El fantasma de la competitividad: ¿Está el tipo de cambio «atrasado»?

El corazón del debate reside en el Tipo de Cambio Real Multilateral (TCRM). Este indicador mide el poder de compra de nuestra moneda frente a las monedas de nuestros socios comerciales, ajustado por la inflación. 

El término «atraso cambiario» ha regresado al léxico económico de manera insistente. A pesar de la euforia generada por el superávit fiscal y el descenso de la inflación, un sector significativo de analistas advierte que el valor del dólar oficial se encuentra peligrosamente subvaluado en términos reales. Este desequilibrio, afirman algunos analistas entre ellos Domingo Cavallo, amenaza la competitividad de la producción nacional y pone una presión silenciosa sobre las reservas del Banco Central (BCRA). 

El corazón del debate reside en el Tipo de Cambio Real Multilateral (TCRM). Este indicador mide el poder de compra de nuestra moneda frente a las monedas de nuestros socios comerciales, ajustado por la inflación. 

Desde la devaluación de diciembre de 2023, la inflación interna ha corrido a un ritmo que superó ampliamente la velocidad de ajuste del dólar oficial (el crawling peg). En criollo: Los costos de producir en Argentina —salarios, servicios, insumos locales— se han encarecido muy rápido en términos de dólares. Esto significa que si hace unos meses un exportador ganaba $100 vendiendo un producto al exterior, hoy esa misma venta en dólares se traduce en muchos menos pesos con poder de compra. 


Este fenómeno no es meramente teórico; tiene implicaciones directas sobre el flujo de divisas y la actividad económica. La principal víctima del atraso es el sector exportador (agro, industria). Al ser los productos argentinos más caros en el mercado global, se reduce el incentivo a vender al exterior, lo que frena el ingreso de dólares genuinos. Además, hay incentivo a importar. Por otro lado, un dólar «barato» favorece las importaciones. Los bienes de consumo e intermedios provenientes del exterior se vuelven relativamente más baratos que los producidos localmente, perjudicando a la industria nacional y el empleo.  

También genera presión sobre las reservas del BCRA.  Al desalentar las exportaciones y fomentar las importaciones, se genera un desequilibrio comercial que requiere ser cubierto. Si el Gobierno no logra atraer suficientes dólares frescos (vía inversión o deuda), el BCRA debe intervenir vendiendo sus reservas para mantener el precio del dólar fijo, agotando su stock. 

Pero, por otro lado, desde el oficialismo, la postura es firme y manifiestan que no hay atraso cambiario, argumentando que la apreciación del peso es una consecuencia deseada y natural del éxito de la política económica. Que mantener el dólar pisado es una herramienta clave para moderar las expectativas de precios y desinflar la economía. Además, que crece la demanda de pesos, el superávit fiscal y la reducción de la emisión monetaria han devuelto la confianza y la demanda por la moneda local, fortaleciendo el peso frente al dólar. Y sobre todo que los precios estaban adelantados, es decir que se había “subido por las dudas”. Sosteniendo que el dólar no está bajo, sino que los precios internos estaban «sobreajustados» y es el mercado el que está volviendo a un equilibrio real. 

Para una ciudad con el ADN industrial y exportador como Rafaela, este escenario de «dólar quieto» y costos en alza enciende luces amarillas en el Parque Industrial. El sector metalmecánico y la agroindustria —motores de la economía local— sufren el impacto directo: al encarecerse sus costos de producción en dólares (salarios, logística y tarifas), pierden terreno frente a competidores externos, dificultando la colocación de válvulas, autopartes o maquinaria en mercados clave como Brasil. 

Esta pérdida de rentabilidad industrial amenaza con frenar el «efecto derrame» hacia el comercio y los servicios de la ciudad. Si las Pymes locales reducen horas extra o turnos por la baja competitividad, el consumo en los locales céntricos y barriales se resiente inmediatamente. A su vez, los comerciantes miran con recelo la competencia de productos importados terminados, que con un tipo de cambio apreciado podrían llegar a las góndolas a precios inferiores a los fabricados en la región, poniendo en jaque a la producción local. 

La disyuntiva es clara: ¿Mantener el dólar como ancla inflacionaria, a riesgo de perder competitividad y reservas, o impulsar una corrección cambiaria para asegurar la estabilidad de largo plazo, a riesgo de reavivar la inflación empobreciendo a la población? 

El fantasma de las correcciones bruscas planea sobre el mercado. Los analistas coinciden en que, sin un crecimiento sostenido de la producción, el actual nivel de tipo de cambio real exigirá un flujo constante de capitales que, de no materializarse, podría forzar al Gobierno a una dolorosa devaluación correctiva en el futuro. 

La mesa de debate sobre el futuro del dólar está abierta, y de su resolución dependerá el horizonte de la economía argentina. 

#BuenaSaludFinanciera   @ElcontadorB  @GuilleBriggiler 

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