Cuando nuestra llanura interminable comenzó a encerrarse entre montañas, supimos que Tucumán iba quedando atrás y Salta lucía su herencia elegante y múltiple. Nuestra meta era Jujuy, su carnaval, sus montañas, abras y quebradas, pero especialmente -muy especialmente- el color propio del carnaval. Sólo habíamos cantado y bailado en la escuela los sones pintorescos, ilustrados con una vestimenta que mamá y la maestra concebían caprichosamente. Ahora estábamos ahí, libres para detenernos y compartir un desayuno al paso, con gente de baja estatura, silenciosos, morenos.
No paramos en San Salvador, nos esperaba Humahuaca, mítico nombre con folclore propio. El caserío inicial, de paredes grises con techo amarronado, calles angostas empedradas con guijarros, nos sumergió de lleno en la escenografía justa para esperar el día siguiente, en una pensión donde pudimos conocer de cerca la simple cordialidad anfitriona de la familia humahuaqueña.
Humahuaca
Al caminar hacia la plaza central, nos cruzamos con jóvenes vestidos de carnaval, muchachas con polleras de carnaval, hombres y mujeres de a uno o de a dos, con rostros de carnaval, todos hacia el modesto campanario, del cual saldría la figura del santo, de brazos abiertos, que le ponía hora y momento al comienzo de la fiesta popular. Ante su aparición, gritos, cantos, una nube de harina envolviendo a todos, sin quejas ni huidas y el ramito de albahaca que alguna mano desconocida coloca sobre la oreja, se transforman en una credencial, que habilita para saludar, cantar, hacer rondas, formar parte de la fiesta. El martes anterior había comenzado con el topamiento de la juventud, caravana que partía hacia cualquier lugar, con total libertad, sin preguntas ni promesas. No faltan muchachas que dejan su casa con algún aviso, a las que simplemente se las lleva el carnaval, seguramente con el joven que le propuso «sirviñaco», palabra que designa a un periodo de prueba de convivencia de la pareja, como antesala de un posible matrimonio.
Apenas inaugurado, el carnaval ve avanzar por una de las calles el topamiento de las comadres, una columna de mujeres, casi oculta por la harina. Esta columna se balanceaba, hasta hace poco, al son de la caja de las hermanas Cari, tradicionales copleras que mantuvieron su liderazgo desde 1980. Ellas, con sus seguidoras, ocupaban un pequeño anfiteatro destinado al festival de la copla, que hoy continúa sin ellas; para darle color -y sabor- al lado se realiza el concurso de chicha, con jurado especializado y entusiastas degustadores. Al mismo tiempo, a la entrada de la plazoleta que preside el colosal monumento a los Héroes de la Independencia, la Municipalidad obsequia con un vaso de aperitivo con limón y hielo, a modo de introducción a las libaciones posteriores. Más tarde, la misa de las comparsas evoca a la inculturización que el tiempo se encargó de hermanar las tradiciones incaicas con el catolicismo. El curita, de evidente ascendencia coya, bendice los estandartes y se esfuerza por aclarar que el diablito que preside el carnaval es la personificación de la alegría, no del mal.
La Bajada de Uquía
Un lugareño bien intencionado nos sugirió llegarnos hasta Uquía, para participar del acto imponente de la bajada y desentierro del diablito, que, en forma de muñeco, había sigo enterrado al finalizar el carnaval del año anterior. Al pie de la pronunciada pendiente por donde bajará la diablada, se levanta la «apacheta», una especie de monumento hecho de hierbas, bebidas, frutos y cuantas ofrendas depositan los lugareños para el pícaro «Pujllay», que en quechua significa baile, alegría, diversión.
La bomba de estruendo despierta alaridos de atención. Todos miramos hacia arriba, donde al contraluz del atardecer asoman poco a poco algunas siluetas. De pronto, respondiendo al llamado, entre gritos y gestos, se lanza la diablada hacia abajo, salta de piedra en piedra, toma senderos apenas visibles; son decenas de figuras con penachos, colores, lentejuelas, la total desarmonía expresiva. Muchos ojos se dirigen a esa mujer que baja entre saltos y voces, esquiva obstáculos y llega al final de la cuesta a plena risa entre brillos y canas; tiene 82 años, nos dicen, y siempre ha estado. La ronda del carnavalito en torno de la apacheta se hace abigarrada, hasta que alguien extrae el muñeco simbólico; llevado en alto, presidirá la comparsa que ya se encamina en forma de procesión pagana. Es la maravilla de la alegría que une, de la cultura que se transmite y multiplica a través de los siglos. La noche espera en las carpas, que hoy se han convertido en galpones de bailes interminables.
Cumbres y colores
Al día siguiente, arriba, en Iruya, ese pueblo que cuelga de las nubes, nos encontramos con la bajada de los jinetes: decenas de hombres y mujeres, montados en caballos y mulas, tanto o más ataviados que los propios jinetes, descienden al encuentro de su propio Pujllay. Desde el mirador podemos escuchar los cascos que el abra transmite y amplifica.
Mientras se nos llenaban los ojos con los colores de Purmamarca y su feria de montañas, ponchos y atavíos, un señor nos habla con entusiasmo de Uquía y sus ángeles arcabuceros. Hacia allá partimos. La iglesia de San Francisco de Paula, en Uquía, fue construida en 1691; en sus paredes interiores aparecen los cuadros con pinturas de los Ángeles Arcabuceros, representaciones nunca vistas de ángeles espléndidamente ataviados, que empuñan arcabuces en vez de la tradicional espada. Nos dicen que pertenecen a la cultura del Cuzco, del periodo colonial, desde donde se distribuyeron por Perú, Bolivia, Chile y el norte argentino, específicamente Uquía. No podíamos dejar de verlos; oír su significado, origen y simbología nos tuvo ligados a un arte desconocido.
Por las calles de Tilcara seguían pasando las comparsas con sus trompetas, redoblantes, la nube de harina y el perfume de cerveza acumulado. Nos vamos alejando de chayas y carnavalitos, de coyas chumaditos hasta la mañana. El hombre sentado nos mira pasar: «el Juan y la María se jueron juntos y no han vuelto… se los llevó el carnaval».



