La imagen, tomada recientemente en el corazón de Rafaela, resume en un solo cuadro la doble cara de la exclusión urbana. En la escena se observan unos pinches metálicos colocados en un espacio público para evitar que alguien pueda acostarse allí. Sin embargo, a escasos centímetros, una persona improvisó una cama con cartones y frazadas.
El contraste es brutal. De un lado, el intento deliberado de «limpiar» la ciudad de la pobreza visible; del otro, la persistencia silenciosa de quien no tiene más opción que resistir a la intemperie.
Estos dispositivos, similares a los utilizados para ahuyentar aves, fueron instalados hace meses, y constituyen una expresión tangible de la frialdad moral de una política que prefiere expulsar antes que contener. Equiparar a las personas con animales indeseables revela un profundo deterioro ético del Estado local.A pocos metros de allí se encuentra el ingreso a la Secretaría de Educación y Cultura del Municipio. La paradoja es elocuente: la ciudad que promueve el acceso al conocimiento y la inclusión cultural convive con mecanismos de exclusión física para quienes ya han sido expulsados del sistema.
En un contexto donde la pobreza y la desigualdad se profundizan, la prioridad no puede ser «ordenar» los espacios a costa de invisibilizar a los más vulnerables. La verdadera tarea de una «Política Social Moderna», es garantizar que nadie tenga que dormir en la calle, no diseñar estrategias urbanas para que no se los vea.
La fotografía -ya viral en redes- se ha convertido en un símbolo de la indiferencia institucional frente al sufrimiento humano. Una imagen que no sólo incomoda, sino que interpela: ¿qué ciudad estamos construyendo cuando expulsamos a los que no tienen dónde ir?



