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Editorial

Un «permitido» autoasignado…

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Estamos transitando un agobiante verano, con encierros intra fronteras porque el «mundo» no es para los argentinos de a pie, ya que la mísera valoración de su moneda no permite poner un pie ni siquiera en países limítrofes. Seguimos jaqueados por una pandemia que hace estragos -es cierto- en todo el planeta, pero parecería que tiene especial predilección predatoria para con nosotros. Sentimos la escasez de productos que considerábamos parte de nuestra cotidianeidad. La clase política (no sólo ya la dirigente) hace una serie de piruetas para mantenerse/usufructuar/acrecentar su pequeño espacio de poder…Y encima de éstas desventuras ciudadanas, el Gobierno de turno se considera con derecho a intentar un nuevo avance artero y a través de siniestros personeros contra las instituciones de la República.
Como si los ciento cuarenta mil muertos por el Covid-19 no hubiesen existido, como si el vacunatorio vip tampoco. Como si las «festicholas» de la quinta presidencial hubiesen sido una risueña anécdota. Como si la destrucción sistemática del maltrecho parque productivo del País (en todas sus variantes) no fuera una realidad que nos golpea y golpeará sin ninguna duda a las generaciones venideras. Como si el salir a la calle y ser víctima de un delito violento, fuese una posibilidad absolutamente realista. En fin, como si en lugar de tratar de enmendar o arreglar, alguno de estos estropicios (y muchos otros) hubiese tiempo y margen político/ético, para tratar de asaltar uno de los escasos espacios (¡con sus muchas fallas!) conque se puede contar para crear una ilusión de «normalidad»; el Gobierno se toma el funesto trabajo de querer eternizarse.
Que D’Elía llame a la «insurrección» para «sacar» (sus palabras…) a la Corte Suprema de Justicia de la Nación; y que este dislate de país bananero sea avalado o prohijado por el propio Presidente de la Nación y su cohorte de impresentables, es, más que impropio, vergonzante para con los Argentinos y para con el mundo que no comprende que una Nación pueda caer tan bajo.
NO NOS MERECEMOS a esta altura de los acontecimientos, una afrenta de tal magnitud que nos deje inermes ante esta clase de sujetos que en cualquier lugar del planeta que se precie de «serio», no tendría otro destino que el de cárcel de por vida.
Pero claro, estamos en un espacio geográfico donde se mata a fiscales, donde se es impune luego de robarse la máquina de hacer dinero (y eso te transforma en docente en universidades que pagamos todos), donde todos pagamos las compras de petroleras a «empresarios» cobijados por el poder. Donde un gobierno pierde las elecciones de medio término y sale a festejar…¿Decir un País de «locos»…es mucho?
Deberíamos resistirnos hasta nuestras últimas fuerzas para aceptar esto. ¿Qué pensaría un San Martín, un Belgrano, un Roca, un Irigoyen, el mismísimo Perón si hoy nos juzgaran en este disparatado tránsito hacia el abismo?
Deberíamos reflexionar más que seriamente. Deberíamos oponernos con tenacidad a que se consume la destrucción de la Argentina que soñaron nuestros padres y abuelos. Deberíamos obligar a nuestros representantes elegidos democráticamente a cumplir con el juramento que hicieron al hacerse de sus cargos.
En fin deberíamos tratar de salvar a esta querida república que no se merece ¡para nada!, el ultraje de que es objeto.
editorial@diariocastellanos.net

