Por Nicolás Bordón – A ochenta años del 17 de octubre, el movimiento nacido de la armonía entre capital y trabajo vuelve a interpelar la identidad política y social del país. Entre nuevas expresiones territoriales y viejas resistencias, el peronismo reafirma su condición de fenómeno cultural irrepetible. Desde CASTELLANOS, tomamos esta fecha como oportunidad para seguir pensando las transformaciones de uno de los movimientos identitarios de la cultura política argentina.
Una doctrina nacional
El peronismo no es un hecho político del pasado ni una maquinaria electoral agotada. Es, antes que nada, un fenómeno cultural argentino que atraviesa generaciones, gobiernos y derrotas, redefiniéndose una y otra vez en función de su tiempo.
Nacido de la armonía imposible entre capital y trabajo, el movimiento construyó una doctrina propia que escapó tanto a las categorías clásicas de izquierda y derecha como a los modelos importados. Su núcleo fue siempre una ética de la comunidad: la idea de que nadie puede realizarse en una sociedad que no se realiza en su conjunto.
Esa noción, más cercana al arte que a la ciencia política, se expresó en banderas que siguen vigentes (justicia social, independencia económica, soberanía política) y en una escala de prioridades que resume una forma de entender el poder: primero la Patria, después el movimiento, y por último los hombres.
Desde entonces, el peronismo se volvió una gramática política: un lenguaje que pueden hablar figuras, sectores y gobiernos muy distintos entre sí, pero que apelan a una pertenencia simbólica, a un mismo imaginario.
En la actualidad, esa gramática está siendo reinterpretada por una nueva generación de dirigentes que buscan devolverle densidad ética y vocación de futuro. La incorporación de Juan Monteverde y Caren Tepp, referentes de Ciudad Futura, a la mesa de Fuerza Patria, expresa ese intento de renovación que recupera las banderas históricas desde un compromiso territorial contemporáneo.
Frente a una etapa de fragmentación y desencanto, estas nuevas expresiones pretenden actualizar la idea de comunidad organizada en clave ambiental y solidaria, restituyendo al movimiento su capacidad de diálogo con las generaciones más jóvenes.
El péndulo argentino
Al mismo tiempo, el antiperonismo sigue ocupando su lugar estructural en la identidad argentina. Es, en cierto modo, su espejo invertido: una forma de negación que confirma su existencia.
Las campañas políticas más recientes de estas fuerzas opositoras, no sólo apelan a valores y representaciones políticas distintas, sino que también, exhiben la persistente ilusión de decretar su muerte definitiva. Cada derrota electoral del peronismo reaviva la idea de que el país puede, al fin, emanciparse de su influencia, como si se tratara de un cuerpo extraño.
Sin embargo, ese impulso no hace sino reforzar la centralidad del movimiento, porque la política argentina sigue girando alrededor de su presencia o su rechazo. El péndulo que oscila entre peronismo y antiperonismo no es una mera disputa electoral: es una tensión cultural que define la manera en que los argentinos nos pensamos a nosotros mismos.
Esa condición cultural vuelve al peronismo irreductible a los cálculos de coyuntura. Cuando parece agotado, resurge. Cuando parece fracturado, se reordena.
A ochenta años de su irrupción histórica, sigue siendo una fuerza que excede los partidos y los liderazgos. Una forma de interpretar la Argentina, de concebir la justicia y de pensar la comunidad.
En última instancia, su vigencia radica en lo que expresa del país que lo engendró: una nación que cambia, se contradice, se reinventa, pero nunca deja de buscar su lugar en el mundo.



