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Privilegios de la vida presidiaria en el gobierno de las incongruencias

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Por Florencia Retamoso. La semana pasada trascendió el dato de una inversión millonaria del Gobierno Nacional -más específicamente del Ente Nacional de Comunicaciones (Enacom)- destinada a proveer de mejor conexión de internet al Sistema Penitenciario Federal, es decir a las cárceles. Se trató de una suma de mil millones de pesos para cambiar el tendido de fibra óptica en los establecimientos carcelarios, para que la conectividad sea más eficiente.
Los motivos que dan las autoridades para semejante asignación de recursos se debe a las dificultades que implica la pandemia -con esta particular y pronunciada suba de casos reciente- para sostener audiencias que, en condiciones normales, implican traslados de los presos a los tribunales. No existiendo esa posibilidad, se apuesta por la modalidad virtual, del mismo modo en el que se apeló a este método para sostener la actividad escolar durante el confinamiento. Ya de esta similitud nos surge preguntarnos: ¿por qué no vimos un gesto similar del Gobierno para asegurar y mejorar la conectividad de los chicos que no podían asistir a clases?
Hay que recordar (aunque las madres y padres que lo padecieron lo tienen fresco en la memoria) que 2021 fue, en gran medida, un año de tensiones innecesarias sobre el capricho irracional por parte del Gobierno de mantener las escuelas cerradas, mientras los casinos y los shoppings funcionaban casi normalmente. En los momentos más álgidos de la discusión entre el presidente de la Nación y el gobernador de la provincia de Buenos Aires contra miles de padres, madres y familias que -asistidas por la razón epidemiológica y por el valor de su reclamo, pedían que se abran nuevamente las escuelas, no presenciamos nada semejante a esta iniciativa que hoy se aplica a las cárceles con tanta liviandad.
Esto parece especialmente grave dado que se argumenta además, que una mejor conectividad les permitirá a los presos poder estudiar y formarse en mejores condiciones. Es decir, se argumenta sobre el potencial educativo de la inversión, lo cual revela las extrañas prioridades del Gobierno Nacional que no dejan de asombrarnos. ¿Por qué los presos sí, pero nuestros chicos no? ¿Por qué las familias, especialmente las más humildes, tuvieron que cargar con las dificultades de una escolaridad arbitraria e indebidamente interrumpida sin recibir las mínimas herramientas tecnológicas adecuadas para sostener, aunque sea endeblemente, esa estresante situación cotidiana? Esa pregunta, que fue gravitante el año pasado, adquiere a la luz de estos nuevos acontecimientos un peso aún mayor. Y es también parte de una pregunta mayor, que apunta a qué hace el Gobierno con la plata del Estado (o sea, con nuestra plata). ¿Dónde están sus prioridades?
Pero se suma además, otro elemento objetable que tiene que ver con los privilegios extraños de los que gozan en la Argentina las personas que están, por motivos de su accionar indebido, privadas de su libertad. ¿Qué garantías nos da el Gobierno de que esta mejora en la conectividad no será aprovechada por los focos delictivos que operan en las cárceles para expandir y potenciar sus operaciones? El proyecto no incluye nada en esa dirección.
Basta recordar, como contrapunto, una innovación legislativa presentada en 2014 por los entonces senadores nacionales por la ciudad de Buenos Aires, Gabriela Michetti y Diego Santilli, que consistió en colocar inhibidores de señal de celulares en las cárceles y en la realización de controles, en cada establecimiento, de los llamados telefónicos y contactos vía internet, que estarían disponibles para eventuales investigaciones judiciales por ciberdelitos y de otras índoles.
