Con los menores de la familia, herederos impunes de la curiosidad, formábamos ronda para dar respuestas a preguntas tales como ¿Adónde van las estrellas? ¿Qué hay un metro más allá del infinito? ¿Para qué se crearon cosas que nunca podrán alcanzarse?; y así una cosmogonía de entrecasa que no me dejaba dormir después, recordando mis respuestas sobre un universo que se desplaza.
Algunos artistas siguieron produciendo maravillas hasta su final; la gran mayoría disfruta en su ancianidad de los hallazgos de la madurez. No son tantos. No hay tantos empresarios que continúan liderando el crecimiento de su empresa hasta el final; la mayoría confía en otros su continuidad, cuando reconocen la disminución de su capacidad de movimiento ante los cambios. No hay tantos políticos que surgen desde lo poco hasta llegar a lo máximo; hay quiénes lo logran y tienen vigencia durante un tiempo. Lo admitan o no, en un período más o menos breve, desaparecerán de la escena pública. Tal vez sea esa la razón por la que, durante su apogeo, acumulan el dinero necesario para pasarla bien en su perigeo. Otros, los que tienen que elaborar su propia estabilidad, deberán remar contra la corriente para llegar a un puerto seguro. El orden natural de los ciclos gobierna sobre todo el universo y -claro- sobre sus instituciones, que son el resultado de la unión de personas con el mismo objetivo.
Estado seductor
Hay casos que parecen desmentir este axioma de los ciclos. Por ejemplo, Luis XIV, ungido rey a los 4 años, ejerció hasta los 76, fecha de su muerte y fin del perigeo real. Él acuñó la frase «El Estado soy yo». No era para menos: ejerció la autocracia absoluta durante 72 años, se hizo llamar «El Rey Sol» y acaso esta denominación lo signó para que cada día caiga, pero vuelva a surgir por la mañana, hasta su eclipse final. Eran otros tiempos, resultado de métodos non sanctos propios de aquella época; no sé si los de hoy son menos sanctos, pero seguramente distintos.
Muchos en la historia, de hecho o de derecho, buscaron y buscan la perpetuidad en el poder, ese estado tan seductor; no parecieran darse cuenta de que todo obedece a un proceso que va más allá de los deseos del hombre y de su porción de poder temporal. El peronismo, por ejemplo, nació como necesidad social, creció como fenómeno de masas, se mantuvo vigente a pesar de persecuciones, pero el pecado de obstinación, que es el virus de la perpetuidad, ha contaminado sus cuadros, llenándolo de divisiones, mientras intentan descubrir aciertos entre los errores. Otra tendencia, inversamente, es decidir sin discusiones.
Hoy, como en cada ciclo de la humanidad, el poder sigue subyugando. El largo camino hacia el bronce despierta y potencia el empecinamiento, con el uso y abuso de herramientas electorales y re-electorales.
Las ideologías en el mundo han tenido y tienen su apogeo, perigeo y caída. El siglo XX ha sido testigo de diversas revoluciones que parecían determinantes de un mundo nuevo. El XXI nos está mostrando una óptica que parece nueva, aunque el capital sigue al tope del podio, marcando el camino de la obediencia para los más débiles. Los «ismos» internos y externos se han diluido, en una caída sin estruendo, pero aislando sistemáticamente a los que pretenden extender su ascenso solitario. Los fundamentos filosóficos que dieron nacimiento a las ideologías de masa han ido desapareciendo, fracturándose, contaminándose.
Demociclo
Esta palabra no está en ningún diccionario, es un invento propio. «Demociclo: período de la democracia que produce el descubrimiento de un líder o un sistema, lo enaltece, lo sostiene, cae y se olvida inexorablemente». Parece imposible que no adviertan este proceso los que están en uso del poder. Peor aún, es evidente que lo advierten, pero aspiran a vencer la verdad histórica. Para lograrlo, si la Constitución lo prohíbe, reforman la Constitución; si una ley lo proscribe, crean otra ley que anula a la anterior. Si la justicia los amenaza, se rodean de jurisconsultos a sueldo, que deberán encontrar los senderos para llegar a la impunidad, apartando piedras del camino, atropellando a los tres poderes -más el periodismo- como un nuevo Luis XIV de cien cabezas.
¿Nada está bien? En este momento argentino, algo está bien: el tomar conciencia de que el camino nos llevaba al abismo. Hemos optado por otro sendero, más escarpado, pero con mejor final anunciado. Mientras tanto, la oposición se desplaza por una avenida de errores propios, en busca de una justificación que transfiera la culpa a otros. Esos senderos producen dolor, es una cirugía mayor de la que no todos son dados de alta.
Sumidos en un perigeo de dirigentes, sectores prebendarios buscan revolver el río para que ganen los pescadores. No ven bajo la superficie, no saben lo que hay después del recodo, pero se niegan a navegar, prefieren pescar en aguas turbias.



