Cuando el voto ya no convoca: las claves del desinterés electoral en Rafaela

Como venimos marcando en artículos anteriores, la apatía y el desencanto dominaron una jornada electoral que expuso, con crudeza, el divorcio entre la dirigencia y la vida cotidiana de la gente. Con niveles de participación que apenas rondaron la mitad del padrón habilitado para sufragar, Rafaela y el resto de la provincia vivió una de las elecciones con menor concurrencia ciudadana de la historia. Desde CASTELLANOS, analizamos este fenómeno que parece haberse instalado en el imaginario colectivo de una sociedad atravesada por la desafección política.

Por Nicolás Bordón- Ni las campañas electorales ni los candidatos lograron despertar el interés en el electorado rafaelino y tampoco, en el resto del territorio provincial. A medida que se apagan las urnas y se desarman las mesas electorales, una certeza incómoda permanece:  tanto Rafaela como el resto de la provincia, acaban de protagonizar una de las elecciones con menor participación ciudadana de su historia reciente. Los números hablan por sí solos. Según el informe oficial de las 12 del mediodía, apenas un 20% del padrón se había acercado a votar en las primeras horas del domingo. Para las 16:19, cuando la jornada ya transitaba su recta final, la participación apenas alcanzaba un 46%. Una cifra alarmante, no solo por lo que revela en términos cuantitativos, sino por lo que deja entrever: la consolidación de una apatía política que interpela a toda la dirigencia.

Sin embargo, tal como venimos analizando desde CASTELLANOS, el ausentismo electoral no es una novedad; mas bien, es un síntoma que se agrava. Las elecciones internas ya habían mostrado señales de advertencia con niveles de concurrencia significativamente bajos; y en este caso, lo sucedido en la reciente elección profundiza una tendencia que parece naturalizarse sin mayor escándalo: la desconexión entre ciudadanía y política, entre la acción del voto y su potencia transformadora.

Para comprender este fenómeno en su dimensión estructural, es necesario salir del análisis meramente coyuntural. Como advierte el sociólogo francés Pierre Rosanvallon, en su obra “La contrademocracia: la política en la era de la desconfianza” (2006) las democracias modernas enfrentan una crisis de representación que no se resuelve únicamente con la alternancia electoral, sino que requiere repensar las formas de vínculo entre los ciudadanos y quienes los representan. En Rafaela, esa crisis se hace carne cuando el acto de votar, que históricamente fue sinónimo de participación y de poder ciudadano, empieza a percibirse como una formalidad vacía. En este sentido, la falta de entusiasmo electoral se encuentra fuertemente ligada a un malestar más profundo: el descreimiento en la política como herramienta para mejorar la vida cotidiana. Las promesas incumplidas, la repetición de discursos sin sustancia, el desfile de candidatos que parecen más preocupados por capturar votos que por construir comunidad, terminan por corroer la confianza de los votantes. Y cuando la esperanza cede, lo que queda es la indiferencia.


Ahora bien, frente a este escenario nos preguntamos ¿la actitud ciudadana es el único costado para observar la problemática? Entendemos que no; sólo es una arista de un problema mayor. En este sentido, la desafección ciudadana frente al voto es también (y sobre todo) una deuda de la dirigencia. Una dirigencia que no logra entusiasmar, que no interpela, que no construye horizontes colectivos; contribuyendo a que el electorado no encuentre una oferta electoral que represente genuinamente sus inquietudes y sus expectativas. Lo que se manifiesta es una ruptura de sentido entre el acto de ir a votar y la transformacionales real de la vida diaria de los ciudadanos.

En este dirección el filósofo argentino Alejandro Grimson sostiene que la política contemporánea enfrenta el desafío de reconstruir lazos de sentido entre las decisiones públicas y las experiencias de vida de la población. En otras palabras, si la gente no vota es porque no siente que su voto tenga consecuencias reales en su día a día. Algunos testimonios de vecinos durante este domingo y días previos a los comicios, expresaron esta ruptura de sentido en frases como: “No fui a votar. ¿Para qué? Si al final siempre es lo mismo. Yo tengo tres laburos y sigo sin llegar a fin de mes. El voto no me cambia eso.”; “No me veo reflejado en ninguno. Hablan de cosas que no tienen nada que ver con mi vida. La política está totalmente desconectada de la calle. Por eso la gente se aleja.”; “Fui, pero por obligación. No siento que el voto sirva de mucho. Es como elegir entre lo malo y lo menos malo. Votás con resignación, no con convicción.”

La consolidación del vacío representativo

 En su obra “El retorno de lo político” (1993), la socióloga belga Chantal Mouffe, denomina como vacío representativo a esta ruptura del vinculo entre la ciudadania y el voto; donde el sistema democrático continúa  funcionando en lo formal, pero pierde densidad en lo simbólico y en lo afectivo. En este caso, votar deja de ser una herramienta de empoderamiento y se transforma en una obligación sin sentido.

Para cerrar, la pregunta que queda flotando es, ¿cuánto más puede resistir el sistema democrático si sus protagonistas (los ciudadanos) deciden dejar de participar? La democracia se sostiene en el ejercicio activo del voto, pero también en el compromiso de quienes buscan representar. Hoy, tanto en Rafaela como en el resto de la provincia, la alarma está encendida. La reconstrucción del vínculo entre política y sociedad, es una necesidad que no puede esperar más.

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