En una fotografía de los años cincuenta, Rocky Marciano aparece sentado frente a un plato de pasta, mientras su madre le sirve leche en la cocina familiar. Sobre la mesa hay una hogaza de pan. Él sostiene un trozo en una mano y un tenedor en la otra.
La mujer se llamaba Pasqualina Marchegiano y había algo que la distinguía de millones de admiradores de su hijo: no le gustaba el boxeo.
Cuando Rocky subía al ring, ella prefería retirarse a rezar con un rosario. Pedía por su hijo, pero también por el hombre que estaba frente a él.
Pasqualina Picciuto había nacido en 1902 en San Bartolomeo in Galdo, una localidad del sur de Italia. Emigró a Estados Unidos en 1916, todavía adolescente, junto a su padre. Allí formó una familia con Pierino Marchegiano, un inmigrante procedente de la región de Abruzzo.
Se establecieron en Brockton, Massachusetts, una ciudad industrial conocida por sus fábricas de calzado. Pierino trabajaba en ese sector y el matrimonio tuvo seis hijos.
Uno de ellos era Rocco Francis Marchegiano.
De joven, Rocco había dedicado buena parte de su tiempo al béisbol. Incluso llegó a realizar una prueba con los Chicago Cubs en 1947. Pero fue el boxeo el que terminó convirtiéndose en su profesión.
Comenzó su carrera profesional usando brevemente el nombre de Rocky Mack. Más adelante adoptó el apellido Marciano, más fácil de pronunciar para el público estadounidense.
Su ascenso fue imparable.
En septiembre de 1952 derrotó a Jersey Joe Walcott por nocaut en el decimotercer asalto y conquistó el campeonato mundial de los pesos pesados. Defendió el título seis veces y se retiró en 1956 sin conocer la derrota.
Su récord quedó establecido en 49 victorias, 43 de ellas por nocaut.
Pero mientras el público celebraba sus golpes, Pasqualina tenía otra preocupación.
Una semblanza publicada después de la muerte del boxeador, en 1969, recogió cómo su madre evitaba escuchar las peleas o mirarlas por televisión. Se retiraba con su rosario y rezaba por los dos participantes.
Su deseo era sencillo: que ninguno terminara herido.
Décadas después, una crónica de 1985 volvió a recordar que, durante las noches de combate, Pasqualina acudía a la iglesia para pedir por la seguridad de Rocco y de su adversario.
La fotografía de aquella cocina conserva una escena muy distinta de las imágenes que hicieron famoso al campeón. Allí no hay guantes, cinturones ni espectadores. Hay pasta, pan y una madre sirviendo leche a su hijo.
El mundo lo conoció como Rocky Marciano, el campeón que ganó sus 49 combates.
Para Pasqualina, que nunca dejó de preocuparse por los hombres que recibían sus golpes, seguía siendo Rocco.


