La escena económica argentina de esta semana se pareció más a una obra de teatro que a un mercado financiero ordenado. Por un lado, el oficialismo bonaerense celebró con entusiasmo el avance de “Fuerza Patria”, la construcción política liderada por Axel Kicillof.
Por el otro, los inversores huyeron en estampida: cayeron las acciones, subió el dólar, se disparó el riesgo país y volvieron a subir las tasas.
El contraste fue evidente. Mientras en la arena política se festejaba un triunfo, en la arena económica se encendían todas las alarmas. Las acciones locales tocaron mínimos del año, los bonos volvieron a desplomarse y el riesgo país trepó por encima de los 900 puntos, reflejando la desconfianza del mercado sobre el futuro inmediato.
La cotización del dólar, que el Gobierno busca mantener dentro de una franja de bandas, volvió a tensarse y obligó al Tesoro a vender reservas para evitar que perforara el techo. Ese movimiento dejó en claro que la pax cambiaria es cada vez más frágil.
En paralelo, el Banco Central reforzó la absorción de pesos: los encajes bancarios subieron hasta el 53,5 %, medida que busca quitar liquidez del sistema para frenar la demanda de divisas. Esa decisión, sumada a la volatilidad financiera, empujó aún más hacia arriba las tasas de interés: los plazos fijos ya rinden más de 65 % anual y las cauciones llegaron a superar el 100%.
Como si todo esto fuera poco, Kicillof también anunció incrementos impositivos en territorio bonaerense, lo que alimenta la sensación de presión fiscal creciente en un contexto de incertidumbre económica.
En medio de este cuadro, la pregunta que circuló en los pasillos financieros fue: ¿qué se está festejando? Para algunos, el triunfo político de Fuerza Patria es la consolidación de un espacio opositor. Para otros, es apenas una victoria simbólica que deja a la economía aún más expuesta: un sistema financiero tenso, una política fiscal restrictiva y un mercado que se mueve entre la desconfianza y la especulación.
En el escenario de esta obra, los protagonistas son conocidos, incluso lo vimos al Sergio Massa el hacedor del “plan platita” y del tremendo desbarajuste de la macroeconomía argentina por ser al mismo tiempo, ministro y candidato. El descalabro económico heredado de la gestión de Sergio Massa en el Ministerio de Economía dejó una base muy frágil para la actual coyuntura. Su política de gasto público desbordado, combinada con una emisión monetaria sin respaldo y un manejo precario de las reservas del Banco Central, aceleró la inflación y deterioró la confianza en el peso. A esto se sumó la falta de un plan consistente para frenar el déficit fiscal, lo que generó un clima de incertidumbre permanente que empujó a los mercados a dolarizarse y a los inversores a retirarse. El resultado fue una economía debilitada, dependiente de parches y con crecientes distorsiones en precios relativos, tarifas y tipo de cambio.
Esa bomba de tiempo terminó derivando en la recesión monetaria actual. La contracción en la circulación de dinero no responde únicamente a una decisión del gobierno de turno, sino a la necesidad de absorber los excesos que dejó Massa: una inflación anualizada por encima de los tres dígitos, una deuda en pesos insostenible y una brecha cambiaria que minaba toda previsibilidad. Frente a este escenario, la única salida inmediata fue endurecer la política monetaria, lo que implica menos liquidez, mayores tasas y una menor capacidad de consumo e inversión. En otras palabras, la recesión que hoy se padece es el costo directo de corregir los desequilibrios incubados durante la gestión de Massa.
Por su parte un sector de la política celebra, mientras la economía cruje. Y el público, los argentinos, seguimos mirando y votando, con la esperanza de que el próximo acto, para el que faltan varias semanas, no traiga un desenlace aún más costoso.
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