Parecía que los obreros se habían habituado a las jornadas interminables. Diez, doce, catorce horas parecían no bastar para la producción en las florecientes industrias de Chicago. Los operarios debían guardar silencio y someterse a un régimen riguroso. Comenzaron las protestas, bajo cuerda y en reuniones nocturnas, miedosas, secretas. Los capataces manipulaban los relojes para que el tiempo rinda un poco más.
La superpoblación de oferta de brazos para la naciente Revolución Industrial norteamericana, provenía de todas partes, ganaderos desocupados y emigrantes de otros países, que formaban villas de emergencia en los alrededores de las capitales, especialmente Chicago, que en ese momento era la segunda ciudad de su país.
Primer grito
En 1881, trabajadores de Saint Louis se reunieron en asamblea para lograr que la jornada se limite a 72 horas por semana, en lugar de las 97 que eran habituales. Como contrapartida, los empresarios se reunieron para que la jornada sea de 11 horas. No hubo acuerdo. Entre abril y mayo de 1886, la fábrica McCormick, de Chicago, aplastó distintas manifestaciones con la Policía y grupos especialmente armados. En este marco, pretender una jornada de 8 horas, como algunos sectores proponían, era una utopía que agitaba la furia de las empresas y las ilusiones de los dependientes. Empezaron las manifestaciones aisladas en distintos puntos de aquel país, alertas activistas en organizaciones de izquierda y algunos cabecillas que empezaron a ser observados. Por otro lado, las empresas, en parte, seguían produciendo con la mano de obra de los que no se adherían a los rebeldes.
1° de mayo de 1886
La revuelta comenzó a extenderse por distintas capitales y finalmente se decidió una huelga general a partir del 1° de mayo de 1886. Si bien hubo brotes huelguistas en varias partes, fue Chicago la que, con 90.000 participantes, encendió la mecha el 4 de mayo de ese mismo año, en lo que se conoce como la revuelta de Haymarket Square. El sindicato que los agrupaba entonces ordenó evitar la huelga. Ante ello, los trabajadores se sintieron traicionados y decidieron iniciar la acción directa.
Los manifestantes lograron permiso del alcalde Carter Harrison para realizar el acto central; el propio Alcalde asistió. Un pastor metodista, Samuel Fielden, fue el principal orador. Durante su alocución, el dirigente sindical Rudolph Schnaubelt arrojó una bomba al grupo policial que intentaba disolver el acto, matando a 6 agentes. El hecho desató el caos, con fuego indiscriminado. Esto motivó que haya 38 huelguistas muertos y 115 heridos. Los líderes de la manifestación fueron detenidos y enjuiciados. Oscar Neebe fue condenado a 15 años de trabajos forzados, Samuel Fielden y Michael Schwab a cadena perpetua. George Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons (se entregó aunque no estuvo en la manifestación, en solidaridad con sus compañeros), August Spies y Louis Lingg fueron condenados a la horca. Spies, antes de morir, expresó: «La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Las ejecuciones se cumplieron el 11 de noviembre de 1887. Un desfile de 25.000 personas llenó las calles de Chicago para rendirles homenaje.
La caza de brujas desatada después de la revuelta hizo que centenares de militantes fueran detenidos en las redadas que siguieron. Los órganos de prensa más importantes se lanzaron contra los manifestantes, llamándolos brutos asesinos, rufianes rojos comunistas, monstruos sanguinarios, fabricantes de bombas, etc.
El tiempo hizo que los «mártires de Chicago» no hayan visto alguno de los frutos de su sacrificio final. Poco después de sus muertes, el Congreso norteamericano determinó que el horario laboral no debe ser mayor de ocho horas, aunque dejó un resquicio de que sea mayor «en caso de necesidad».
En 1889, el Congreso Obrero Socialista declaró el 1° de mayo como el «Día Internacional de los Trabajadores», en memoria de los mártires de Haydepark, lo cual se conmemora hasta nuestros días en una gran cantidad de países. Lo que sí puede afirmarse es que no es unánime la fecha, ya que Estados Unidos y Canadá acordaron que la fiesta de los trabajadores sea el Labor Day, en la primera semana de septiembre de cada año.
Hoy Chicago tiene un monumento a los que llaman los Mártires de Haymarket, con una placa que dice «Primero tomaron vuestras vidas, ahora explotan vuestra memoria».



