Los edificios en altura transforman el paisaje urbano de Rafaela

El reciente relevamiento socioeconómico publicado por el ICEDeL, reveló que la proporción de viviendas individuales descendió al 86,2% en 2025, marcando una transformación silenciosa pero profunda en la identidad arquitectónica de la ciudad. En paralelo, los edificios en altura ganan protagonismo en un paisaje que empieza, de a poco, a verticalizarse. Desde CASTELLANOS, analizamos los alcances de esta transformación del espacio urbano, resaltando sus principales características.

Por Nicolás Bordón.- Hasta hace poco más de una década, la mayoría de los rafaelinos habitaba casas con patio. En 2010, el 98% de las viviendas eran individuales. Quince años después, según el Relevamiento Socioeconómico Rafaela 2025, esa proporción cayó al 86,2%, mientras que la población que habita en departamentos aumentó del 1,3% al 12,2%.

El dato confirma un proceso de densificación urbana sostenida, que está modificando el paisaje, el modo de habitar y la distribución del espacio en Rafaela. En palabras del informe, «la ciudad ha atravesado un proceso de transformación en la configuración de su hábitat urbano, con un crecimiento sostenido de la densificación y un cambio en las tipologías habitacionales».

De la expansión horizontal a la verticalización

El auge de los edificios en altura tiene varias explicaciones. Una de ellas es el incremento del valor del suelo urbano, que obliga a maximizar su aprovechamiento; y otra es el crecimiento de nuevos perfiles poblacionales como hogares unipersonales (que hoy representan el 17,6%) y jóvenes estudiantes, en el marco del proceso de consolidación de Rafaela como ciudad universitaria.


A esto, se suma el aumento sostenido de la categoría estudiantes dentro de la población económicamente inactiva, debido a que en 2025 representan el 37,8% (más del doble que en 2005). Esta dinámica «tiene un impacto económico directo, especialmente en sectores como la vivienda, el transporte y los servicios», según detalla el informe.

El sociólogo Henri Lefebvre, en su obra «La producción del espacio» (1974), advierte que las transformaciones del espacio no son neutras, sino que por el contrario, responden a intereses económicos, reproducen jerarquías sociales y reconfiguran modos de vida. La nueva morfología urbana de Rafaela es también expresión de esas tensiones ya que toda transformación del espacio urbano, modifica también las prácticas cotidianas y las relaciones sociales que ese espacio permite.

Compactar la ciudad, complejizar los desafíos

Si bien la densificación permite una mejor eficiencia en el uso de infraestructuras, también exige nuevas formas de planificación. Los servicios urbanos tradicionales (como el estacionamiento, el acceso a espacios verdes o el tránsito barrial) no fueron diseñados para una ciudad en altura.

El informe señala, por ejemplo, que el 31% de los hogares usa agua de pozo, en muchos casos como complemento ante fallas de presión de red, lo que evidencia tensiones ya presentes en el sistema. A esto se suma que el 27,8% de las viviendas ya cuenta con sistemas de alarma, y el 63,5% con rejas en sus aberturas, reflejando un clima social donde la preocupación por la seguridad influye incluso en la arquitectura residencial.

Como advierte la socióloga Saskia Sassen en su obra «La ciudad global» (1991), la densificación sin regulación ni acceso equitativo al espacio genera enclaves cerrados y refuerza desigualdades. En este sentido, la transformación no está exenta de riesgos ya que la verticalización, puede derivar en procesos de segregación silenciosa, donde lo que parece modernización es, en realidad, segmentación. El cambio en la forma de habitar también transforma el imaginario colectivo. La casa con jardín, símbolo de movilidad ascendente durante décadas, cede espacio a unidades más pequeñas, en altura, y con servicios compartidos.

En términos simbólicos, el antropólogo Marc Augé en «Los no lugares» (2017), advierte que los nuevos espacios urbanos tienden a privilegiar la funcionalidad y el tránsito por sobre la historia y la permanencia. Esa idea encuentra eco en la nueva postal urbana de Rafaela, donde las casas bajas con árboles frondosos y veredas anchas conviven con edificios de vidrio espejado y portones automáticos. La ciudad no reemplaza lo anterior, sino que lo superpone, lo reformula y lo tensiona en una convivencia silenciosa, que transforma tanto el paisaje como las formas de habitarlo.

Un horizonte compartido

Rafaela ya no crece sólo hacia los bordes. También lo hace hacia arriba. Esta transformación, que comenzó silenciosamente, hoy moldea de forma visible la identidad urbana de la ciudad. El desafío no está en detener el cambio, sino en leerlo a tiempo y en pensarlo como parte de un Proyecto colectivo.

Planificar una ciudad más densa implica mucho más que gestionar alturas o metros cuadrados. Supone imaginar formas de habitar que respeten la diversidad de quienes viven, trabajan, estudian y envejecen en ella. Supone también pensar la convivencia en espacios más compartidos, donde la proximidad física no derive en aislamiento social. Lo urbano no es sólo infraestructura. También es vínculo, historia, paisaje, pertenencia.
Por eso, el modo en que Rafaela enfrente esta etapa de verticalización definirá no sólo su perfil edilicio, sino el tipo de ciudad que quiere ser en las próximas décadas.

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