Los franceses, británicos y españoles de clase media que pagan impuestos y tienen que afrontar un costo de vida que se vuelve imposible, en una Europa cada día más cara, están cansados.
No son ellos los que llenan las calles protestando, incendiando o saqueando locales. Más bien, conforman una masa silenciosa que camina políticamente hacia destinos impredecibles, abrumada por el hastío de un sistema que otorgó demasiados beneficios y que hoy no puede pagarlos.
Es el mismo sistema que, por mantener una corrección política casi destructiva, termina por no poder definir la realidad con nombre y apellido ante el miedo a la cancelación por parte de los sectores progresistas.
Pocos se animan a decir públicamente que, en el caso de Francia, la exigencia de un cambio al gobierno de Emmanuel Macron también proviene de las clases medias y medias altas. En muchos casos, son herederas directas de la filosofía política de la centroizquierda europea clásica y temen que finalmente se vuelva inevitable que la derecha o la extrema derecha tome el poder.
Europa tiró demasiado de la cuerda. La educación, que en Francia es la rectora de la igualdad social y se rige por el precepto de la laicidad, quedó ahora bajo el fuego de reclamos que en otros países podrían parecer ridículos.
El alcance de los subsidios del Estado francés está mucho más allá de lo que incluso cualquier latinoamericano puede soñar. Las ayudas a franceses, inmigrantes y residentes temporales, así como a las actividades que desarrollan, pusieron en jaque a la economía de ese país.
Y la reacción ante estas crisis es siempre la misma: el afectado, de uno u otro lado, comienza a buscar culpables.
Candidatos a culpables en la Francia de hoy hay en todas las esquinas. Muchos de ellos forman parte de un proceso de inmigración que está fuera de control desde hace años. Gran Bretaña lo niega, pero está ingresando en un proceso similar. España también, aunque no en todas sus autonomías. Alemania pasó esos límites hace mucho tiempo.
Hay un aire de fin de época que se está asentando en Europa
En este contexto, es una hipocresía no hablar del peso que tiene en esta crisis la cuestión islámica. Y es una cobardía intelectual no llamar a las cosas por su nombre, sobre todo cuando se pueden verificar en el terreno. Sobre esta cuestión, muchos intelectuales han teorizado desde lejos y bajo la impunidad de no convivir con los conflictos. Y solo agravaron la crisis porque dieron y siguen dando basamento teórico a movimientos de colonización cultural que hoy avanzan sobre las costumbres y la cultura europeas más clásicas.
No es cuestión de abrazarse a los postulados que Michel Houellebecq desarrolló en su novela Sumisión, publicada en 2015. Pero, quienes se escandalizaron en ese momento, hoy ya no ven como una fantasía novelesca la posibilidad de que un hipotético «partido musulmán» termine colándose en alguna coalición de gobierno en Francia y, por lo tanto, dirija y transforme los destinos de la nación.
Parte de la falsa corrección política de Europa pasa por ocultar un contexto social que se complicó sin límite ante la inmigración procedente de países que expulsaron a sus habitantes en medio de guerras y hambre, tanto en Medio Oriente como en África.
Pero eso no explica todo el fenómeno. Una vieja frase —»el inmigrante que no se adapta a tu cultura no es un inmigrante, es un invasor»— es levantada hoy por la derecha europea y mirada de reojo por el resto de los votantes, que no quieren convalidar una Europa cerrada, pero comienzan a pensar que ya no pueden tolerar la fiesta de puertas abiertas que contribuyó a la crisis actual.
Los europeos comienzan a preguntarse por qué la inmigración procedente de países musulmanes eligió Europa como destino y no otros países de Medio Oriente. ¿Por qué Arabia Saudita, por ejemplo, no fue un destino elegido? Habría que revisar cómo trata el gobierno saudita a los musulmanes de otros países que fueron allí a buscar trabajo, bajo regímenes que en algunos casos se parecen más a la esclavitud que al empleo ocasional. El mundo árabe desarrollado no les permitió a los inmigrantes musulmanes lo que sí les permitió Europa.
Quienes sostuvieron postulados de apertura indiscriminada, apelando a una corrección política llevada al extremo, ahora comienzan a pensar en sus errores. El problema es que ya puede ser tarde.
Entonces, ¿todo lo que sucede en Francia y en Europa es culpa del costo que tuvo para esos países la inmigración? Ciertamente no, pero en la lista de los problemas el tema está en los primeros puestos.
A eso debe sumarse la existencia de un sistema de vida que ya no se puede financiar y cuya crisis muchos gobiernos se negaron a reconocer. Hoy Europa no atrae a los jóvenes; por el contrario, los expulsa. La posibilidad de alcanzar un buen nivel de vida se aleja cada día más. Vivir, comer, alquilar un departamento, comprar un auto o viajar se volvieron una utopía incluso para jóvenes profesionales con una sólida formación.
Los hijos de esos países comienzan a pensar en abandonar ese sistema de vida, ahora imposible, que armaron sus padres.
Algo pasó en la degradación del sistema de bienestar que los europeos construyeron desde que decidieron curar todos los males que dejó la Segunda Guerra Mundial.
La imagen de caos y desilusión de la juventud europea no debe conformar a nadie. De hecho, no es otra cosa que una foto peligrosa de cómo nuestra civilización se diluye. Y una pregunta vuelve, como siempre, a escena: ¿quién terminará pagando esta cuenta? Fuente: MDZ