El pasado miércoles 7 de mayo se cumplieron 106 años del nacimiento de una de las figuras más trascendentales y conmovedoras de la historia argentina: María Eva Duarte de Perón, la mujer que el pueblo eternizó como Evita. Su nombre se convirtió en símbolo de justicia social, militancia y compromiso con los sectores más postergados, dejando una huella indeleble en la memoria colectiva del país.
Eva nació el 7 de mayo de 1919 en la estancia «La Unión», en las cercanías del pueblo Los Toldos, provincia de Buenos Aires. Hija de Juana Ibarguren y Juan Duarte, creció junto a sus hermanos Blanca, Elisa, Juan y Erminda. A los 11 años, la familia se trasladó a Junín, donde Eva finalizó sus estudios primarios y participó por primera vez en una obra de teatro, mostrando desde muy joven su vocación artística.
A los 15 años, con sueños de convertirse en actriz, se instaló en la ciudad de Buenos Aires. Bajo el ala del cantante y actor Agustín Magaldi, comenzó una carrera en el mundo del espectáculo que la llevó a destacarse en la radiofonía nacional, especialmente en la serie «Grandes mujeres de todos los tiempos», emitida por Radio El Mundo.
En 1944, durante un festival a beneficio de las víctimas del terremoto de San Juan, conoció al entonces coronel Juan Domingo Perón, quien ya tenía un papel central en la política nacional. El vínculo entre ambos creció rápidamente y el 22 de octubre del mismo año contrajeron matrimonio civil en Junín. Dos días después, realizaron la ceremonia religiosa en la Iglesia San Francisco, en La Plata.
Al momento de casarse, Perón tenía 50 años y Eva apenas 25. El país atravesaba una intensa efervescencia política, y aunque en los primeros tiempos Evita no participó activamente en los actos de campaña, su figura fue cobrando fuerza y presencia en la vida pública.
Uno de los hitos más importantes en la vida política de Eva fue su lucha por el sufragio femenino, una batalla que culminó con la sanción de la Ley N.º 13.010, el 9 de septiembre de 1947. Aquella jornada histórica, Eva habló desde los balcones de la Casa Rosada ante una multitud:
«Nuestra voz ha sido escuchada. Gracias a la revolución y a nuestro líder se han reconocido al fin los derechos políticos que durante tanto tiempo nos fueron negados. Ahora podemos votar. Mujeres compatriotas, amigas mías, ¡sepamos también votar!».
Ese logro no sólo marcó el ingreso formal de las mujeres en la vida política del país, sino que también consolidó su liderazgo. En 1949 fundó el Partido Peronista Femenino, estructura clave para la movilización y participación política de las mujeres, hasta entonces relegadas del ámbito institucional.
Una vida dedicada a los humildes
Evita no fue una primera dama tradicional. Su vida estuvo marcada por una entrega total a las causas populares. En 1948 creó la Fundación Eva Perón, desde donde se impulsaron obras monumentales: se construyeron hogares, escuelas, hospitales, colonias de vacaciones, la Escuela de Enfermeras, y se distribuyeron medicamentos, ropa y alimentos a lo largo y ancho del país.
Visitaba barrios obreros, hospitales y hogares, escuchando las necesidades del pueblo. Su cercanía, su trato directo y su estilo frontal y combativo la convirtieron en una figura amada por millones y odiada por sectores privilegiados que la vieron como una amenaza al statu quo.
Eva Perón falleció el 26 de julio de 1952, víctima de un cáncer fulminante. Tenía sólo 33 años. Su velorio duró días y fue acompañado por una multitud que lloró su partida con un dolor auténtico. Había nacido en la pobreza y muerto en la cúspide del poder, pero jamás abandonó sus convicciones ni se apartó de su pueblo.
Sus últimas palabras, plasmadas en su obra póstuma «Mi mensaje», dejan al descubierto su espíritu combativo: «El arma de los imperialismos es el hambre. La patria no se vende, se defiende».
Evita denunciaba sin rodeos los intereses que operaban contra el pueblo y llamaba a no rendirse ante las injusticias, a luchar por la dignidad, la independencia y la igualdad.
El legado eterno
A más de un siglo de su nacimiento, Eva Perón sigue viva en la historia y en el alma popular. Su imagen, sus palabras, sus gestos de ternura y firmeza la han convertido en un símbolo de las causas justas. Su vida fue breve, pero intensa. Su obra, inmensa.
En un país atravesado por desigualdades estructurales, su legado vuelve a resonar cada vez que se lucha por la equidad, cada vez que una mujer levanta su voz, cada vez que alguien se compromete con los que menos tienen.
Evita no fue un personaje más en la historia: fue una revolución hecha mujer. Hoy, al recordarla, reafirmamos que sus jirones siguen siendo bandera.
«Yo no quise ni quiero nada para mí. Mi gloria es y será siempre el escudo de Perón y la bandera de mi pueblo. Y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria».



