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Una sociedad, aturdida y atemorizada, define su futuro

El momento que estamos viviendo es inédito e impredecible. Esta vez, la sociedad argentina no sufre solo una crisis económica o social, como tantas otras veces en su historia, sino que padece algo de otro orden: una crisis de sentido. Los argentinos están aturdidos, atravesados por las contradicciones y profundamente desorientados, porque los abruma el vacío. Los ciudadanos carecen de una historia que los contenga y los oriente. La pregunta vital ya no es ¿por qué? sino ¿para qué? En ese marco, ciegos de futuro, decidirán, paradójicamente, su porvenir el próximo domingo.
Se sienten impotentes, desganados y a merced de un contexto que se degrada aceleradamente, porque “todo empeora todo el tiempo”. Se vive y se consume “día a día” mientras intuyen que están caminando de manera casi inevitable hacia algo que presumen podría ser el abismo.
En nuestra última indagación cualitativa sobre el humor social, un joven de clase media alta nos decía: “Me genera miedo lo que puede llegar a pasar, que se derrumbe todo. La gente en la calle está alterada”. Otro joven, pero en este caso de clase baja afirmaba: “Estamos sobre una bomba de tiempo, a partir del 22 de octubre va a haber un quiebre, gane quien gane”. Una joven de clase alta completaba el oscuro cuadro de situación que perciben los menores de 30 años cuando decía: “Lo que pasa te hace querer irte del país. Es que no hay forma de progresar”
Sería un error suponer que el malestar se sitúa únicamente en las nuevas generaciones. Lo que sí resulta una novedad es tamaño nivel de decepción y descreimiento entre quienes tienen gran parte de la vida por delante.
Para los adultos, también el panorama es de los más oscuros que se recuerden en décadas. Una mujer de unos 65 años de clase media baja logró sintetizar el sentimiento de muchos: “Con la edad que tengo pasé de todo, pero como ahora, creo que nunca”. Otra mujer, en este caso, ubicada un escalón más abajo en la pirámide social, compartía su ansiedad basándose en la economía cotidiana: “¿Qué tengo? Estrés por no tener un parámetro de cuanto salen las cosas y si llegas o no a fin de mes”. Un hombre, ubicado en las alturas de dicha estructuración social, no lograba escapar por ello de la angustia: “Tanta incertidumbre, inseguridad, preocupación, me generan mucho cansancio”.
Si tuviera que elegir, entre todos los testimonios que recogimos en las largas conversaciones grupales de casi dos horas que condujeron nuestro equipo de sociólogos y antropólogos, me quedo con el de un hombre de unos 55 años que en tres palabras supo capturar la vibración de esta hora: “Me siento asfixiado”.
Miedo al Día D
¿Qué es hoy ser de clase media? Simplemente, no dejar de serlo. Es con esa intención que una buena parte de la sociedad, olfateando lo que podría ocurrir, ha modificado temporariamente el significado del significante “casa”: lo que era “hogar”, ahora ha pasado a ser “búnker”. El consumo se ha transformado en una carrera contra el tiempo. Lo evidencian manifestaciones de la praxis cotidiana como esta: “Después del 22 de octubre no sabemos lo que va a pasar. Prefiero endeudarme y llenar el freezer”. O esta otra: “va a estar muy jodido, hay que ahorrar en mercadería”. La palabra mercadería, que es propia del comerciante, invadió el lenguaje de los consumidores. Así como quien vende, por experiencia propia, frente a la incertidumbre total – económica, social, electoral- prefiere tener stock, quien compra ha asumido la misma conducta. “No dejes para mañana lo que podés comprar hoy”.
La decepción, la tristeza, la desilusión, la frustración y el hartazgo que durante tantos meses han signado el humor social han convergido, a medida que se acerca el “Día D” en un sentimiento primitivo y poderoso: el miedo. “Yo pienso que de lo que nos quejamos hoy, nos vamos a reír mañana. Esto no es nada al lado de lo que viene”.
Podemos estar peor (y mejor también)
Como reza el saber popular: “El miedo no es zonzo”. La sociedad que estaba a ciegas ahora, aún sin lograr visualizar qué es lo que viene, y en gran parte justamente por eso, se ha puesto a la defensiva. Emoción y razón se han conjugado para provocar esta reacción colectiva que tiene mucho de instintiva y bastante de aprendizaje histórico. El miedo se siente, pero también se explica.
Si bien entre algunos se ha arraigado la idea de que “peor no podemos estar” alimentado así el morbo del “que explote todo de una buena vez” para empezar de nuevo, son también muchos los que saben que eso es una falacia. Por supuesto que podemos estar peor, y mucho peor. De hecho, eso es lo que muestran los números con su fría racionalidad.
