Durante años, buena parte de la economía argentina funcionó bajo un esquema de protección. Barreras a las importaciones, regulaciones y un mercado más cerrado moldearon la forma de producir, vender y consumir. Ese modelo, con sus luces y sombras, generó hábitos que parecían permanentes.
Pero hoy el escenario es otro. Argentina está transitando, por supuesto que no sin tensiones, un cambio de modelo: de un sistema más protegido a uno más abierto, donde la competencia empieza a jugar un rol mucho más determinante. Al punto que, de no tener stock de determinado producto, hoy tenemos muchas marcas nacionales, importadas, chinas de buena calidad y chinas prácticamente descartables. Competimos por precio con China y con Europa y EE.UU. en calidad. Parada difícil la actual.
Y ese cambio no solo impacta en las empresas. También transforma, de manera profunda, al consumidor. Porque mientras se discute la macroeconomía, abajo ocurre algo igual de importante: la gente cambió.
El aumento de tarifas y combustibles reconfiguró el bolsillo. Hoy, muchas familias tienen menos margen para el consumo discrecional. Lo que antes se destinaba a cambiar un electrodoméstico, salir a comer o renovar algo en el hogar, ahora se prioriza para sostener gastos básicos. Y eso obliga a elegir más, comparar más, pensar más cada compra.
Y hay otro factor igual de potente: la tecnología.
El celular se convirtió en el nuevo «shopping global». Ya no hace falta recorrer negocios de la ciudad —ni siquiera de ciudades vecinas— para buscar precio o variedad. En una app, en minutos, se puede ver qué cuesta un producto acá y en cualquier parte del mundo, comparar, leer opiniones y recibirlo en la puerta de casa.
Ese cambio es silencioso, pero revolucionario. Recuerden hace una década cuando uno pensaba en cambiar, por ejemplo, la heladera, se recorría los locales de electrodomésticos de Rafaela y en algunos casos se viajaba a Santa Fe, Córdoba o Rosario para conocer otros modelos y opciones. Hoy solo basta con mirar al App del celu.
Por su parte, el comerciante local ya no compite solo con el negocio de la otra cuadra. Compite con plataformas digitales, con importadores, con precios internacionales y con consumidores mucho más informados.
Y acá aparece un punto clave: competir solo por precio es, muchas veces, una batalla perdida.
La alternativa —y probablemente el camino— es competir con valor agregado. Servicio, cercanía, asesoramiento, confianza, postventa. Todo aquello que una app todavía no puede reemplazar del todo. En un mundo más abierto, la diferencia no siempre está en el producto, sino en la experiencia.
Al mismo tiempo, este nuevo esquema económico también reordena qué sectores empujan el crecimiento. Actividades vinculadas a los recursos naturales —como el biodiésel, el etanol, los granos, la ganadería, la minería o el petróleo— están ganando protagonismo. Allí hay oportunidades concretas. Es hacia ahí donde la pyme rafaelina, el comercio y el servicio deben apuntar sus objetivos.
La pregunta, entonces, es incómoda pero necesaria: ¿estamos preparados para trabajar hacia esos sectores que crecen? Porque adaptarse no es solo una consigna. Implica reconvertirse, capacitarse, repensar modelos de negocio y, muchas veces, salir de la zona de confort.
El cambio de modelo económico no es solamente una decisión de política. Es, sobre todo, un cambio de reglas de juego. Y en ese nuevo partido, ganan los que entienden antes que nadie que el consumidor ya cambió… y que el mundo también.
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