Llegó desde una infancia de carencias, formado en la disciplina con límites, negociador frontal, buscador de caminos de progreso, comprometido con la familia propia, la del barrio, la de la ciudad; estoy definiendo a Juan Carlos Serafín Grana, aunque cueste trabajo no llamarlo «Pichón», como casi todos.
Nació el 18 de agosto de 1940, leonino auténtico, con abuelo paterno italiano, originario de Albenga, provincia de Savona, cerca de Génova, casado con una alemana, Martha Hollestein. Juan Carlos era el mayor de nueve hermanos, cinco varones y cuatro mujeres; comprendió desde chico que nada sería fácil para él; trabajó como zapatero, panadero, canillita, mientras seguía sus estudios en la Escuela Rivadavia, donde completó la primaria convencido de que no habría secundaria para él, que debía aprender de la vida lo que ésta le presentara; su padre, desde un taller mecánico, poco más podía ofrecerle. Todavía adolescente, la oportunidad laboral le llegó en la firma Carlos y Américo Grossi, en ese momento en pleno apogeo. Uno de los dos propietarios era su padrino y, conociendo su habilidad por el dibujo y la pintura, lo empleó para hacer los retoques necesarios en los tractores reparados, las letras de la marca y cuanto hubiere que retocar con pincel, ya que todo era manual. Pichón hacía y aprendía.
Emprendedor
Por impulso de su padrino, resolvió independizarse y poner su propio taller en un garaje de 25 de Mayo y Pellegrini; su natural simpatía y voluntad de servicio le hicieron ganar una clientela que fue creciendo. En 1962 se casó con Teresita Gloria Amato, quien sería, además de esposa, su compañera de esfuerzos y su respaldo de ánimo; tuvieron dos hijos, Marcela y Gabriel. El año 1969 marcó un hito importante, ya que comenzó con su propia fábrica.
«Pichón» Grana no se contentaría nunca con una sola actividad; ávido por integrarse a la comunidad, ingresó a la directiva del Club Boca Juniors y casi de inmediato, a fines de los ’60 y principios de los ’70, fue su presidente; lo curioso es que siempre fue un ardiente hincha de River Plate; poco le importó, ya que le servía para ser útil a su barrio; incluso le resultó increíble al histórico presidente de Boca Juniors, Alberto J. Armando, en una visita al club colega de Rafaela. A principios de los ’70, Grana con sus colaboradores de la comisión, encararon la empresa de los bailes de Carnaval, que tuvieron gran resonancia con la presencia de los artistas del momento: Susana Giménez, Palito Ortega, Donald, Sandro, entre otros. No contento con eso, promovió la construcción de una carroza alegórica que brilló en los corsos rafaelinos y en la cual, en lo más alto, se podía identificar al exultante presidente del Club.
No paraba mucho tiempo en su casa; a su esposa Teresita le parecía que le dedicaba demasiado tiempo a su trabajo específico y al social y a la vez sentía que debía apoyarlo. Esta dicotomía provocaba frecuentes chisporroteos hogareños, producto de dos temperamentos convencidos de que buscaban lo mejor. A pesar de discusiones y portazos, siempre llegaba el momento del acuerdo y afloraba nuevamente el andar hacia un camino en común. Teresita construía desde el refugio anónimo de su casa, para confirmar su rol de gran mujer detrás de un gran hombre.
Participación ciudadana
Impulsivo, obstinado, cuando algo se le metía en la cabeza resultaba muy difícil detenerlo. Así como fue presidente de Boca siendo fanático de River, presidió la cooperadora de la Escuela Estanislao López, a pesar de que ambos hijos iban a la Escuela Colón. No se resistió a integrar la comisión vecinal del barrio Guillermo Lehmann y la presidió en varios periodos. Toda esta presencia en la comunidad, su capacidad de trabajo y de iniciativa, era un atractivo poderoso para cualquier partido político. Aunque no era su objetivo, aceptó una invitación/desafío porque le pareció interesante ser útil a su comunidad desde otro ámbito. Recuperada la democracia en 1983, Rodolfo Muriel decidió ofrecer una alternativa política a partir de personas acreditadas por su desempeño en alguna comisión vecinal; fundó el Movimiento de Afirmación Vecinalista y Grana fue uno de los primeros en ser convocados para integrar la lista de concejales. Muriel se impuso como intendente y, en consecuencia, Juan Carlos Grana se incorporó al Concejo Municipal.
Su escritorio particular empezó a llenarse de papeles, expedientes, códigos, cuerpos legales y todo lo que caía en sus manos que podía servir para «aprender» la nueva función, sus procedimientos, estilos y tiempos. «En casa -cuenta su hijo Gabriel- disfrutamos y padecimos ese tiempo, porque papá no era hombre de medias tintas, así que su jornada empezaba a las 5:00 de la mañana, se iba a la fábrica hasta las 16:00 hs en que volvía, se daba un baño y partía para el Concejo con horario de regreso incierto». Su temperamento frontal le hacía encarar los diálogos con pasión negociadora. Su limitación dialéctica, producto de su sola escolaridad primaria, no fue óbice para que encarara los más diversos temas sin prejuicios. Cuando, finalizado su primer periodo de Gobierno, Rodolfo Muriel fue reelegido, Grana siguió acompañándolo, ahora como presidente del Concejo. En el álbum familiar una fotografía documenta que fue intendente durante 15 días, por licencia del titular. Fue un periodo conflictivo, en que Grana debió enarbolar las banderas de su partido y arengar en las sesiones ante lo que él entendía una situación injusta. Todo finalizó con una intervención provincial a la Municipalidad, por lo que debió retirarse, darle su adiós a la política y dedicarse a la empresa que continuaba en crecimiento.
Legado
Después de su casamiento, había edificado su propio galpón, ladrillo sobre ladrillo, en avenida Ernesto Salva. Allí le puso todo su ardor y «Carteles Grana» siguió adelante. En esos tiempos se incorporó su hijo Gabriel. En el año 2010, «Pichón» comenzó su retirada; consideró que a los 70 años la tecnología obligaba a prácticas nuevas y tiempos distintos. En el 2015, su organismo deteriorado se rindió; pocos meses después, su compañera de toda la vida lo acompañó hasta el final de los dos. Terminaron así los asados multitudinarios en casa y la permanente intención de unidad familiar, que fue uno de sus legados más grandes.
Hoy, Grana S.A. ocupa un llamativo lugar en el PAER, de la mano de Gabriel, su esposa y dos hijos, más 67 empleados; es una empresa líder en el mercado nacional, con clientes corporativos, que se extiende a varios países del mundo. «Pichón» Grana, con sus mejillas siempre enrojecidas y su andar urgente, dejó un lugar mucho más grande que una fábrica imponente, quedó la herencia de aquel chico que, con su origen humilde y su elemental primaria, se elevó por sobre su comunidad, para lección de quienes encuentran obstáculos en el camino.



