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El asistencialismo y el deterioro de la educación mantienen vivo el peronismo


SEGUNDA PARTE





Por María Zaldívar. Para completar la galería de decadencias, el Siglo XXI se estrenó con el kirchnerismo a nivel nacional ya que ellos y sus modos de gestión eran conocidos en la provincia de Santa Cruz, donde Néstor Kirchner había desempeñado distintos cargos dentro de la burocracia estatal. El peronismo siempre ha intentado desconocer su parentesco con el kirchnerismo; sin embargo, es imposible negar la raíz que comparten y la mezcla de funcionarios en todas las ocasiones en que gobernaron. El entonces gobernador Néstor Kirchner festejó la privatización de la petrolera YPF y recibió en su provincia al presidente Menem para agradecerle calurosamente la operación. Es falso que el kirchnerismo no es peronismo; es peronismo de Perón y de Menem. En los negocios y negociados los peronistas son uno. La única diferencia entre ambos es su elitismo: el kirchnerismo elige quién puede subirse a su colectivo y quién no, a diferencia de los otros peronismos que admiten adherentes sin límite alguno. Esta curiosidad le ha costado enemigos innecesarios que hubiesen acompañado su gestión y que por haber sido despreciados hoy son oposición. Esto indica que hay más kirchneristas que los declarados a viva voz. 
La respuesta al enigma "Por qué sobrevive el peronismo" tiene dos patas que se relacionan: el asistencialismo y el deterioro de la educación. Las medidas que suelen poner en marcha las administraciones peronistas tienen eje filosófico en el estado de bienestar, una quimera que induce a intervenir en los procesos productivos para torcer el normal desenvolvimiento de la economía. En lugar de crear riqueza, logran una desconfianza que se traduce en escasa inversión. La Argentina acumula décadas de imprevisibilidad, gran enemiga del capital. El Estado peronista, entonces, soluciona la carencia de trabajo genuino con empleo público y planes sociales. La receta es demagogia y populismo aunque los resultados estén lejos del éxito: de los 77 años que van de 1945 a 2022 el peronismo gobernó 36 años; eso significa casi el 50% de ese largo período en el que la pobreza y la deserción escolar escalaron de forma escandalosa. Hacia mediados del Siglo XX la pobreza en Argentina no superaba el 3% de la población; en la actualidad alcanza el 50. 
Hay tres conceptos cuyo valor el peronismo no entiende: libertad, incentivos y expectativas, posiblemente porque los tres tienen que ver con el libre albedrío. En su afán intervencionista desconoce el valor de la elección instintiva, el poder de los incentivos y la influencia de las expectativas en la toma de decisiones. Y cuando altera el desenvolvimiento espontáneo de la oferta y la demanda, altera negativamente el comportamiento económico de los individuos, neutraliza la vocación empresaria a la inversión, lo que redunda en escasez de empleo, y desemboca en una desconfianza generalizada sobre el futuro.
En paralelo a ese clima enrarecido, la sociedad fue adoptando un perfil indeseado: clases socio-económicas muy diferenciadas que intentan, respondiendo a la naturaleza misma del ser humano, sobrevivir de la mejor manera de acuerdo con sus posibilidades. Se resiente el contrato social y cada uno busca "salvarse".
Los sectores más acomodados mantienen su nivel de vida, mientras que el Estado sale a auxiliar a la base de la pirámide, que se ensancha década tras década.
Esa brecha se vuelve infinita y tiene consecuencias devastadoras: aniquila a la clase media, nervio y músculo de una sociedad, a la que le resulta imposible progresar, y aumenta la dependencia de los más pobres respecto del Estado. Así se instaló un círculo vicioso del que la Argentina no pudo salir.
Cuando Juan Domingo Perón incentivó el asentamiento de población de las provincias en la periferia de la ciudad de Buenos Aires, se inauguraron las llamadas "villas miseria", barrios de emergencia en lo que se carecía de todo. Sin embargo, las casas se hacían con barro y cartones. Eso indicaba que eran lugares de paso, que sus pobladores las consideraban una escala hacia un destino mejor. En la actualidad y hace ya varios años, las construcciones en esos barrios son de cemento y ladrillo. Hoy se volvieron definitivas. No son más de tránsito; son un destino.
La otra lápida que ahoga a la sociedad y mantiene vivo al peronismo es la deficiencia endémica de la educación pública. Quienes pueden costear instituciones privadas para sus hijos, los menos, les dan acceso a preparación de calidad. Pero la enorme mayoría de los padres ha perdido también la libertad de elegir el tipo de educación que quiere para sus hijos y la escuela pública se vuelve el único recurso de un pueblo indigente. Pero en esa escuela se instruye poco y se adoctrina mucho, con programas pergeñados en el escritorio de un burócrata populista y "liberprogre" que se cree revolucionario porque impone el mal llamado lenguaje inclusivo mientras la escuela muta su función primaria de impartir conocimientos a comedor popular, donde los niños y a veces no solamente ellos, asisten en busca de saciar el hambre que pasan en sus casas.
De allí egresan jóvenes mal preparados para el mundo que les toca vivir, que luego no encuentran trabajo porque están sub-calificados y van acumulando frustración y resentimiento.
Entonces, cuando usted escuche una noticia sobre la Argentina, seguramente mala, no maldiga a los millones de individuos que votan mal. Recuerde que el peronismo primero empobrece y luego embrutece. Quien no aprende a pensar no aprende a elegir y quien no sabe elegir, no es libre. Millones de seres humanos sin libertad de aprender y elegir vienen naciendo en la Argentina desde la aparición del peronismo; no todos pero gran parte de ellos, condenados a una existencia miserable, obra de una pésima estructura socio-económica enquistada que no brinda oportunidades de ascenso virtuoso ni movilidad social. No critique a los argentinos que se suicidan en cada elección; sienta alivio por los que pueden abandonar el país y salvarse, como pasa desde hace décadas en las dictaduras empobrecedoras de la región, y sienta piedad por quienes quedan atrapados definitivamente en la perversa telaraña peronista.


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