No hay que olvidar que las cárceles son puntos de encuentro y contacto de muchos delincuentes que siguen ejerciendo, aún en reclusión, sus roles dentro de las organizaciones delictivas que integran, como saben todos los que siguen y estudian la problemática del narcotráfico (de hecho uno de los primeros establecimientos que gozará este upgrade informático es el penal de Marcos Paz, que aloja a muchos de los cabecillas más peligrosos del narco en la Argentina). El proyecto actual, que abunda en las virtudes educativas y logísticas de la medida, no incluye ninguna consideración de este tipo, tan vital para la seguridad de la ciudadanía.
El derrotero de deterioro en esta cuestión es palpable: en marzo de 2020, con la excusa de la pandemia, se levantaron las restricciones al uso de celulares en las cárceles, dando a los delincuentes más oportunidades de comunicarse con el mundo exterior y por ende más herramientas para delinquir. Hace poco trascendió la noticia de un grupo de presos de Florencio Varela que es furor en Tik Tok, transmitiendo desde la cárcel (y que expresan todo un fenómeno de tiktoks hechos desde establecimientos carcelarios). Los delincuentes transmiten con teléfonos que deberían solamente utilizarse para que los reclusos se comuniquen con sus familias (¿teléfono fijo no hay en las cárceles?) pero en los establecimientos reconocen que no pueden controlar que todos los presos los usen adecuadamente.
Más allá de la «nota de color» de los presos que hacen videos en Tik Tok, este dato se vuelve verdaderamente preocupante. ¿Por qué los delincuentes pueden tener acceso a herramientas cuyo buen uso, según admiten en el propio Sistema Penitenciario, no se puede controlar? ¿Qué nos garantiza que esta mejora en la conectividad no será un hito más en esta progresiva emancipación de los delincuentes (que incluyó, como recordarán todos, liberación de presos durante el comienzo de la cuarentena)? El proyecto no lo dice.
Nuestro rol como oposición es, en gran medida, complementar estas fallas del poder de turno aportando los elementos que faltan para una consolidación de la república en cada medida de gobierno. Siendo así, es nuestra intención promover que esta normativa tan necesaria como ausente vuelva a la escena: un conjunto de herramientas y dispositivos legales que limiten las libertades de comunicación de los presos y que resguarden, por consiguiente, la seguridad de la ciudadanía.
Más allá de esas implementaciones necesarias, el proyecto padece -de cualquier modo- de mal timing. ¿Es este el momento para una inversión de esta magnitud, orientada a estos objetivos? Con una de las crisis económicas más graves de las que se tenga memoria (inflación galopante, desempleo, retraso cambiario, desactualización tarifaria, etc.) y a la espera interminable de un acuerdo con el Fondo que no se termina de resolver, pero que con toda seguridad nos va a exigir el ejercicio de sensatez de no derrochar los fondos públicos, este tipo de noticias muestran un desorden en las prioridades del Gobierno que ratifica su intención de seguir consolidándose en los sectores sociales que ya lo apoyan (siendo los presos, justamente, uno de ellos, como muestran los últimos resultados electorales).
Es típico del kirchnerismo hacer este tipo de cosas, mediante las cuales se quiere mostrar como un gobierno que piensa en los «postergados» (como si un preso fuese víctima de las circunstancias y no de sus muy malas decisiones). Pero estas cosas muestran la hilacha, cada vez más conocida por todos los que padecemos sus decisiones que, cuando no son meramente erróneas son directamente autoritarias. ¿A quién postergan estas medidas a favor de los postergados? ¿Las ciudadanas y ciudadanos argentinos tenemos que esperar a convertirnos también en postergados para que nos toque una? Quizás en su lógica tan peculiar ese es el camino que sigue el Gobierno. Habrá que ver si la ciudadanía lo acompaña.
*Diputada provincia de Buenos Aires (Juntos)

