrapada en un sin fin de expectativas, permanece al margen. La meta señalada por los especialistas es clara: para recuperar la confianza, el país debería aspirar a un nivel de 300 o 400 puntos básicos, una cifra que ubicaría a la economía en un rango “normal” dentro del concierto latinoamericano. 


Por otro lado, el salvataje financiero de Estados Unidos, que tarda en llegar, es leído no solo en clave económica, sino también geopolítica. Washington busca reforzar su influencia en América Latina frente a la creciente gravitación de China. Bajo esa lógica, Argentina aparece como un socio estratégico en un tablero internacional marcado por la competencia entre potencias. Especialmente si tenemos en cuenta que Chile, Bolivia y Brasil, se encuentran ideológicamente más cerca del gigante asiático.  

Ese respaldo se traduce en tres frentes: un swap de monedas que da oxígeno inmediato, la posibilidad de nuevos préstamos y la compra de bonos argentinos en el mercado secundario, una maniobra que, al elevar su precio, genera un “círculo virtuoso” para la baja del riesgo país. El mensaje implícito es contundente: en un mundo de disputas globales, la economía argentina se convierte en una pieza de valor para el ajedrez internacional. 

En el plano interno, la gestión cambiaria recibió cuestionamientos por medidas que muchos describen como “de puente en puente”, sin una estrategia de fondo. La decisión de impedir operar en los mercados financieros a quienes acceden al dólar oficial fue señalada como un retroceso que entorpece el camino hacia una liberación cambiaria ordenada. 

No hay duda de que el país enfrenta un problema de liquidez, los dólares ingresan, pero no en el momento en que se necesitan, obvio mientras haya expectativas de tipo de cambio más alto, se liquida lo menos posible. Los mensajes por redes de los políticos opositores, en especial de la ex presidenta, flaco favor le hacen a esto. Vale decir que cada vez que algún político pide devaluar la moneda, sepan que lo que desea es el empobrecimiento de la población, salarios más bajos, jubilaciones magras y afectar el poder adquisitivo de los planes sociales. 

Más allá de la coyuntura financiera, la mirada de fondo apunta a la economía real, el país necesita una hoja de ruta clara y consensuada, que trascienda las tensiones políticas del corto plazo. Sin un amplio respaldo político, toda reforma corre el riesgo de quedar a mitad de camino. Luego de las elecciones con un nuevo congreso deberá darse el debate pertinente. Aquí se debe discutir, ancla monetaria, reforma laboral, y en el terreno impositivo, retenciones, impuestos al trabajo e iva. La pregunta de fondo es si la dirigencia está dispuesta a consensuar un programa económico de largo plazo o si la Argentina seguirá atrapada en el círculo de urgencias, improvisaciones y parches. 

El gobierno insiste en señalar que el elevado riesgo país responde a lo que denomina “riesgo kuka”, es decir, el temor de los mercados a un eventual retorno del populismo. Sin embargo, debemos advertir que esa explicación puede resultar demasiado simplista, más que miedo a un cambio político, lo que persiste es la desconfianza ante la ausencia de un plan económico integral y sostenido en el tiempo. Sin un programa consistente que ordene lo fiscal, lo monetario y lo cambiario, la percepción de riesgo difícilmente se reducirá, por más apoyo externo que se consiga. Hay mucho por hacer, lástima que tenemos que seguir en esta montaña rusa, al menos, hasta las elecciones. 

#BuenaSaludFinanciera  @ElcontadorB  @GuilleBriggiler 

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