Editorial

La agenda que desplazó al FMI

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En 1906 Frente al Arco del Triunfo Julio Roca le dio una clase de estrategia política a Leopoldo Lugones al que se había encontrado caminando por París. «Es una necesidad -le comentó- querer gobernar los acontecimientos. En política nunca se sabe lo que va a suceder. Yo he gobernado con los acontecimientos y creo que en esto consiste la habilidad del político».
Según esta visión pragmática del arte de gobernar, hay políticos que quieren transformar la realidad y que en la mayoría de los casos fracasan. En cambio, hay otros que se adaptan y la reconducen con mayor probabilidad de éxito. La generación del 80 en general y Roca en particular son prueba de esto último.
Alberto Fernández es un caso rarísimo de presidente que no entra en ninguna de las dos categorías. No intentó transformar y tampoco reconducir la realidad con la que se encontró.
Fue puesto en el cargo por Cristina Kirchner para que hiciera el ajuste macroeconómico que ella y Mauricio Macri habían eludido y supuso que disponía de la astucia suficiente para eludirlo él también. Ignoró o pretendió ignorar que el modelo populista lo exige de manera periódica y que no puede ser evitado.
En los 90 la cumplió Menem, en 2001, Duhalde, y en 2019 le tocaba a él, pero imaginó que podría transferírsela a su sucesor. De manera incomprensible dio por cierto el relato «K» de que el «modelo» de subsidios infinitos, déficit crónico y emisión descontrolada puede durar para siempre. No quiso pagar el costo del trabajo que se le había asignado y terminó paralizado, a la defensiva y a las puertas de una crisis de proyecciones alarmantes.
Esa es la explicación más general de por qué comenzó su tercer año de mandato con reveses cotidianos. Con el colapso del servicio eléctrico en el núcleo electoral del país, con la inflación en el 50% anual y expectativas de 60% para el año en curso, con un rebrote de Covid al que sólo atinó a responder mandando a los empleados públicos a sus casas, y con el embajador argentino en Managua confraternizando con el iraní acusado de ser el autor intelectual de la voladura de la AMIA.
Este último traspié no es atribuible, sin embargo, a ninguna herencia ni a ninguna estrategia de hacerse el distraído. Es producto de una disparatada política exterior con la que cree satisfacer las extravagancias ideológicas de su mandante.
Lo único «positivo» que derivó de tantos errores y dislates fue el desplazamiento de la agenda del problema más acuciante: la negociación por los vencimientos con el FMI que sigue en el mismo callejón sin salida de hace dos años (ver VISTO Y OÍDO).
El resultado de los parches y el vamos viendo quedó a la vista: los problemas no resueltos se agravaron y el colapso parece más cerca. Coquetea con el «default» y la inflación adquirió una dinámica que se ríe de los precios máximos, los cepos a las exportaciones y las tablitas cambiarias.
Mientras se aferre a la ya agotada receta de sus mentores, Néstor y Cristina, sólo le quedará admitir como hizo el miércoles con tono de pesadumbre: «Yo no sé que más nos va a pasar en la Argentina». Lo dijo como un espectador inocente de toda gestión. Fue el equivalente del «estamos en manos de Dios» de Duhalde. Una confesión de impotencia y fracaso.
Sería sin embargo erróneo suponer que su única estrategia consiste en victimizarse. También intenta involucrar a la oposición, apelando a la colaboración de dirigentes como el radical Gerardo Morales. Insólitamente les pide respaldo para presentar un frente unido ante el FMI, mientras el kirchnerismo socava cualquier posible acuerdo. En ese plano Axel Kicillof le dijo claro el miércoles pasado que «no se puede aceptar el ajuste».
Esa es la otra gran consecuencia de la «no gestión». Perdió las elecciones y su aislamiento se acelera cuando faltan todavía dos años para el fin de su mandato.
Cristina Kirchner se mantiene a distancia y un peronismo balcanizado y sin conducción lo descartó como alternativa. Hay encuestas que ya muestran que su imagen negativa supera a la de la vicepresidente lo que ha vuelto nula su utilidad electoral.
En este marco complejo, sólo cuenta con dos circunstancias favorables: la pasividad o complicidad de las corporaciones -sindicatos, empresarios, Iglesia, medios- y una oposición en estado deliberativo. En Juntos por el Cambio cuenta con el apoyo explícito de Morales y el tácito de Horacio Rodríguez Larreta que tomó distancia del presidente, pero menor a la que tomó Cristina Kirchner. El sector confrontativo de Macri y Patricia Bullrich es de todos modos mayoritario.
Este es el escenario en que las expectativas de poder se van modelando al ritmo de una crisis de pronóstico de incertidumbre creciente.
editorial@diariocastellanos.net