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Memoria de carnavales

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Tercera parte.

Por Alcides Castagno. En dos ediciones anteriores fuimos resumiendo testimonios de quienes, por entusiasmo y habilidad, fueron aportando historias y anécdotas de distintos tiempos de los carnavales rafaelinos. No siempre fueron iguales, no siempre mantuvieron un nivel de crecimiento pero siempre contaron con hombres y mujeres dispuestos a inventar un espectáculo para divertirse y divertir. Tal el caso, por ejemplo, de Nino Giuliani, un gran participante con los recursos mecánicos a los que echaba mano. Otro de los personajes animadores de carrozas temáticas fue el entusiasta «Pichón» Grana.
En esta oportunidad comenzamos tomando la memoria de Antonio Castillo, señalado por sus colegas como muy imaginativo. «La primera vez, en el 62, se le ocurrió participar en el curso a uno del grupo, apenas detonada la bomba de las 18 que daba por terminado el permiso para mojar. -¡Pero el corso es esta noche!- objetó alguien; poco importó: desarmamos un colchón, fabricamos la indumentaria con trozos de tela, se consiguió laca para improvisar iluminación que le dieran brillo a la oscuridad de la tela, lo que hizo decir al conductor desde el palco central: ¡che, qué olor a alba mate!. En los años siguientes -continuó Castillo- nos preparamos mejor, hicimos Los Cazadores de Tigres, el Astronauta, el Cazador de Mariposas».
La búsqueda de recursos para los participantes no era cosa sencilla, pero el impulso creador siempre encontraba salidas, por ejemplo la que menciona Eduardo Alessio: «Necesitábamos un acordeón y no lo teníamos, a lo que Bellezze nos dijo ‘despreocúpense, yo se lo consigo’. Y efectivamente, le pidió a Casa Colombo un acordeón enorme que tenía en el cartel del negocio. Los Colombo accedieron, pero con un compromiso escrito que nada habría de pasarle al instrumento».
Los bailes eran un apéndice necesario de los corsos, adonde la mayoría llegaba ya con sus luces encendidas y a lo que las instituciones agregaban números musicales de atracción. El público, veleidoso sin explicaciones, se volcaba de una institución a otra. Así, Juventud, Boca, Independiente, Quilmes se alternaron los favores de los bailarines. Oscar Pautasso cuenta algunas características de los bailes de Independiente. «El apogeo del club fue por los años 50 y el público se agolpaba a pesar de ser un club riguroso con los permisos, con la vestimenta y con las mojaduras dentro de la institución. Había que limitarse a serpentinas y papel picado. Eso hasta las dos de la mañana. A esa hora, las madres se retiraban, las chicas quedaban y a la voz de «piedra libre» a cargo de Raúl Paublán, eso era un descontrol donde el agua salía de los baldes de hielo, de los vasos, de los recipientes ocultos, formaba una extraña pasta mezclada con el papel picado y nadie se quejaba porque ya estaba así establecido».
Otra anécdota -sigue relatando Pautasso- fue un viernes en que un grupo de allegados nos reunimos, como todos los viernes, a cenar en el club; Almada, Guadagno, Colucci, etc. Y siempre venía el Chango Farías. Esa noche demoraba demasiado, sin explicaciones. Cuando llegó como a las 10 apenas saludó: «No saben lo que me pasó! Venía de Sunchales por la 34 y después de una curva, en plena ruta, ¡un plato volador! Brillante, con luces… Yo pensé: me llevan. Cuando llegué cerca, bajaron dos tipos vestidos de marcianos y se arrimaron a mi auto. Me hicieron señas, abrí un poco la ventanilla y uno de ellos me dice: para los corsos de Rafaela, ¿vamos bien?. Era una carroza de Suardi que venía a participar».
En los años 80 prácticamente habían desaparecido los carnavales como tales, reduciéndose a algunos bailes.

Fue en el año 92 cuando, instalada en la Subsecretaría de Cultura Marta Giura, creó el «Carnaval de los Locos Bajitos», por el cual hasta el 2008 le dio a la fiesta una participación popular masiva, con su origen en los barrios periféricos a los que la Municipalidad asistía para la confección de disfraces, instrumentos, etc. Los destinatarios eran los más pequeños, entre los que se establecían concursos. Los adultos participaban como espectadores y formando comisiones barriales de apoyo. En un artículo publicado en la revista Ariadna Tucma, firmado por María Cecilia Tonón y Claudio Stepfer, se dice: «(…) Hasta aquí podemos inferir que este carnaval formaba parte de una propuesta cultural definida, claramente orientada hacia las clases postergadas, en sintonía con una ideología que revalorizaba la cultura popular, con especial énfasis en la formación de los niños y los jóvenes con menos recursos».
La repercusión masiva del Carnaval de los Locos Bajitos fue indudable y mantuvo el fuego encendido de una festividad que distaba mucho de los distinguidos bailes del Club Social, luego Jockey Club, del Centro Ciudad de Rafaela y algunos intentos sectoriales de tono menor que no alcanzaron los objetivos propuestos. En los últimos años, la integración de batucadas con una entusiasta exhibición de coreografías y piel y su desfile, cumple con señalar «aquí está el carnaval», pero ya Rigoni no monta sus engendros ciclistas ni los taxis locos sorprenden, ni la Habana Jazz pone el marco necesario para que el «pelado» Florio luzca sus atributos.
En un oculto amplificador de la nostalgia, Julio Sosa nos sigue cantando «Sacate el antifaz / te quiero conocer / tus ojos por el corso / van buscando mi ansiedad / Tu risa me hace mal / mostrate como sos / detrás de tus desvíos / todo el año es carnaval».

