La ley de presupuesto también se discute en casa

Septiembre tiene una costumbre particular: mientras las familias empiezan a pensar en el último tramo del año, el Gobierno empieza a hablar del próximo. Y en el centro de la discusión aparece una palabra que suele sonar lejana: presupuesto.

El proyecto de Presupuesto 2027 presentado por el Gobierno plantea una economía creciendo alrededor del 4%, una inflación del 18% interanual hacia diciembre y la continuidad del superávit financiero. Son números que todavía deberán atravesar el Congreso y, sobre todo, la prueba más difícil: la realidad.

Pero detrás de esos números hay una discusión que no debería quedar encerrada en el Congreso ni en los despachos de los economistas. Porque, en definitiva, ¿qué es un presupuesto?


En criollo podemos decir que es saber cuánto dinero entra, cuánto sale y qué se hace con la diferencia. Esto vale tanto para el Estado en todos sus niveles como para una familia.

El Estado puede discutir si recauda más, si gasta menos, si invierte, si se endeuda o si ahorra. Una familia tiene un margen de maniobra mucho más reducido. Pero necesita tomar decisiones parecidas.

¿Cuánto ingresa por mes? ¿Cuánto se va en gastos indispensables? ¿Cuánto cuesta financiar las deudas? ¿Cuánto se destina al consumo? ¿Cuánto queda para enfrentar un imprevisto? ¿Cuánto se puede ahorrar?

Son preguntas elementales. Sin embargo, no siempre tienen una respuesta concreta. Ahí empieza uno de los problemas más frecuentes de las finanzas personales: confundir el dinero disponible con el dinero que podemos gastar.

Que haya plata en la cuenta no significa que esté disponible para consumir. Una parte ya tiene destino: alquiler, impuestos, servicios, colegio, supermercado, seguros, combustible, cuotas.

Y otra parte debería tenerlo aunque todavía no exista una factura que la reclame: el ahorro.
Porque el ahorro no debería ser solamente lo que queda a fin de mes. En la medida de las posibilidades de cada familia, debería formar parte del presupuesto desde el principio.

Usando una lógica sencilla. Primero se determina cuánto entra, después se ordenan los gastos y luego se reserva una parte para el futuro, para hacer frente a imprevistos, roturas, salud, etc. y recién después se decide cuánto queda disponible para aquello que no es imprescindible.

No se trata de convertir la vida familiar en una planilla de Excel. Se trata de saber dónde estamos parados, de no ir por la vida jugando a los dados.

Hay además una cuestión que merece especial atención: la deuda. Durante mucho tiempo, la economía argentina acostumbró a pensar en cuotas antes que en precios. Si la cuota entraba en el bolsillo, la compra parecía posible. Pero una cuota no es el costo de una compra. Es solamente la forma de pagarlo. La pregunta importante no es cuánto se paga por mes, sino cuánto se terminará pagando y qué porcentaje de los ingresos futuros ya está comprometido.

Una familia que destina cada vez más de su ingreso a pagar deudas pierde capacidad de decisión. El problema no aparece necesariamente el día que se toma el crédito. Aparece después, cuando llega el mes siguiente y una parte del sueldo ya está gastada antes de cobrarla. Por eso, tener un presupuesto también significa conocer el nivel de endeudamiento.

Además, la inflación puede bajar, pero eso no significa que los precios vuelvan atrás.
Si la inflación pasa de niveles muy elevados a tasas menores, los precios pueden seguir aumentando, aunque lo hagan más lentamente. La sensación de alivio puede convivir con una realidad concreta: vivir sigue costando más que antes.
Por eso no alcanza con saber cuánto aumentó el sueldo. Hay que saber cuánto aumentaron nuestros gastos. Y, sobre todo, cuánto aumentó nuestro poder de compra. O en el contexto de la argentina de hoy, cuanto bajó ese poder de compra.
En ese sentido, el presupuesto familiar puede convertirse en una pequeña radiografía de la economía real. Los grandes números de la macroeconomía terminan llegando a la mesa de todos los días: al supermercado, al alquiler, al crédito, al combustible, al comercio y al salario.

Cuando miles de familias se endeudan más, consumen menos o ahorran más, eso también forma parte de la economía. Por eso hay una discusión interesante detrás del Presupuesto 2027.

El Gobierno intenta sostener una idea: que el equilibrio fiscal debe dejar de ser una excepción y convertirse en una regla. El tiempo dirá si las proyecciones de crecimiento, inflación, recaudación y gasto se cumplen.

Pero hay una regla que no necesita esperar la aprobación del Congreso. Cada familia puede hacerla hoy. Una hoja de papel alcanza. De un lado, todos los ingresos. Del otro, todos los gastos. Después, separar lo necesario de lo postergable, identificar las deudas y establecer un objetivo de ahorro posible.

Porque un presupuesto no sirve solamente para saber cuánto podemos gastar. Sirve, fundamentalmente, para decidir qué queremos hacer con lo que tenemos. Y quizá esa sea una de las discusiones económicas más importantes que podemos tener, no solamente en el Congreso, sino también en casa.
#BuenaSaludFinanciera @ElcontadorB @GuilleBriggiler

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