Si algo nos representa como argentinos no es sólo el dulce de leche o el asado. Es, también, nuestra compleja relación con el dólar. Una relación llena de sospechas, miedos, maniobras, controles y hasta cariño. En este invierno 2025, aunque se haya hablado del «fin del cepo» para personas físicas, la verdad es que seguimos viviendo en un país con más tipos de dólar que estaciones del año.
Porque sí, aunque algunos festejan poder comprar dólar oficial sin el recargo del 65% (30% PAIS + 35% percepción), la arquitectura de tipos de cambio múltiples sigue más viva que nunca. El dólar oficial, el que usan los importadores y exportadores, el minorista que nos cotizan los bancos, el MEP que es el que se constituye con compra venta de bonos, el CCL o Contado con Liquidación que similar al MEP pero los bonos que se liquidan en una cuenta en EEUU, el blue que es el del mercado negro o informal, el tarjeta que corre para quienes viajan o pagan servicios digitales afuera, el dólar cripto que obtenemos en billeteras virtuales o criptoexchanges, el blend exportador que promedia entre una parte oficial y una parte libre, y hasta el llamado dólar «Coldplay» que graciosamente nació cuando hay recitales internacionales. Cada uno con su propia lógica, su propio valor y su propio drama. Igual seguro ya se marearon y aburrieron.
Pero la lógica sigue y así cuando sube, gritamos y cuando baja, también. Los argentinos desarrollamos una capacidad única de análisis instantáneo de la cotización: si el dólar sube, gritan «¡devaluación!». Si baja, advierten «¡atraso cambiario!». Y si se queda quieto por unos días, alguien dice «¡carrytrade!» como quien lanza una maldición.
Esta semana, por ejemplo, el dólar mostró movimientos erráticos y volvió a estar en boca de todos. El Banco Central intervino discretamente en los mercados financieros para calmar la volatilidad, pero sin salirse de las bandas de flotación que se fijaron hace unos meses. Es decir, dejó que oscile pero dentro de ciertos límites.
¿Por qué se movió el dólar ahora? La respuesta está en una mezcla de economía real, calendario y política:
-Vacaciones de invierno: más argentinos viajando al exterior o pagando en dólares servicios turísticos y plataformas. Eso genera mayor demanda de divisas.
-Fin de la cosecha gruesa: los dólares que ya entraron por el agro son los que hay. Y con el aumento de retenciones, muchos productores que aún no vendieron, prefieren tomar financiamiento antes que liquidar al tipo de cambio actual.
-Ruido político en el Congreso: el tratamiento de leyes económicas sensibles agita la incertidumbre y empuja a cubrirse en dólares, que es la moneda en que siguen ahorrando las personas de aquí.
-Pago de aguinaldos: más pesos en la calle suele implicar más demanda de dólar ahorro o MEP.
-Cambios en tasas y la operatoria con las LEFI (nuevas letras del Tesoro): desarmaron algunas posiciones especulativas y forzaron reacomodamientos en carteras que terminan impactando en el dólar financiero.
En este contexto, el dólar sigue siendo el termómetro social de la estabilidad. Los economistas lo siguen minuto a minuto, los políticos lo temen y el ciudadano de a pie lo consulta más que el pronóstico del clima. Porque en Argentina, el dólar no sólo es una moneda extranjera: es una brújula emocional.
El levantamiento parcial del cepo no solucionó la fragmentación del mercado cambiario. Y mientras haya múltiples tipos de cambio, la economía va a funcionar con señales cruzadas, distorsiones de precios relativos y oportunidades para arbitrar o especular.
Y sí, probablemente el dólar vuelva a moverse la semana que viene, o no. Y volveremos a preguntarnos si estamos atrasados, si devaluamos o si es todo culpa del carrytrade. Pero lo único seguro es que, pase lo que pase, siempre vamos a estar hablando del dólar.
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