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Memoria de carnavales

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SEGUNDA PARTE.

Por Alcides Castagno. Los carnavales, esa especie de catarsis de liberación sensorial que preceden a los cuarenta días de abstención y sacrificio como es la cuaresma, tiene tantas historias propias como lugares en la geografía universal. Rafaela no es ajena a una tradición tan arraigada y por eso desde el Museo Histórico Municipal se convocó a un grupo de personas que participaron de mojaduras, máscaras, corsos, bailes y carrozas, para que cuenten sus experiencias entre emociones y risas. Así comenzamos en la entrega anterior con los divertidos testimonios de Eduardo Alessio, que vale la pena continuar aquí.
«Un año, Bellezze con Scaraffia organizaron un concurso para carrozas premiadas en otros lugares, entonces dijimos con Pieruccioni: ¿y si nos presentamos diciendo que somos de afuera? ¿no nos meterán presos? Corrimos el riesgo, hicimos un pescado como de cinco metros, lo guardamos en casa de Rigoni y lo inscribimos en Villa María; no ganamos premios pero nos dimos el gusto, y nos divertimos como mascaritas ‘cordobesas’. Al año siguiente me dediqué a fabricar enanos cabezudos y así se creó una categoría especial con la que entramos en el circuito de corsos y concursos de distintos pueblos».
A su turno, Leonello Bellezze cuenta su aventura cuando, al principio de los sesenta, los corsos empezaron a decaer y perder interés; a la dupla Bellezze-Scarafía se les ocurrió proponer al entonces intendente Rodolfo Muriel la organización de un certamen nacional de carrozas. Se estaba dando en los principales corsos de la región la aparición de las carrozas articuladas, con movimientos y efectos especiales.
«Con el visto bueno del Intendente, salimos a recorrer los principales corsos, tanto de día como de noche, además conseguir galpones y tinglados donde guardar las grandes estructuras, hasta que llegó el fin de semana con toda la incertidumbre. Uno de los carnavales más importantes era el de Sastre; fuimos a hablar para que participen y nos rechazaron de mala manera. Finalmente, nuestro certamen fue un éxito rotundo, aparecieron concursantes inesperados y además habíamos contratado otras atracciones, como los taxis locos que fueron la delicia de chicos y grandes. Se reunieron treinta mil personas. El jurado estaba integrado por el arquitecto Severín, el ingeniero Báscolo, el doctor Comtesse, Emilio Grande y Sara López Caula, quienes puntuaban cada uno de los componentes del conjunto. Siempre recordamos una carroza con un enorme gaucho sentado, que tomaba mates y cada sorbo lo arrojaba a un lado y otro al público como si fuera saliva. Fue un éxito increíble, dimos premios importantes y con parte de las utilidades compramos abrigos para el hospital. Aún así, enseguida surgieron los que decían que eso debía ser organizado por la Municipalidad y no por una empresa privada, al año siguiente apareció gente que compraba carrozas, que ofrecía dinero, en fin… se empezó a tergiversar la iniciativa original y todo terminó.
Cuando llegó el turno de Pieruccioni, quiso hacer una mención especial de Rubén Gerbaudo a quien -dijo- le prestábamos un grabador Geloso para que practique en sus comienzos en la radio; aprovechando sus condiciones, hizo de locutor en nuestra carroza El Circo. Continuó con un llamado a las vecinales para que se pongan de acuerdo y se pueda recuperar el antiguo y colorido arte de las carrozas. «Esa actividad entusiasma a los chicos, les enseña a ser creativos y a trabajar con las manos, a ocupar su tiempo para un fin común y para contribuir con la alegría de la gente, tan necesaria siempre. En aquel momento, la vecinal no se decidía así que nos pusimos nosotros en familia, y participamos con «El monstruo de las cavernas». Sacamos el segundo premio. ¿Saben con qué lo hicimos? Con cañas, pedazos de piolines viejos, alambre, bolsas de portland, pintura que nos donó Laurenti y otros comercios que colaboraron. Así se hacían las cosas. Y se pueden hacer nuevamente hoy».
Jorge Bircher aportó lo suyo con una anécdota. Participaban con una carroza en la que tenían interacción con el público. «Mi padre en una oportunidad saltó de la carroza, se sentó en la falda de alguien que estaba en una mesa como público. Allí se levantó un poco la máscara, tomó un trago de cerveza, saludó y se fue. Al día siguiente ese señor fue a la DGI donde trabajaba mi padre para contarle lo que le había hecho un ‘pájaro loco’; ¡era yo!, le dijo mi padre, y rieron de buena gana ante la sorpresa de la ‘víctima'».
Uno de los participantes más impactantes ha sido Norberto «Beto» Rigoni con sus bicicletas y triciclos de las formas más estrafalarias. Él mismo relataba sus experiencias. «Todo había empezado con mi padre, que era fabricante de bicicletas y participaba en los corsos de los años 50 en avenida Italia. Fabricaba 10 o 15 bicicletas que conducían, entre otros, Oclides Kalbermatten, Capogrossi, Epifanio Sánchez, corredores ciclistas y motociclistas. Yo miraba desde abajo con mi niñez y mi primera participación fue en el año 64 en los corsos de avenida Santa Fe. Después de un tiempo me alejé por distintos motivos y volví por el 2002, 2003 en los carnavales de avenida Suipacha. Allí me di cuenta que con mi edad ya no debía estar a 3 metros de altura, me mareaba y tuve que practicar tres días para subir. Desde entonces es sólo un hermoso recuerdo sobre todo por mi padre».
La lista de los memoriosos seguía esperando en la pequeña sala del Museo Histórico. La idea era revivir un tiempo de hechos y costumbres que han sufrido transformaciones a través de los años. Continuaremos registrando los testimonios de aquellos protagonistas de un mundo de fantasía y serpentinas donde suena el viejo tango «Te quiero conocer / saber a dónde vas / alegre mascarita que me gritás al pasar…»