La consultora Eco Go, de la respetada economista Marina dal Poggetto, quien lejos está de tener un perfil alarmista, ha calculado que ese dólar blue que hoy cotiza $1000, en valores comparables, fue de $1845 en la hiperinflación de 1989, y de $2434 en el Rodrigazo de 1975. Por su parte, el economista Fernando Marull, cuyos análisis se han transformado en una nueva referencia para el mercado, proyectó que esa hiperinflación con la que algunos coquetean como el mecanismo necesario para “detonar la bomba” y hacer “tábula rasa” nos llevaría a tener 37 millones de personas bajo la línea de la pobreza. Es decir, nada menos que el 80% de la población. Aun asumiendo que ese cálculo pudiera ser demasiado extremo, el propio Marull nos recuerda que, en el año 2002, bien medida, la pobreza llegó al 58% de la población. Recordemos que, en mayo de aquel año, el desempleo alcanzó un valor récord del 25% de la población activa.
En sentido inverso, uno de los economistas de mayor trayectoria y reconocimiento, Ricardo Arriazu, se manifiesta optimista y nos recuerda que, así como es evidente que podemos estar peor, también cabe la posibilidad cierta de estar mejor. Él basa su análisis en detallados cálculos sobre lo que tienen para darnos los recursos naturales ya en 2024, entre un agro sin sequía y la revolución energética que sigue su curso operando como en una realidad paralela. El famoso y esperado gasoducto de Vaca Muerta, finalmente se hizo. Por ahora en su primera etapa, pero ya está planificada su continuación. Daniel Dreizzen, el especialista en el sector energético de Ecolatina, lo refrenda. Según sus proyecciones, solo considerando las energías fósiles, en 2024 ya tendríamos superávit energético de unos 4000 millones de dólares (en 2022, el déficit fue de U$S 5000 millones) y, en un escenario intermedio, en 2030 ese ingreso adicional sería de unos 24.000 millones de dólares.
Pocas veces hubo tanto consenso entre los factores de poder –políticos, empresarios, inversores– y los analistas, sobre la oportunidad que tiene la Argentina por delante. Sin embargo, la población concurrirá el próximo domingo a votar sin llegar a ver nada de eso. Decidirá sobre los futuros posibles, desconociendo de qué están hechos cada uno. ¿Por qué?
La ausencia de una historia
Si analizamos la dinámica de la economía argentina, desde el año 2012 hasta el 2023, proyectando una contracción de 2,5% para este año, punta a punta, no habrá crecido. Hubo alzas y bajas, para terminar con una torta del mismo tamaño que la de 2011, a repartir entre 17% más de habitantes. Si hacemos el mismo cálculo en el mercado de productos básicos como alimentos, bebidas y cosmética, esa torta directamente es 10% menor que hace 12 años. La contracción del consumo masivo per cápita llega prácticamente al 25%.
Es lógico que una crisis tan larga y tan densa, haya obturado el imaginario de futuro de la población, imponiendo la lógica de la resistencia y la supervivencia tratando de sortear lo mejor posible cada día, sin pensar en el mañana. El punto es que, dados los recursos existentes y su demanda global, podría haber un mañana sustancialmente mejor que el pasado reciente. Obviamente no será fácil llegar hasta allí. Y el tránsito entre el aciago presente y ese futuro posible, estará signado por una honda complejidad.
¿Qué necesita la sociedad para visualizar esa posibilidad? Recuperar su capacidad de narrarse una historia que la entusiasme y la convoque para caminar hacia ella.
En su ensayo más reciente, La crisis de la narración, que acaba de ser publicado, el filósofo surcoreano Byun Chul Han, señala que: “Hoy todo el mundo habla de narrativas. Lo paradójico es que el uso inflacionario de las narrativas pone de manifiesto una crisis de la narración misma. Está haciendo furor la moda del storytelling, que es el arte de narrar historias como estrategia para transmitir mensajes emocionalmente, pero lo que hay tras esa aparatosa moda es un vacío narrativo, que se manifiesta como desorientación y carencia de sentido. En los tiempos en los que las narraciones nos acomodaban en el ser, es decir, cuando ellas nos asignaban un lugar y hacían que estar en el mundo fuera para nosotros como estar en casa, porque daban sentido a la vida y le brindaban sostén y orientación no se hablaba de storytelling ni de narrativas. Se hace un uso inflacionario de estos conceptos precisamente cuando las narraciones han perdido su fuerza original, su gravitación, su misterio y hasta su magia. Una vez que las hemos calado en su artificiosidad, pierden su verdad intrínseca”. Aclara luego: “La narración es una forma conclusiva. Constituye un orden cerrado, que da sentido y proporciona identidad. Las narraciones son generadoras de comunidad. El storytelling en cambio crea communities”.
Culmina la idea con su ya clásica crítica a la era de la información: “Narración e información son fuerzas contrarias. Sentido significa originalmente dirección. Así pues, hoy estamos más informados que nunca, pero andamos totalmente desorientados”.
El bombardeo permanente de malas noticias, reales, no fake news, ha llenado a los ciudadanos, con razón, de una toxicidad que los cegó. Para habitar un futuro posible mejor, y no uno peor, resultará crítico poder imaginarlo, soñarlo, visualizarlo. Y para eso deberemos recuperar la capacidad de narrarnos una historia que en lugar de invitarnos a la oscuridad del abismo nos oriente hacia el candor y el brillo de la luz.
Por más tenue que hoy resulte, esa luz existe. Resulta sensato marchar hacia ella. ¿Lo haremos?
Fuente: La Nación

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