Barrio Belgrano: el costo social de un Estado Municipal ausente

Hace algunas semanas, una de las esquinas más concurridas de la noche rafaelina fue el escenario de un brutal ataque a balazos, en pleno transcurso de la madrugada. Este hecho paradigmático ocurrido en barrio 9 de julio, funcionó como una muestra evidente de la escalada de problemas que puede traer la ausencia total del Estado Municipal la atención de los barrios de la ciudad. Hoy, desde CASTELLANOS, nos toca hablar del estado de abandono sobre Barrio Belgrano y las consecuencias que esto tiene para el día a día de sus vecinos.

En Barrio Belgrano, la ausencia del Estado Municipal se siente en cada cuadra. Durante los últimos meses, la comisión vecinal ha llevado adelante una serie de denuncias sobre el estado actual de sus manzanas; acumulando reclamos transversales a toda el área de ocupación del Municipio. Inseguridad creciente, servicios públicos en mal funcionamiento, iluminación deficiente, calles de ripio sin riego ni atención, malezas crecidas en terrenos municipales y cloacas rebalsadas; son sólo algunos de los problemas que los vecinos vienen marcando desde hace más de quince meses. A todo este escenario, se suma el aumento desmedido de impuestos y tasas municipales; que, a simple vista, no parecen tener ningún tipo de contraprestación adecuada. Por ello, la comisión vecinal (cansada de las advertencias desoídas) denuncia no sólo la falta de respuestas concretas, sino también, la alarmante invisibilidad los funcionarios locales; quienes parecen haberse alejado del territorio que deberían gobernar. En este sentido, la vida cotidiana del barrio expone así una de las grietas más profundas del vínculo entre el Estado y la comunidad en plena semana de elecciones: la promesa de presencia y protección pública que hoy se ve, claramente rota.

En su obra, «Miedo líquido: la sociedad contemporánea y sus temores», el sociólogo Zygmunt Bauman plantea que la inseguridad se convierte en una experiencia permanente cuando las instituciones de gobierno fallan en sus funciones básicas. En este sentido, el autor sostiene que en las sociedades donde el Estado reduce su presencia protectora, los miedos cotidianos se multiplican y se privatizan las estrategias de supervivencia. En este sentido, la carencia en materia de seguridad, la desatención de los reclamos vecinales y la creciente sensación de vulnerabilidad, muestran un estado que deja de cumplir sus funciones básicas: garantizar la seguridad y un nivel de vida digno a sus ciudadanos.

Estos planteos, están estrechamente vinculados con los expresados por Hannah Arendt en «La condición humana». La decadencia de los servicios básicos (mantenimiento de calles, alumbrado público, desmalezamiento) no es sólo un problema técnico, sino que también, es una forma de expulsar a los ciudadanos de su derecho a la ciudad y a una vida digna. Al fallar los servicios esenciales, se debilita la confianza en la pertenencia colectiva y se vacía de contenido la ciudadanía real; mientras el aumento de impuestos sin mejoras reales en la cotidianeidad, profundiza aún más la sensación de injusticia.


Frente a todo ello nos preguntamos ¿Qué sentido tiene pagar aumentos por servicios públicos que nunca llegan? ¿Hasta cuándo se puede exigir paciencia a quienes reciben desidia a cambio de impuestos y tasas cada vez más caras? ¿Qué autoridad puede reclamar una gestión municipal que se vuelve invisible cuando más se la necesita? ¿Es sostenible una ciudad donde el contrato social parece haber sido roto unilateralmente?

El precio político de la desidia

El estado actual de Barrio Belgrano no sólo refleja una crisis local o territorial: es un síntoma de un fenómeno más profundo, donde el Municipio se retira de sus responsabilidades básicas y deja a la intemperie a los ciudadanos. Recuperar la legitimidad perdida implica algo más que promesas y discursos de campaña vacíos; por el contrario, exige una presencia real, sostenida y comprometida por parte de las autoridades políticas. Si esto no sucede, la brecha entre la actual Gestión Municipal y la ciudadanía seguirá creciendo y con ella, la descomposición misma de la vida cotidiana de la ciudad. Un Estado que no cuida, que no escucha y que no responde (lejos de tener un cheque en blanco) se transforma gradualmente en un actor ilegítimo frente a los ojos de su propia ciudadanía.

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