Por Nicolás Bordón.- En un contexto social marcado por el desencanto, la crisis económica, el desgaste de las estructuras partidarias y la creciente desconfianza hacia los representantes, las urnas ya no parecen convocar como antes. Si nos detenemos en el escenario económico y laboral, nos encontramos con una situación de precarización que inunda las realidades de la mayor parte de la ciudadanía Local, Provincial y Nacional.
Según los datos de la última Encuesta Permanente de Hogares (EPH), correspondiente al cuarto trimestre de 2023, en un universo de 20 millones de trabajadores: 52% son informales o monotributistas; 31% asalariados privados registrados (de este sector, un alto porcentaje recibe sumas en negro, no remunerativas; método muy extendido en comercio, gastronómicos, maestranza, entre otros) y 17% estatales. En este sentido, cuando acercamos la lupa sobre el segmento más importante de esta muestra, nos encontramos con que el 46% de ese 52% están en negro o son cuentapropistas no profesionales, que ganan la mitad (en promedio) de los trabajadores en blanco. Es decir, un gran porcentaje del sector trabajador está ocupado en empleos de baja productividad. A estas estadísticas, se suman las mediciones actuales que plantean que más del 13% de los trabajadores ya tienen dos trabajos o más; y quienes pueden, hacen grandes cantidades de horas extras para poder llegar a fin de mes.
Esta cruda realidad en la estructura social y económica tiene una correlación en su superestructura política. Ante la falta de perspectiva social y colectiva; sindicatos que no representan a ese gran sector informal, movimientos sociales en retroceso y una falta de opciones y alternativas de representación por parte de todo el arco político; gran parte de la masa popular elige como camino no votar. En un contexto de descreimiento generalizado, emerge la apatía política como forma de participación que se expresa en la abstención. Como dice la expresión popular, «para que ir a votar si de todos modos, nada va a cambiar».
La brecha entre las expectativas y los resultados
Para comprender el fenómeno de la apatía electoral, no basta sólo con mirar los porcentajes de participación; sino que además, es necesario detenerse en las transformaciones más profundas del vínculo entre la ciudadanía y el sistema político. En su obra «Los huérfanos de la política», el sociólogo Juan Carlos Torre propone una clave interpretativa central: el progresivo desanclaje de los votantes respecto de los grandes partidos tradicionales y los marcos ideológicos que, durante décadas, estructuraron la vida democrática argentina. Esa desvinculación no ocurrió de manera abrupta, sino como resultado de múltiples frustraciones acumuladas, entre ellas la incapacidad persistente de los últimos gobiernos nacionales (última etapa de Cristina Fernández, Macri y Alberto Fernández) para ofrecer soluciones sostenidas a problemas estructurales como la inflación, la pobreza o el desempleo.
En ese contexto, buena parte del electorado ha quedado, como sugiere Torre, en una suerte de intemperie política: sin representación clara, sin horizontes compartidos y sin confianza en la capacidad transformadora del voto. La política, percibida cada vez más como una esfera cerrada sobre sí misma, parece incapaz de interpelar a una ciudadanía golpeada por el deterioro económico y social. Así, la apatía electoral se vuelve expresión no sólo de desinterés, sino de decepción y desafección. No se trata de un rechazo activo al sistema democrático, sino más bien de una retirada silenciosa, una forma de resignación frente a una oferta política que muchos consideran insuficiente o irrelevante para mejorar sus condiciones de vida.
En pocas palabras, la fractura entre las expectativas de la gente sobre el resultado de las elecciones y los efectos reales de ello en la transformación de su vida cotidiana, llegó a un nivel de brecha que deja al acto de ir votar, vacío de sentido.
Frente a este escenario nos preguntamos, ¿Qué está pasando con la política? ¿Qué sienten quienes se postulan frente a este fenómeno? ¿Cómo recuperar el vínculo entre la ciudadanía y la legitimidad de sistema democrático actual?
La mirada de Valeria Carrizo
De cara a un nuevo proceso electoral en las próximas semanas, la candidata a concejal por el Frente «UNIDOS», Valeria Carrizo, expresó su mirada acerca de este fenómeno y sostuvo: «La baja participación ciudadana en las elecciones es una situación que se viene manifestando desde hace un tiempo y, en las últimas Elecciones Provinciales, se hizo notar con más fuerza. Puede interpretarse como una señal clara del creciente desagrado de los ciudadanos hacia la política y a esa idea de que por más que votemos nada mejora. Esta apatía electoral, no debe ser vista como simple desinterés, sino como una expresión de descontento y desencanto ante una democracia que muchos perciben como vaciada de contenido popular.
Creo que el factor que explica este fenómeno en la actualidad es la crisis económica, la urgencia por resolver problemas cotidianos como la inflación, la falta de empleo digno o el acceso a la vivienda, lleva a que muchas personas vean las elecciones como un espectáculo ajeno y desconectado de sus realidades.
Desde nuestra perspectiva, esta situación nos muestra la necesidad de reconstruir la confianza en lo colectivo, fortaleciendo espacios de participación real donde el pueblo tenga incidencia directa en las decisiones que afectan su vida».
En relación al trasfondo de este desinterés ciudadano por acercarse a las urnas, Carrizo refiere al estado de crisis en que se encuentra el vínculo entre la ciudadanía y las fuerzas políticas: «A mi entender, la desafección con el voto refleja una crisis estructural más profunda en el vínculo entre la ciudadanía y la política. No se trata sólo de una cuestión coyuntural o de apatía pasajera, sino de una señal clara de que amplios sectores de la población ya no se sienten parte del sistema político tal como está organizado. Esta crisis, tiene raíces en el vaciamiento de la política como herramienta de transformación social.
Frente a esto, es fundamental construir nuevas formas de organización y participación popular, que devuelvan el protagonismo a quienes se sienten excluidos de las decisiones: los trabajadores, las mujeres, las juventudes, las comunidades originarias y los sectores populares. Impulsar mecanismos de democracia directa, como asambleas barriales vinculantes, presupuestos participativos o consultas populares que no sean meramente formales, para que el pueblo tenga incidencia concreta en las decisiones públicas».
Por otro lado, al momento de reflexionar sobre el rol que los espacios políticos deben emprender para la reconstrucción de la confianza ciudadana, Carrizo expresó: «Las fuerzas políticas y los candidatos tienen una responsabilidad central e ineludible en revertir la creciente desconexión entre la ciudadanía y la política. Su rol no debe limitarse a competir por cargos cada elección, sino a comprometerse activamente con la construcción de una democracia participativa, popular y transformadora.
Soy docente y directora de una escuela de la ciudad. Decidí asumir este compromiso porque estoy convencida que la política tiene que volver a los barrios, al territorio, escuchando y construyendo en conjunto. Eso implica estar presentes con militancia, coherencia y compromiso cotidiano. Por todo ello, con Juan Scavino queremos llegar al Concejo Municipal para proponer herramientas que promuevan una democracia activa. Algunas de nuestras propuestas son: Atención en salud mental y adicciones en los barrios, Alerta vecina, Plan Municipal de inserción laboral, Respuesta ágil Municipal y Fondo de renovación de veredas, entre otras».
Por último, a modo de mensaje a la ciudadanía que tiene la oportunidad de votar en los próximos comicios, Carrizo sostuvo «Al vecino y vecina que está pensando en no ir a votar, le diría: ‘Entiendo tu enojo y tu cansancio, pero cuando no votamos, otros deciden por nosotros. El voto es una herramienta que tenemos para hacernos escuchar y empezar a cambiar las cosas desde adentro. Hagamos valer ese derecho'».



