¿En qué momento nos convencieron de que ahorrar es malo?

Durante muchos años, en Argentina comprar dólares fue casi un acto de resistencia. Si alguien compra dólares y los guarda eternamente en una caja de seguridad, tenemos ahorro defensivo. Si los deposita, los utiliza para cancelar una deuda, compra un inmueble, financia una empresa, realiza una inversión o los incorpora al circuito comercial, tenemos algo diferente: capital. Y el capital es uno de los ingredientes que necesita cualquier economía para crecer.

Nuestros abuelos valoraban mucho la cultura del ahorro. Pero luego vinieron muchos gobiernos que hicieron trizas esta cultura y nos quisieron enseñar que la única forma de ser feliz era consumiendo. Ahora, con el fracaso de esta forma de economía y conducción populista podemos reivindicar la costumbre del trabajo, sacrificio y ahorro. 

Durante muchos años, en Argentina comprar dólares fue casi un acto de resistencia. No necesariamente porque alguien quisiera especular, sino porque ahorrar en pesos significaba correr detrás de una inflación que se encargaba, mes tras mes, de licuar el esfuerzo de quienes trabajaban, producían y querían guardar algo para el futuro.

Por eso hay un dato que merece ser mirado con otros ojos, los argentinos siguen comprando dólares, pero ahora es diferente, ya no se compran de manera ilegal y no se almacenan en el colchón.  


Es decir: una parte importante de los dólares que compran los argentinos no termina escondida, sino que entra al sistema financiero.

Y acá aparece un cambio cultural y económico que puede ser mucho más importante que el precio del dólar de mañana.

Porque un dólar guardado debajo del colchón es, fundamentalmente, un refugio. En cambio, un dólar depositado en un banco se transforma en crédito, un crédito puede convertirse en inversión y la inversión genera producción. La producción genera empleo, este genera consumo y ahorro y la rueda vuelve a girar.

El dólar deja de ser solamente una moneda para escapar de la inflación y empieza a convertirse también en una herramienta para ahorrar, invertir, financiarse y comerciar.

Eso es lo que algunos llaman dolarización endógena: no hace falta que alguien ordene que todos usemos dólares. La propia sociedad comienza a utilizarlos cuando los considera útiles para determinadas decisiones económicas.

Y acá aparece otro dato interesante. La Argentina está generando dólares genuinos a través de sus exportaciones. El campo aporta una enorme cantidad de divisas, pero también lo hacen el petróleo, el gas y la minería. En otras palabras, hay una economía que puede producir los dólares que necesita. Y, ¿qué hacemos con esos dólares?

Algunos defensores de los viejos modelos dicen, podemos perseguirlos, prohibirlos, ponerles impuestos y convertir su compra en una especie de sospecha permanente. Y otros más enfocados al crecimiento proponen conseguir que esos dólares entren al circuito económico.

Porque comprar dólares no necesariamente significa apostar contra la Argentina. Puede significar simplemente querer ahorrar. Y una sociedad que ahorra tiene una reserva para afrontar imprevistos, financiar proyectos, comprar una vivienda, invertir en una empresa o atravesar una crisis. 

El problema aparece cuando el ahorro no encuentra canales para transformarse en inversión.

Por eso, quizás haya llegado el momento de cambiar la pregunta.

En lugar de preguntarnos “¿por qué los argentinos compran tantos dólares?”, deberíamos preguntarnos “¿cómo conseguimos que esos dólares trabajen para los argentinos?”

Si alguien compra dólares y los guarda eternamente en una caja de seguridad, tenemos ahorro defensivo. Si los deposita, los utiliza para cancelar una deuda, compra un inmueble, financia una empresa, realiza una inversión o los incorpora al circuito comercial, tenemos algo diferente: capital. Y el capital es uno de los ingredientes que necesita cualquier economía para crecer.

Si además tenemos superávit fiscal, una cuenta corriente que puede generar dólares genuinos, exportaciones creciendo y un sistema financiero que empieza a canalizar parte de ese ahorro hacia el crédito, entonces la acumulación de dólares deja de ser necesariamente una amenaza y puede convertirse en combustible para el crecimiento.

Quizás ésta sea una de las transformaciones menos visibles de la economía argentina: estamos aprendiendo que ahorrar no es consumir menos para siempre. Es postergar consumo para poder decidir mejor mañana.

Y tampoco deberíamos sentir culpa por ahorrar en dólares. Después de tantos años de inflación, es lógico que el argentino quiera tener una moneda fuerte para proteger el fruto de su trabajo. El verdadero desafío no es impedirle que ahorre. Es generar las condiciones para que ese ahorro termine financiando más producción, más inversión y más empleo.

Y quizás, paradójicamente, los dólares que durante tantos años fueron símbolo de desconfianza puedan terminar siendo parte de la reconstrucción de la confianza. No porque todos tengamos que dolarizarnos. 

Sino porque, finalmente, cada argentino pueda elegir libremente cómo ahorrar, invertir y proteger el fruto de su trabajo.

#BuenaSaludFinanciera    @ElcontadorB   @GuilleBriggiler

 

Lo más leído de la semana

El sábado 17 se anuncia una nueva edición de la Fiesta de la Mamona al Horno

La Comuna de Bella Italia se encuentra promocionando una...

Sancor Seguros celebró sus 80 años desde al lugar donde comenzó todo

Hay aniversarios que se celebran mirando hacia atrás y...

Crisis en Savencia: Sánchez busca alternativas para sostener la planta

"Es un día triste porque es una fuente laboral...

Juan Ignacio Urquia

q.e.p.d. Falleció el 01/10 a los 31 años. Sepelio: 02/10...

Más de esta sección