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Memorias de carnavales

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Primera parte.

Por Alcides Castagno. Como sucede con casi todos los hechos que trascendieron su propio tiempo, la paternidad del Carnaval es reclamada por diversos orígenes. Algunos la atribuyen a las fiestas en homenaje al buey Apis, a quien los egipcios honraban para pedir o agradecer la fertilidad y buenas cosechas. A los griegos les gustó y se lo llevaron para sus islas para celebrar a Baco por la producción de uvas, vino, comidas, fiesta, pero los romanos, que de todo se apropiaban, lo incorporaron a su iconografía, veneración y -claro está- a sus fiestas, con las Saturnalias, donde después de sacrificar un toro en el templo, seguía un banquete público y luego todo tipo de excesos.
Lo cierto es que, entre guerra y guerra, entre siembras y cosechas, dominantes y dominados recurrían a celebraciones que, de tan resonantes, atravesaron los siglos como las dionisíacas, las fiestas andinas prehispánicas y las culturas afroamericanas. Ninguna de ellas logró superar la tradición que permanece hasta nuestros días desde la edad media y que está ligada a la Cuaresma católica, periodo que comienza el miércoles de ceniza, cuarenta días antes de la Pascua, en cuyo tiempo se limita el consumo de carne. Ante esta tradición, se impuso que desde una semana antes, el pueblo se suelta a todo tipo de exteriorizaciones sin timideces ni pudores, para luego entregarse al recogimiento litúrgico. El término Carnaval proviene así del latín «Carnem levare», abandonar la carne en su significado más amplio: la carne como alimento y los placeres de la carne.
La Pascua de Resurrección, que es el domingo inmediatamente posterior a la primera luna llena tras el equinoccio de marzo, varía todos los años entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Desde esa fecha 40 días hacia atrás, se cuenta la cuaresma y los 6 días previos es el carnaval.
Si bien en algunas ciudades del mundo (p.ej. Venecia) el carnaval es un hecho disciplinado, elegante y artístico, en muchas otras partes le celebración se transformó en un suceso popular por excelencia, con el matiz propio de cada región. No es lo mismo la grandiosidad de Río de Janeiro que las diabladas de Humahuaca o el paseo turístico de Gualeguaychú. Los pueblos sudamericanos de sangre caliente dan una impronta que no siempre trasciende, salvo su derroche de alcohol y ritmo, sus danzas alocadas, su inspiración fantástica y esa efímera sensación de liberación de los sentidos.

