En 1944, un decreto de la Superintendencia de Seguros de la Nación -el N° 24.203- estableció oficialmente que cada 21 de octubre se celebraría en la Argentina el «Día del Seguro». Aquella resolución, más que un simple gesto administrativo, fue el reconocimiento a una actividad esencial para el desarrollo de la vida moderna: la de proteger el esfuerzo, la vida y el patrimonio de las personas.
Pero la historia del seguro argentino tiene raíces aún más profundas. Según el propio Decreto, la fecha evoca una iniciativa del año 1811, atribuida a Bernardino Rivadavia, para la creación de un banco de descuentos y una compañía de seguros marítimos. Sin embargo, algunos historiadores sostienen que el verdadero precursor fue Manuel Belgrano, quien en 1796 ya proponía la necesidad de contar con una aseguradora local, en tiempos en que solo operaban compañías de origen español.
Así, el seguro en la Argentina nació casi junto a la Nación: como una herramienta de confianza, previsión y desarrollo.
De «La Confianza» a las aseguradoras del siglo XXI
El recorrido del seguro argentino es extenso y revelador. A fines del siglo XVIII se fundó la primera compañía nacional, llamada «La Confianza», y hacia mediados del siglo XIX vio la luz la Compañía Argentina de «Seguros Marítimos», un hito que consolidó la presencia local del sector.
Desde entonces, el seguro fue creciendo al ritmo del país: acompañando la expansión del comercio, el desarrollo industrial y la modernización de la vida cotidiana. En las buenas y en las malas, siempre estuvo allí: detrás de cada comercio, de cada vehículo, de cada hogar.
Hoy existen en la Argentina 189 aseguradoras y 24 reaseguradoras locales, que generan empleo directo para más de 31.000 personas, además de los miles de productores asesores que día a día construyen confianza con su profesionalismo y compromiso.
El sector, que supera ya los 235 años de historia, es un engranaje vital de la economía nacional: sostiene el crédito, el consumo, la inversión y, sobre todo, brinda tranquilidad y previsibilidad en un país donde ambas son bienes escasos.
Si hay un desafío que atraviesa al sector, ese es el de construir una verdadera conciencia aseguradora. En palabras de Sebastián Del Brutto, presidente de la Asociación Argentina de Productores Asesores de Seguros (AAPAS), «en la Argentina, el seguro aún se percibe como un gasto y no como una inversión que resguarda el patrimonio».
Según datos de AAPAS, el gasto promedio anual en seguros ronda los $ 15.589 por persona, una cifra que muestra la brecha entre la necesidad y la práctica. «El seguro debería entenderse como un servicio esencial -agrega Del Brutto-, similar al de la medicina o la educación privada, porque su objetivo es el mismo: prevenir, cuidar y dar continuidad a la vida ante los imprevistos».
Y es que la esencia del seguro está en la previsibilidad: en pensar antes de que suceda, en cuidar lo que cuesta construir. Pero esa lógica no siempre está arraigada en el ADN argentino. Las crisis económicas, la inflación y la incertidumbre constante han generado una cultura de urgencia que deja poco espacio para planificar.
Aun así, las nuevas generaciones comienzan a mirar con otros ojos esta herramienta. La pandemia de COVID-19, las catástrofes naturales y los cambios en los hábitos de consumo despertaron una nueva conciencia sobre el valor de estar protegidos. Hoy crece la demanda de seguros de vida, de hogar, de salud y de asistencia al viajero, rubros antes relegados frente al tradicional seguro automotor.
Un futuro de protección, innovación y confianza
En un escenario global cada vez más complejo, el seguro se consolida como una actividad socialmente estratégica. Acompaña la reconstrucción de comunidades tras los desastres, impulsa el crédito y la inversión, y genera redes de solidaridad que permiten a individuos y empresas volver a empezar.
En la Argentina, compañías de capital nacional con más de un siglo de historia continúan adaptándose a los nuevos tiempos, incorporando tecnología, digitalización y atención personalizada. A la par, los productores asesores siguen siendo el corazón del sistema: son ellos quienes interpretan las necesidades, aconsejan y construyen vínculos basados en la confianza.
«El seguro no debe ser entendido como un mal necesario -afirma Del Brutto-, sino como una herramienta de previsibilidad a lo largo de los años, que permite minimizar riesgos y también crecer. Un imprevisto puede cambiarte la vida».
El «Día del Seguro» no es solo un homenaje a las compañías, productores y trabajadores del sector. Es, sobre todo, una invitación a reflexionar sobre la importancia de proteger lo que tenemos y planificar lo que viene.
En un país que tantas veces ha debido recomenzar, el seguro representa una de las pocas certezas que nos acompañan: la de que, pase lo que pase, siempre habrá una manera de volver a ponerse de pie.



