Durante décadas, conseguir un empleo formal significó mucho más que asegurarse un ingreso mensual. Implicaba ingresar a un sistema de derechos, construir antigüedad, contar con una obra social y comenzar a proyectar una jubilación. En una ciudad atravesada históricamente por la industria como Rafaela, ese recorrido adquirió además un peso cultural particular. Sin embargo, las transformaciones del mercado laboral empiezan a erosionar algunas de esas certezas.
A pocas semanas de conocerse los resultados del nuevo relevamiento socioeconómico del ICEDEL, que durante 2026 volvió a medir la informalidad entre trabajadores asalariados y no asalariados de Rafaela, los datos preliminares anticipan un registro cercano al 40%. El escenario encuentra similitudes con una problemática que atraviesa al mercado laboral argentino y que, desde la mirada sindical, tiene una explicación estrechamente vinculada con la pérdida de ingresos.
Roberto Oesquer, recientemente reelecto como secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) Rafaela para el período 2026-2030, sostuvo que detrás de una parte de esa informalidad aparece una realidad cada vez más habitual: trabajadores que, aun teniendo una ocupación, necesitan generar otros ingresos.
«Está relacionado con los que tienen que tener dos o tres trabajos más aparte del que tienen y pasan a ser todos informales», explicó en diálogo con CASTELLANOS. Allí ubicó desde trabajadores de plataformas hasta personas que realizan changas de pintura, electricidad, jardinería y otros servicios.
Para Oesquer, esa multiplicación de actividades no responde solamente a una transformación cultural del empleo. Detrás aparece una necesidad económica concreta. «La gente viabiliza alternativas laborales por todos lados por el endeudamiento que tiene y porque los salarios cayeron a un nivel mínimo. A la gente no le alcanza para poder vivir», señaló.
La informalidad también llega a la metalurgia
La preocupación adquiere otra dimensión cuando el fenómeno ingresa en una actividad estrechamente relacionada con la identidad productiva de Rafaela. Según Oesquer, la metalurgia tampoco permanece ajena al crecimiento de formas laborales por fuera de los registros tradicionales.
El dirigente describió dos situaciones que comenzaron a hacerse más frecuentes. Por un lado, trabajadores que pierden su empleo y utilizan los conocimientos adquiridos durante años para iniciar pequeños emprendimientos. Por otro, personas que mantienen su ocupación pero recurren a esos mismos saberes para generar una fuente complementaria de ingresos. «Vemos que eso ha crecido muchísimo», aseguró.
En algunos casos, la UOM detectó incluso la aparición de talleres que desarrollan actividad sin encontrarse correctamente registrados y que tampoco formalizan la relación laboral de sus empleados. Muchas veces, explicó Oesquer, el sindicato toma conocimiento a partir de consultas o denuncias de los propios trabajadores.
La situación expone una paradoja: los conocimientos construidos dentro del entramado industrial continúan generando trabajo, pero una parte de esas nuevas actividades comienza a desarrollarse por fuera de las estructuras de protección asociadas históricamente al empleo formal.
«Pan para hoy, hambre para mañana»
Es allí donde Oesquer coloca la principal preocupación. La informalidad puede representar una salida inmediata frente a la necesidad de conseguir ingresos, pero deja al trabajador expuesto cuando aparece cualquier contingencia. «Te lo podría resumir con una frase: pan para hoy, hambre para mañana», afirmó.
La definición apunta directamente a aquello que desaparece cuando el trabajo queda fuera del sistema registrado. A partir de allí, enumeró algunas de las consecuencias: ausencia de aportes jubilatorios, dificultades frente a un problema de salud y falta de cobertura ante un accidente laboral.
Para el titular de la UOM Rafaela, detrás del crecimiento de estas formas de trabajo existe entonces una tensión cada vez más evidente. La urgencia obliga a encontrar ingresos en el presente, mientras las protecciones construidas alrededor del empleo formal quedan relegadas. «Son cuestiones propias del momento y de tratar de sobrevivir», sintetizó.
Frente a ese escenario, Oesquer considera que uno de los principales desafíos para los próximos años será recuperar una política que vincule la defensa del empleo con el sostenimiento de la actividad productiva. «Tiene que haber una política de Estado que defienda la industria nacional, que proteja a las industrias y, paralelamente, proteja a los trabajadores», planteó.
El dirigente también ubicó la cuestión salarial en el centro de esa discusión. Desde su perspectiva, mientras los ingresos permanezcan rezagados frente al costo de vida, continuará existiendo una presión para que trabajadores formalmente ocupados busquen otras alternativas por fuera del mercado registrado. Por eso reclamó salarios que permitan sostener «una vida medianamente normal» y cuestionó las políticas laborales impulsadas a nivel nacional, al considerar que profundizan la precarización.
La preocupación de Oesquer, en definitiva, no pasa solamente por cuántos trabajadores se encuentran hoy en la informalidad. Su planteo apunta también a las condiciones económicas que empujan hacia ella. En una ciudad donde el empleo industrial forma parte de la identidad productiva, la expansión de changas, emprendimientos y talleres por fuera de los registros aparece así como una señal de una transformación más profunda: para una parte de los trabajadores, el empleo dejó de alcanzar y la búsqueda de ingresos adicionales comenzó a convertirse en una estrategia cotidiana de supervivencia.



