El mundo no espera

Por Enrique Guillermo Avogadro. El mundo continúa girando, pero cada vez se parece menos al que conocimos. Las reglas que ordenaron las relaciones internacionales desde la II Guerra Mundial están siendo reemplazadas por la voluntad de los más poderosos, mientras las instituciones multilaterales contemplan cómo se desmorona su autoridad. Donald Trump ha convertido la diplomacia en una mezcla de amenazas, aranceles, negocios y demostraciones de fuerza, sin advertir – o sin importarle – que sus decisiones pueden escapar a su control.

La guerra con Irán y sus consecuencias sobre el petróleo y el comercio mundial exhiben la fragilidad de los equilibrios internacionales. Vladimir Putin continúa apostando al desgaste de Ucrania, mientras Xi Jinping observa cómo los errores de sus adversarios amplían el margen de maniobra de China. Europa, atrapada entre la amenaza rusa y las incertidumbres de su alianza con Washington, debe decidir si seguirá dependiendo de una protección que Estados Unidos utiliza cada vez más como instrumento de presión.

Pero el Viejo Continente enfrenta, además, otra amenaza: el creciente malestar de sus propias sociedades. En Francia, las protestas estudiantiles contra los recortes y el deterioro de la educación han derivado en enfrentamientos con la Policía; en Bélgica e Italia también se multiplican las movilizaciones. En España, la crisis habitacional y los alquileres prohibitivos han llevado a miles de personas a las calles. A ello se suman el encarecimiento de los combustibles y las huelgas contra los ajustes presupuestarios. No estamos ante una única rebelión coordinada, sino frente a distintas expresiones de una misma insatisfacción: ciudadanos que sienten que sus gobiernos les exigen sacrificios mientras no consiguen resolver problemas elementales. La paradoja es evidente: las democracias europeas, que durante décadas fueron presentadas como modelos de prosperidad y protección social, enfrentan dificultades crecientes para conciliar sus compromisos fiscales con las demandas de sus habitantes. Cuando la política no ofrece respuestas, los extremos suelen encontrar terreno fértil.


Las próximas elecciones agregan incertidumbre. En Brasil, Lula y Flávio Bolsonaro disputarán el balotaje del 25 de octubre, y su resultado influirá sobre el equilibrio regional. Para Javier Milei, la victoria de su aliado ideológico podría encerrar una paradoja: Brasil tiene un peso económico y diplomático muy superior al argentino y podría desplazar a nuestro Presidente del protagonismo latinoamericano que procura ejercer. El 3 de noviembre, las elecciones legislativas pondrán a prueba, a su vez, la autoridad de Trump.

Argentina no puede permanecer ajena. La energía, los alimentos y los minerales críticos nos ofrecen oportunidades extraordinarias, pero también estamos expuestos a las turbulencias de los mercados globales. Vaca Muerta constituye una ventaja estratégica; aprovecharla requiere infraestructura, inversiones y reglas previsibles, no solamente anuncios grandilocuentes. Milei insiste en presentar el equilibrio fiscal y la reducción de la inflación como los pilares de su gestión. Nadie sensato puede desconocer la importancia de esos objetivos después de décadas de emisión descontrolada, despilfarro y endeudamiento. Pero tampoco podemos confundirlos con la solución definitiva de nuestros problemas. La debilidad del consumo, las dificultades de la industria y la incertidumbre sobre la recuperación económica obligan a preguntarse cuánto tiempo puede sostenerse un programa si sus beneficios no llegan a amplios sectores de la sociedad.

No se trata de reivindicar el regreso al proteccionismo indiscriminado ni a los privilegios corporativos, sino de comprender que la competitividad no se decreta: se construye mediante crédito, infraestructura, impuestos razonables y seguridad jurídica. Tenemos recursos para convertirnos en un proveedor confiable de un mundo necesitado de energía y alimentos. Sin embargo, seguimos atrapados entre las urgencias fiscales, las disputas políticas y la incapacidad de acordar políticas de Estado que sobrevivan a los cambios de gobierno. Tampoco podemos desatender nuestras instituciones. La legitimidad electoral no equivale a una autorización ilimitada para gobernar. La independencia judicial, las atribuciones del Congreso y el respeto por la Constitución no son obstáculos que deba remover el Poder Ejecutivo: son garantías que protegen a los ciudadanos frente a los errores y abusos de quienes ejercen el poder.

El panorama internacional no invita al optimismo fácil. Sobran conflictos, escasean los liderazgos capaces de construir acuerdos y crece la desconfianza hacia los dirigentes. Las protestas europeas recuerdan que ni siquiera las sociedades más desarrolladas están inmunizadas contra el descontento cuando la política pierde contacto con las necesidades cotidianas. La Argentina tiene una oportunidad que sería imperdonable desperdiciar. Pero necesita algo más que afinidades ideológicas con quienes ocupan circunstancialmente las principales capitales: una política exterior que defienda sus intereses, una economía que estimule la producción y una República que inspire confianza.

El mundo no esperará a que resolvamos nuestras eternas disputas. Las potencias seguirán moviendo sus piezas, las guerras modificarán los mercados y las sociedades reclamarán respuestas. La pregunta es si tendremos la inteligencia necesaria para anticiparnos o si, una vez más, nos limitaremos a contemplar cómo otros deciden nuestro destino. Porque no basta con estar del lado correcto de la historia. También hay que saber qué hacer cuando la historia llama a nuestra puerta.

Lo más leído de la semana

El sábado 17 se anuncia una nueva edición de la Fiesta de la Mamona al Horno

La Comuna de Bella Italia se encuentra promocionando una...

SADAIC reafirma que los salones comerciales deben pagar por el uso de música

Durante los últimos dos años se extendió entre propietarios...

Sancor Seguros celebró sus 80 años desde al lugar donde comenzó todo

Hay aniversarios que se celebran mirando hacia atrás y...

Juan Ignacio Urquia

q.e.p.d. Falleció el 01/10 a los 31 años. Sepelio: 02/10...

Más de esta sección