Vivimos en un país donde los planes económicos suelen medirse con la ansiedad de un partido de fútbol. Si el primer tiempo termina bien, parece que todo está resuelto; si termina mal, ya se pide cambiar al técnico. Pero la economía no funciona con los tiempos del deporte. Se parece mucho más a los ciclos biológicos con los que estamos habituados en esta región donde el campo rige las conversaciones, durante meses parece que pasa poco, y recién después empieza a verse si las raíces eran fuertes, si los brotes son parejos, si las espigas están llenas…
El programa económico de Luis Caputo transita justamente ese momento. Ya pasó la etapa más dura del ajuste inicial, pero todavía no llegó la prueba definitiva: demostrar que el orden macroeconómico puede transformarse en bienestar para la mayoría de los argentinos.
Hay un dato que difícilmente pueda discutirse. Durante décadas Argentina convivió con un problema recurrente: gastar más de lo que ingresaba. Cuando faltaba dinero, aparecía la emisión, y detrás de ella, la inflación. Era una rueda conocida, pero que giró por décadas con la complicidad de muchos que se sentían cómodos en esa dinámica. Cada gobierno intentaba administrarla a su manera, pero el resultado casi siempre era el mismo.
La apuesta actual fue cortar ese circuito de raíz. El superávit fiscal dejó de ser una palabra reservada para economistas y pasó a convertirse en el eje del programa. La emisión se redujo, la inflación comenzó a descender y la incertidumbre dejó de crecer al ritmo que lo hacía hasta hace poco. Son fortalezas importantes. Porque ningún país puede construir estabilidad si permanentemente vive financiando sus gastos con dinero que no tiene.
Pero la otra cara también existe.
El orden macroeconómico no siempre se siente en el bolsillo con la misma velocidad con la que aparece en las estadísticas. Muchos comerciantes todavía esperan que vuelva el movimiento. Muchas familias siguen administrando cada compra con calculadora en mano. Y numerosas empresas observan con cautela antes de invertir.
Es como cuando una familia decide salir de las deudas. Lo primero que hace es dejar de gastar. Suspende vacaciones, posterga compras, vende algún bien y ordena las cuentas. Desde afuera la situación parece más prolija. Pero quienes viven dentro de esa casa saben que el esfuerzo recién empieza. Nadie celebra simplemente porque dejó de endeudarse; la verdadera satisfacción llega cuando puede volver a proyectar, ahorrar y crecer.
Algo parecido ocurre con la economía argentina.
También hay interrogantes que todavía esperan respuesta. ¿Podrá mantenerse el equilibrio fiscal cuando aparezcan nuevas demandas políticas? ¿Será suficiente la llegada de inversiones para sostener el crecimiento? ¿Cómo convivirá una economía más abierta con industrias acostumbradas durante años a la protección? ¿El tipo de cambio conservará un equilibrio que favorezca tanto la estabilidad como la competitividad?
No son preguntas menores. Son, probablemente, las que definirán cómo será recordado este programa. Los defensores del plan sostienen que el sacrificio era inevitable. Que no existía un camino menos doloroso para corregir décadas de desorden. Sus críticos responden que el costo social fue demasiado alto y que una economía no puede medirse únicamente por el equilibrio de sus cuentas.
Quizás ambos tengan parte de razón. Porque ordenar la macroeconomía es una condición necesaria, pero no suficiente. Una economía sana no se mide solamente por la inflación, el déficit o las reservas del Banco Central. También se mide cuando un joven consigue trabajo, cuando una pyme vuelve a contratar personal, cuando un comerciante recupera clientes o cuando una familia vuelve a pensar en comprar una vivienda sin sentir que apuesta a una lotería.
Las próximas páginas de esta historia todavía están por escribirse. El Gobierno ya demostró que podía frenar una dinámica que parecía descontrolada. Ahora le queda el desafío más difícil: convencer a los argentinos de que el esfuerzo realizado no fue simplemente para evitar una crisis mayor, sino para construir un futuro mejor.
Porque los programas económicos pueden estabilizar las variables. Lo que finalmente les da legitimidad es otra cosa: mejorar la vida de las personas. Por suerte este partido tiene tiempo extra.
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