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Editorial

Tributos viejos y venideros

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Diversas estadísticas y estudios internacionales dan cuenta de que la Argentina es uno de los países con mayor presión tributaria. Su estructura impositiva ronda los 170 gravámenes una cifra récord en el mundo y estimaciones privadas dan cuenta de que un contribuyente promedio trabaja aproximadamente medio año solo para pagar impuestos. Sin embargo, el Gobierno no parece haber hallado una mejor solución al crónico déficit fiscal que seguir incrementando los tributos y crear otros nuevos. El vergonzoso pacto fiscal suscripto recientemente entre el Estado Nacional y las provincias, con la excepción de la ciudad de Buenos Aires, es una clara señal: no solo habilitó subas en impuestos absolutamente distorsivos como Ingresos Brutos y Sellos, sino que propició la creación por parte de las provincias del impuesto a la herencia.
Este tributo solo rige hoy en la provincia de Buenos Aires, donde se aplica desde 2011 y grava las transmisiones gratuitas que superan 1.344.000 pesos en el caso de que sean de padres a hijos o cónyuges, o aquellas a partir de los 322.800 pesos cuando son otros los parentescos. Tales alícuotas van del 1,6 al 6,4% según el nivel del patrimonio transmitido y del grado de parentesco. Afecta a aquellas personas físicas o jurídicas que reciban un bien ubicado en la provincia o que tengan domicilio en ella aunque el inmueble en cuestión se encuentre en otro distrito del país.
Otro caso emblemático en este tipo de impuesto fue Entre Ríos, donde se aplicó este gravamen, pero terminó siendo derogado, tras ser declarado inconstitucional por la Corte Suprema de Justicia local, a instancias de una presentación realizada por colegios profesionales de la provincia. Entre los puntos que fundaron la declaración de inconstitucionalidad, se probó que violaba principios tributarios de igualdad y de no confiscatoriedad y los principios constitucionales de proporcionalidad, de territorialidad y de protección de la familia.
Especialistas en derecho tributario coinciden en señalar que la iniciativa del Gobierno, que debería ser discutida por los poderes legislativos de cada provincia para su sanción, no debería aplicarse dada la elevadísima presión tributaria actual y en función de que estaríamos ante un nuevo impuesto sobre un mismo bien, por lo que se presentaría un caso de doble o múltiple imposición.
Los defensores del impuesto a la transmisión gratuita de bienes esgrimen equivocadamente que se trataría de un impuesto progresivo, por cuanto gravaría a quienes vayan a incrementar su patrimonio. En rigor, estaríamos ante la apropiación estatal de parte de un bien que es el fruto del trabajo de una persona o de una familia, y por el que ya se pagaron impuestos durante años. De alguna manera, constituye una intromisión más del Estado en las relaciones familiares, al tiempo que malversa la última voluntad de un difunto que quiso transmitir o donar a sus herederos lo obtenido con su esfuerzo personal.
Nuestra historia tributaria da cuenta de la existencia de una incompatibilidad entre el impuesto a la herencia y el impuesto al patrimonio global de las personas. Los países que gravan la transmisión gratuita de bienes no suelen tener impuestos a los bienes personales, como ocurre en la Argentina, donde además las propiedades inmuebles y los automotores están gravados con otros impuestos superpuestos, como el inmobiliario y el de patentes, respectivamente, por no hablar del gravamen sobre las grandes fortunas creado en la actual gestión gubernamental nacional.
La territorialidad plantearía no pocos problemas si el proyectado impuesto se aplicara en algunas provincias. Como afirma el especialista Santiago Sáenz Valiente, si se diseminara este gravamen en varios o en todos los distritos provinciales, se requeriría plantear pagos a cuenta cruzados en virtud de la ubicación física de los bienes alcanzados.
La cada vez más asfixiante presión tributaria solo consigue que un creciente número de personas de buen poder adquisitivo elijan radicarse en otros países o mudar su residencia fiscal. El informe Ieral de la Fundación Mediterránea reportó que, de 2019 a 2020, se triplicó la cantidad de argentinos que tramitaron residencia fiscal en Uruguay y se duplicó en 2021. El vecino país otorga vacaciones fiscales por diez años para todo lo que tengan fuera del país. Lo mismo está ocurriendo con ciudadanos argentinos que fijan su domicilio fiscal en España, Estados Unidos y Paraguay.
Como con muchos otros impuestos, es esperable que la recaudación imaginada por los burócratas por este nuevo tributo termine siendo mucho menor y que los costos de esta irrefrenable voracidad fiscal confiscatoria sean mucho mayores que sus eventuales beneficios.
editorial@diariocastellanos.net

