Por Martina Pavón Oggero – Ser voluntaria me permitió entender la comunicación desde un lugar completamente diferente. Estar desde las entrañas del evento, donde las cosas suceden y experimentar el detrás de escena como nuestro espacio principal. Es estar ahí para poner ese glitter invisible del espectáculo, recibiendo a las personas y ayudando a que futuros colegas y grandes medios locales y nacionales se lleven la mejor imagen de nuestra ciudad y que puedan realizar su trabajo de la mejor manera.
En estos Juegos Suramericanos Santa Fe 2026, me toca habitar este rol en la sede Rafaela, colaborando tanto en el área de Comunicación como en la de Sport Presentation. Desde este espacio, junto a mis compañeros y coordinadores, nos encargamos de lo que nos toque en ese día, creo que ahí radica lo divertido de nuestro rol. Fonetizamos guiones, organizamos zonas mixtas y somos facilitadores del trabajo de la prensa.
Aunque la nota, el video o el clip los firmen ellos, en el cómo lo comunican y en cómo se proyecta hacia afuera, también estamos nosotros. Observamos cómo trabajan quienes hacen comunicación todos los días, cómo se mueve un equipo de prensa, cómo se organiza una transmisión, cómo se resuelve un imprevisto, cómo se construye una cobertura desde adentro, y cómo se comunica una ciudad cuando tiene la posibilidad de recibir un evento de esta magnitud. Hay días agotadores, horarios intensos y rutinas que se ajustan constantemente según el movimiento de las competiciones. Se pasa por todos los estadios emocionales, pero la prueba más clara que me llevo es que nadie se salva solo y nadie se luce solo.
Si surge un imprevisto, siempre aparece un compañero o un coordinador que salva las papas. Ese costado humano es lo más valioso que tiene el ser voluntario. Es el saludo de éxitos al inicio de la jornada, el mate que llega cuando se nota el cansancio, un «¿tenés protector?» antes de volver al sol, una indicación que llega justo a tiempo, una sonrisa cuando algo finalmente sale bien y ese abrazo apurado en el que descansamos por unos segundos tranquilos de que todo esta saliendo bien, la predisposición constante, la paciencia infinita y el cuidarnos entre nosotros mientras cuidamos a los espectadores. Para quienes nos estamos formando, el voluntariado es esa puerta fundamental para ganar la experiencia previa que el ámbito profesional suele exigir.
Es la oportunidad de probar rubros, tejer redes, ejercitar habilidades blandas de aprender a trabajar en equipo, resolver problemas, comunicarse, adaptarse y asumir responsabilidades y estar cerca de la gente que ya hace lo que soñamos hacer. Es vivir en carne propia lo que leemos en las aulas, pero atravesado por la emoción real. La satisfacción de saber que, desde nuestro lugar, estamos aportando para que todo funcione y la alegría de compartir jornadas con personas que contagian esas ganas colectivas de que las cosas salgan bien y sentir el orgullo profundo de ser anfitriones en casa.
Sé que siempre hay aspectos por pulir y espacios para seguir mejorando en la organización de este tipo de eventos, pero el balance personal es de pura gratitud y plenitud. El voluntariado no pasa por una remuneración económica, sino por una ganancia emocional incalculable. Creo que entre voluntarios es una lección cotidiana de apostar por la empatía, el trabajo en equipo y el amor por el oficio.



