El invierno llegó con todo. Las mañanas en Rafaela son heladas y, aunque el termómetro marque 3°C, la sensación térmica puede hacernos tiritar como si estuviéramos varios grados por debajo. No es lo mismo la temperatura real que lo que siente nuestro cuerpo. ¿Por qué? Porque influyen otros factores como el viento, la humedad o incluso la ropa que llevamos puesta.
Algo similar sucede con la inflación: los números oficiales dicen una cosa, pero lo que la gente siente en la calle, en el supermercado o en la carnicería, muchas veces es otra.
El termómetro económico. En Argentina, la inflación está bajando. En comparación con los picos de 2023, cuando los precios corrían a una velocidad desenfrenada mes a mes, hoy el ritmo es otro. El gobierno celebra que ya no hay aumentos del 20 o 25% mensual, como en períodos anteriores. Hoy el índice de inflación mensual fue del 3,7 % en marzo, bajó a 2,8 % en abril y cayó aún más a 1,5 % en mayo, pero podría haber subido un poco en junio, aunque las proyecciones para los próximos meses apuntan a que se mantenga o incluso baje un poco más. Pero entonces, ¿por qué la gente sigue sintiendo que «todo está carísimo»? ¿Por qué se percibe que los precios siguen subiendo con fuerza?
Sensación térmica de bolsillo. Así como la sensación térmica puede hacernos sentir más frío del que indica el termómetro, la inflación tiene su propia «sensación térmica» económica. Y en este 2025, la explicación está en la velocidad del aumento de precios. Los precios siguen subiendo, pero ya no a la velocidad de antes. Eso no significa que bajen, sino que el ritmo de aumento se desacelera. Es como si un auto que venía a 150 km/h ahora circulara a 60 km/h. Sigue avanzando, pero más lento.
Para una familia que viene de meses ajustados, ver que la leche pasó de $900 a $1.200, o que el kilo de carne que costaba $7.000 ahora está a $9.000, duele igual, aunque la suba sea más moderada que antes. La percepción es que todo sigue aumentando, y es verdad.
Lo que cambió es el ritmo, no la dirección.
Además, los salarios, en muchos casos, vienen corriendo por detrás. Si los sueldos se ajustan más lento que los precios, la «sensación térmica» del bolsillo será de más frío del que indican los indicadores oficiales.
¿Una tregua invernal? Los economistas coinciden en que esta desaceleración es resultado de varios factores: el ajuste fiscal, la menor emisión monetaria, el freno al gasto público y, especialmente, la fuerte recesión. Es decir, hay menos plata en la calle, menos consumo, y eso también ayuda a que los precios no suban tan rápido.
Pero cuidado: una inflación más baja en términos técnicos no implica una mejora automática en el poder adquisitivo. La economía sigue en recesión, el consumo está deprimido, y la recuperación todavía no se siente con fuerza en el día a día de las familias.
En este invierno, económico y climático, nos encontramos cantando como Juan Luis, Frio, frio…como el número del Indec… Entender la diferencia entre inflación real y percepción es clave. Porque como con el clima, no alcanza con mirar el termómetro: lo que realmente importa es cómo lo sentimos.
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