Cuando la economía deja de esconder la cuenta

Durante mucho tiempo, en la Argentina, buena parte de la economía funcionó con precios artificialmente bajos. El problema es que la cuenta no desaparecía. Ahora la cuenta aparece. Y cuando aparecen de golpe los costos que durante años estuvieron escondidos, el presupuesto familiar cambia. Pero hay una diferencia enorme entre que la plata no alcance porque los precios aumentan permanentemente y que no alcance porque estamos atravesando un cambio de precios relativos.

“¡La plata no alcanza!”. Es probablemente una de las frases más repetidas cuando se habla de la economía argentina. Y sería absurdo negarlo. Hay familias que hacen cuentas todos los meses, comercios que sienten la caída del consumo y trabajadores que descubrieron que llegar a fin de mes también es una disciplina olímpica.

Pero en economía hay que tener cuidado con las fotografías. A veces una foto muestra un problema real, pero no explica la película completa.

Durante mucho tiempo, en la Argentina, buena parte de la economía funcionó con precios artificialmente bajos. Tarifas subsidiadas, combustibles contenidos, dólar administrado, crédito barato por momentos y un Estado que intervenía para evitar que determinados costos llegaran al bolsillo.


El problema es que la cuenta no desaparecía. Simplemente alguien la pagaba.

Ahora la cuenta aparece. Y cuando aparecen de golpe los costos que durante años estuvieron escondidos, el presupuesto familiar cambia. Si antes una familia destinaba una determinada proporción de sus ingresos a luz, gas, transporte, combustible, internet o salud, y esos servicios pasan a representar una porción mayor, naturalmente queda menos dinero para consumir otras cosas. De ahí nace buena parte de la sensación de que “la plata no alcanza”.

Pero hay una diferencia enorme entre que la plata no alcance porque los precios aumentan permanentemente y que no alcance porque estamos atravesando un cambio de precios relativos. La primera situación es inflación descontrolada. La segunda es una economía intentando encontrar nuevos precios.

Porque si la inflación deja de comerse el salario todos los meses, aparece algo que los argentinos habíamos perdido: la posibilidad de planificar.

Planificar significa poder pensar en comprar una casa, cambiar el auto, invertir en un negocio, sacar un crédito o simplemente saber cuánto vamos a gastar el mes que viene sin sentir que estamos jugando a la lotería.

La transformación tampoco es solamente de precios. Está cambiando la manera de trabajar, de comprar, de vender y de invertir.

El consumidor compara. Busca promociones. Cambia de marca. Compra por internet. Usa billeteras digitales. El comerciante tiene que ser más eficiente. Las empresas tienen que competir. Y el trabajador necesita cada vez más capacitación.

En otras palabras: la economía está dejando de premiar tanto la supervivencia y empieza a exigir productividad. Y eso duele. Pero también es una oportunidad.

Porque una economía que se ordena fiscal y monetariamente puede empezar a discutir algo mucho más interesante que la inflación: cómo crecer. Argentina tiene energía, alimentos, minería, conocimiento, turismo, industria, agro y una enorme capacidad emprendedora.

Porque el éxito de cualquier programa económico no debería medirse solamente por cuánto bajó la inflación o por cuánto mejoraron las cuentas públicas. Esos son medios. El objetivo final es bastante más sencillo: que una persona pueda conseguir trabajo, que un empresario pueda invertir, que un comerciante pueda vender, que un joven pueda independizarse y que una familia pueda proyectar.

Y en ese punto aparece una palabra que durante años quedó bastante olvidada: productividad. No podemos pretender que los ingresos argentinos crezcan indefinidamente si no crece lo que producimos. No hay magia monetaria que pueda resolver esa ecuación. Podemos imprimir billetes, controlar precios, congelar tarifas o cerrar la economía. Todo eso puede modificar temporalmente la fotografía. Pero tarde o temprano llega la película.

Y la película siempre pregunta lo mismo: ¿cuánto producimos?

Por eso, quizás el desafío de esta nueva etapa sea pasar de una Argentina preocupada exclusivamente por repartir una torta demasiado chica a una Argentina que vuelva a discutir cómo hacerla crecer. Eso requiere inversión. Crédito. Competencia. Exportaciones. Infraestructura. Educación. Tecnología. Seguridad jurídica. Y, sobre todo, confianza.

Pero hay una buena noticia: Argentina tiene con qué hacerlo. Y Rafaela lo sabe mejor que nadie. Nuestra ciudad no se construyó esperando que alguien viniera a resolverle los problemas. Se construyó con empresas, cooperativas, comercios, productores, profesionales, trabajadores y familias que decidieron invertir tiempo, esfuerzo y dinero pensando en el día siguiente.

Si consumimos, la plata no alcanza y si producimos, tampoco, porque siempre reinvertiremos para producir más y ser más competitivos.

#BuenaSaludFinanciera  @ElcontadorB   @GuilleBriggiler

 

 

 

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