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Editorial

La casa de papelitos y errores

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20.41 Cuando Sergio, el Profesor de la serie La casa de Papel, explica a sus discípulos que van a atracar al Banco de España, las consecuencias nefastas que tendrían sobre la economía la noticia del robo del oro de la reserva nacional, hace mención del descalabro financiero que sufriría la nación. Además de la caída de la Bolsa, el riesgo país después de perder todas sus reservas «subiría a 800 puntos y España no tendría respaldo crediticio internacional. Entonces deberán negociar».
La Argentina casi no tiene reservas y el riesgo país haría empalidecer al profesor ya que asciende a 1.800 puntos, mucho más de lo imaginado como escenario catastrófico.
Lo singular del caso argentino es que esta situación de default no es la primera vez sino la novena vez que tropezamos con la misma piedra, sin que hayamos mostrado ni la astucia ni el aprendizaje ni la humildad de enmendar errores que se tiñen de parcialidad política y eslogans partidarios para justificar tal desatino. Esto demuestra que no hemos aprendido nada ni intentado modificar nuestras costumbres, al igual que un alcohólico o un adicto.
La decadencia nacional por esta contumaz costumbre inflacionaria, dilapidadora, y de miópica cortedad de miras es evidente e indiscutible (en realidad, acá todo es discutible…) y abarca todas las áreas sensibles desde la educación hasta la energética, desde la salud hasta la industrial. País de enormes recursos, Argentina ha tenido una capacidad de recuperación, a veces increíble, después de cada una de la docena de crisis sorteadas en los últimos años. Sin embargo, jamás dicha recuperación ha sido ad-integrum, siempre se vuelve un escalón más abajo, y la asiduidad de las crisis impide recuperar el aliento.
Justamente, esta supuesta capacidad de recuperación, esta falsa bonanza es la que crea tal percepción de riqueza inagotable y la consecuente dilapidación. La verdadera riqueza no está en tener sino en saber: saber administrar, saber programar, saber ahorrar y saber saber. Por lo visto nuestra conducción ha demostrado no estar a la altura de las circunstancias y continúa con políticas facilistas y prebendarias: migajas y promesas (incumplidas e incumplibles) a cambio de votos.
Tras cada crisis y dada la sucesión casi continuas de conflictos, el país se ha convertido en un plano inclinado que va arrojando a sus habitantes a un sumidero y desde la profundidad de dicho pozo se pierden las perspectivas. Lo que para algunas naciones es la peor pesadilla, en nuestro caso es lo cotidiano. La descripción apocalíptica del profesor en La Casa de Papel, es la realidad aumentada del país. Nos revolcamos en un merengue y pensamos que eso es lo normal. Creemos que por estar Dios de nuestro lado (¿lo está?) tendremos crédito ilimitado, aunque la etimología de esta palabra ya lo dice todo: creditabilidad. ¿Con 9 defaults? ¿Habiendo sacado 13 ceros a la moneda? ¿Alguien nos puede creer con estos antecedentes? ¿Por qué esta vez vamos a hacer bien los deberes si las mismas autoridades dicen que vamos a copiar conductas pretéritas, esquemas ancestrales de discursos populistas?
Y esta enorme deuda que nos preocupa es la externa, la exigible, la llaga que mostramos al mundo, de la que se lleva una cuenta minuciosa. Pero hay más deudas. Está la interna, de infinitos préstamos y recontra préstamos, con bonos, bonitos, leliqs y papelitos que suma casi como la deuda externa pero por la que pagamos un 40% anual, creando una enorme masa de papeles y papelitos fantásticos para la timba a la que somos tan afectos.
Y está la deuda invisible, la deuda enterrada la que está en los caños y conductos, oleductos y cableríos que no vemos. ¿Por qué los cortes de luz? Porque el sistema energético ha sufrido por años de desinversión, pero la peor parte son las distribuidoras de energía y cámaras transformadoras que han quedado obsoletas. ¿Quién dará la plata necesaria para esta transformación? No sé, quizás haya que preguntarle al profesor…
Lo mismo puede decirse de la salud pública (con equipos obsoletos o que no funcionan), o la salud privada que va en camino de la obsolescencia (aunque ésta no sólo sea un problema de las autoridades).
Las deudas se acumulan, los riesgos aumentan, los márgenes se acortan y la única solucion que ofrecen las autoridades, después de haber perdido nuestras reservas, es seguir imprimiendo papelitos de colores que salen de la casita sin oro. «Solo vemos las consecuencias cuando están delante de nuestras narices», afirma uno de los personajes de la serie que bien podría haber nacido en La Matanza, Balvanera o Palermo, aunque se llame Tokio.
Si no pudimos aprender de nuestros errores al menos aprendamos de una serie de televisión…
editorial@diariocastellanos.net

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