Memorias rafaelinas

Ahora llegamos al más acá, al lugar que cohabitamos. Mi memoria antigua me suena a bomba de las 2 de la tarde por la que la policía habilitaba baldes y pomos con los que varones a mujeres y viceversa celebrábamos nuestro carnaval mojándonos mutuamente. Todos sabíamos que estar en la calle a esa hora era exponerse a una mojadura impune. Algunas «chatitas» recorrían la ciudad con bombeadores manuales y sálvese quien pueda. El código no escrito establecía que ningún varón mojaba a otro varón ni ninguna chica a otra congénere; también se respetaba a personas mayores, especialmente si estaban vestidas «de salida». A las 18 otra bomba de la policía señalaba el final de la «piedra libre» y todos guardábamos nuestro arsenal para el día siguiente.
El carnaval, entre nosotros, tenía varios elementos más, que involucraban a todos los sectores socio-económicos de la ciudad. Los primeros indicios lo daban las mascaritas sueltas -normalmente niños- que al atardecer lucían sus engendros con voces aflautadas mientras algo iban consiguiendo para endulzar la gira. Con respecto al resto, nos remitimos a una convocatoria que realizó hace unos años la Asociación Amigos del Museo Histórico, con asistencia además de dos referentes: Luciana Buffa y Viviana Bai. La sala destinada a la reunión resultó insuficiente ante la concurrencia de los que en algún momento tuvieron protagonismo. Luciana mencionó la presencia de Pieruccioni, Alessio, Capella, Rigoni, Bellezze, Bircher, Pautasso, Tapia, entre otros. Cada uno de ellos fue desgranando recuerdos para reconstruir una historia viva.
Eduardo Alessio: «Los culpables de mi participación en el carnaval son Leonello y Pieruccioni; yo por el carnaval tuve muchas cosas, hasta me casé por el carnaval -risas generales incluso de la esposa allí presente- pero ya les voy a explicar: un premio de 47.000 pesos me decidió a casarme porque alcanzó para el traje, la fiesta y la luna de miel. Si no hubiera sido por el Carnaval, quién sabe cuándo, agregó con un cruce de miradas divertidas con su esposa. Hablo de los años 70, cuando todos teníamos tiempo; había tiempo para charlar, para jugar, para compartir momentos. De los corsos de avenida Santa Fe íbamos a los bailes de Juventud, que después absorbió Boca y después Quilmes. Nosotros éramos un grupo de amigos que para los carnavales también nos disfrazábamos, pero para hacerlo había que pedir permiso a la policía. Nos colocábamos antifaces negros para que no nos conozcan y poder hacerles bromas a los conocidos, pero para entrar al baile disfrazado había que mostrar el permiso. Nuestros disfraces eran muy precarios: tres o cuatro alambres, tenazas, engrudo y unas bolsas de portland. El asunto era ocupar el tiempo; un día nos pusimos a fabricar caretas, hicimos moldes de barro y fabricamos unas setecientas, pero ¿qué pasó? ese año salieron las de plástico que se vendían a 1,20. Entonces empezamos a pensar en fabricar una carroza para un concurso que organizaba Bellezze en los corsos de avenida Santa Fe…» Alessio, entusiasmado con los recuerdos vividos tan intensamente, se internó en un relato de carrozas, corsos y concursos, que seguirán en una próxima nota.
Las memorias de carnavales son recuerdos tan intensos como divertidos que sus protagonistas reviven y sus espectadores disfrutamos.

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