Hay una discusión económica que parece reservada para especialistas, pero que en realidad afecta el bolsillo de todos: ¿el dólar está demasiado barato o la Argentina todavía es demasiado cara e ineficiente?
La diferencia no es menor. Porque si el dólar está atrasado, la receta tradicional es conocida: devaluar. El dólar sube, nuestros precios medidos en dólares bajan y, al menos en teoría, recuperamos competitividad en las exportaciones, pero al tiempo que empobrecemos a la población que posee ingresos en pesos.
Entonces busquemos otra solución para el problema y además mucho más interesante, en lugar de subir el dólar para compensar nuestras ineficiencias, disminuyamos esas ineficiencias para que el tipo de cambio deje de ser un problema.
Supongamos que una empresa argentina fabrica una mesa y necesita muchos trámites, paga numerosos impuestos, tiene costos logísticos elevados, enfrenta regulaciones que encarecen su actividad y trabaja con una estructura poco eficiente. (¿casi como en la realidad no?)
Si además el dólar está relativamente bajo, esa mesa puede terminar siendo muy cara cuando la comparamos con una fabricada en otro país.
La solución tradicional, intentada y fracasada decenas de veces en el país, sería aplicar una “mágica” devaluación. Si el dólar pasa, por ejemplo, de $1.400 a $1.800, la mesa argentina, medida en dólares, automáticamente parece más barata. Pero como digimos antes, las personas ven sus ingresos en pesos disminuir en la misma proporción y los precios correrán para ajustarse a este nuevo punto de equilibrio, desatando inflación.
¿qué hacer entonces? Dejar que el tipo de cambio esté en paz y permitir que la empresa pueda fabricar la misma mesa con menos impuestos, menos burocracia, mejores rutas, menores costos logísticos, reglas laborales más modernas, acceso al crédito y mayor inversión tecnológica.
En ese caso, la mesa baja de precio sin necesidad de que suba el dólar.
Y aquí aparece un concepto importante: el tipo de cambio real de equilibrio.
Dicho en criollo, es una especie de “precio del dólar compatible con la realidad productiva de un país”.
Ese precio no depende solamente de cuánto marca la pantalla de una casa de cambio. También depende de cuánto produce el país, cuánto cuesta producir, qué impuestos existen, qué infraestructura tenemos, qué tan eficientes somos y cuánto capital e inversión recibe la economía.
Un dólar relativamente bajo puede ser un problema para una economía improductiva. Pero puede ser perfectamente compatible con una economía eficiente y competitiva.
El verdadero desafío no es llevar el dólar al nivel que necesita una economía ineficiente, sino transformar la economía para que pueda funcionar con un dólar más bajo.
Esto no significa negar que pueda existir atraso cambiario. Significa discutir cómo se corrige.
La devaluación es una forma rápida de hacerlo. Pero también tiene un costo conocido: encarece los bienes importados, puede acelerar la inflación y reduce el poder adquisitivo de los salarios, jubilaciones y pensiones, medidos en dólares.
Como alternativa a esto podemos modificar las causas profundas. Menos impuestos distorsivos. Menos burocracia. Mejor infraestructura. Más competencia. Crédito para invertir. Tecnología. Reglas claras. Un mercado laboral que permita contratar y crecer. Exportaciones con mayor valor agregado.
Esto es significa productividad y cuando un país aumenta su productividad ocurre algo extraordinario: puede pagar mejores salarios, vender más barato y competir internacionalmente sin necesitar una moneda permanentemente depreciada.
Por eso, quizás la pregunta correcta no sea “¿a cuánto debería estar el dólar?”. Sino, ¿Qué tenemos que hacer para que una Argentina con este dólar sea competitiva?
La respuesta no aparece de un día para otro. Una devaluación puede hacerse en 24 horas. Una reforma de productividad puede necesitar años. Ahí está, justamente, el principal riesgo de esta estrategia. Durante la transición puede haber sectores que sufran. Empresas que todavía no logren bajar sus costos, productores que encuentren dificultades para competir y actividades que necesiten tiempo e inversión para adaptarse.
Pero si funciona, no necesitamos empobrecer al ciudadano para que el país sea competitivo. Podemos intentar hacer competitivo al país aumentando su productividad.
Porque el mejor dólar para una economía no necesariamente es el más alto.
Es aquel que permite que una economía productiva, eficiente y competitiva pueda crecer sin necesitar una nueva devaluación cada vez que sus costos aumentan.
#BuenaSaludFinanciera “ElcontadorB @GuilleBriggiler



