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Cultura

Presentarán en el Viejo Mercado la obra ganadora del Premio «Alcides Greca»

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08.02 Se trata de “No es lo suficiente”, el libro de relatos de Santiago Alassia, que tendrá su presentación oficial en nuestra ciudad el próximo jueves 9 de diciembre.

El próximo jueves 9 de diciembre, a las 20:00, “No es lo suficiente” de Santiago Alassia será presentada oficialmente en la Biblioteca Popular “Lermo R. Balbi” del Complejo Cultural Viejo Mercado, Sarmiento 544 de la ciudad de Rafaela.

La obra resultó ganadora del Premio Provincial de Narrativa “Alcides Greca” que impulsa el Ministerio de Cultura de Santa Fe, y será presentada por Matías Aimino junto al autor.

Además, estará presente el subsecretario de Industrias Creativas, Félix Fiore y, en forma virtual, el escritor Luciano Lamberti.

Según la descripción realizada por el propio Lamberti, “No es lo suficiente” es un libro “compuesto de voces: desequilibradas, psicóticas, ingenuas, únicas en su singularidad, barriales o extrañas, tan adictivas que su lectura dan ganas de salir corriendo a escribir”.

Alassia reproduce en contundentes y poderosos monólogos externos la riqueza íntima de estos personajes, que caminan trágicamente por el borde del abismo, algunos incluso sin saberlo, y son presos de identidades que forjaron los demás.

Los cuentos que componen «No es lo suficiente» son minúsculas y desoladas biografías, los pensamientos de alguien que no puede dormir, testimonios de la opacidad de los acontecimientos. Leí este libro con estremecimiento físico”.

Sobre el autor

Santiago Alassia nació en Rafaela en 1979. Escribe narrativa, poesía y teatro. Publicó magún magún (poesía, 2019); Por lo bajo (cuentos, 2017); Hueco en el mundo (poesía, 2015) y Juan y Antonio (nouvelle, 2009). Desde 2018 es parte del proyecto «ViajaPalabra», que lleva obras y talleres de poesía y de teatro a escuelas, centros culturales, bibliotecas y otros espacios de Argentina y países limítrofes.

Al momento de su designación como ganador del premio Alcides Greca, Beatriz Vignoli escribió para Rosario/12: “Este rafaelino nacido en la pampa gringa en 1979 acaba de ganar el Premio Provincial de Narrativa en la categoría inéditos con una colección de diez relatos. Y está produciendo algo de la mejor literatura argentina, precisamente porque no escribe desde ningún lugar seguro sino que, al modo de los vanguardistas de antes, lo incendia todo creando intemperie”.

Sobre el Premio Provincial de Narrativa 2020

En el marco de las políticas de fomento a la producción literaria que lleva adelante el Ministerio de Cultura de Santa Fe, el Premio Provincial de Narrativa “Alcides Greca” se llevó adelante en 2020 y recibió 265 obras literarias: 184 originales en la categoría de obras inéditas y 81 libros en la categoría de obras editadas.

La cantidad de obras recibidas fue significativamente mayor que en las ediciones anteriores del Premio Provincial, lo cual indica un creciente interés de las escritoras y escritores santafesinos por participar en el prestigioso certamen literario provincial.

El jurado integrado por Eduardo D´Anna, Beatriz Vignoli y Francisco Bitar destacó que la obra “logra climas de extrañeza haciendo uso del lenguaje cotidiano. Partiendo de una mirada sobre un mundo local reconocible, cada relato enrarece su referenciación, aventurándose en zonas limítrofes e inciertas. Cada narración emprende una exploración de sus protagonistas a partir del punto en que el mundo normal se ve quebrado por reglas insólitas, de modo que los personajes se salen de lo real para introducirse en el inaprehensible terreno de lo fantástico. Se destaca el empleo de una sintaxis original y una lengua coloquial, con lo cual se logra una voz singular”.

El Premio Provincial de Narrativa “Alcides Greca” homenajea la figura del icónico narrador y cineasta nacido en la ciudad de San Javier en 1889, cuya vida y obra transcurrió principalmente en Rosario, pero con fuertes vínculos con su tierra natal.

Cultura

Cecilia Pahl presenta «Estampas Argentinas», su nuevo disco

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Cecilia Pahl anuncia el lanzamiento de Estampas Argentinas, su nuevo trabajo discográfico: diez canciones provenientes del repertorio académico de nuestro país releídas en clave de música popular. Acompañan a la cantante en esta original propuesta los reconocidos guitarristas Ernesto Snajer y Matías Arriazu, a cargo también de los arreglos musicales para esta formación. El disco, que estará disponible en todas las plataformas digitales a partir del viernes 21 de enero, será presentado el sábado 5 de febrero en el Centro Cultural Kirchner.
Las obras que fueron seleccionadas para este proyecto pertenecen a algunos de los autores más relevantes de la música clásica argentina de raíz folclórica de la primera mitad del siglo XX, tales como Alberto Ginastera, Carlos López Buchardo, Carlos Guastavino y Gerardo Gilardi. Composiciones que, sin duda, reconocen a la academia y al conservatorio como su espacio natural pero que han encontrado inspiración en la música popular de nuestra tierra, en los rasgos rítmicos y melódicos propios de nuestras danzas, en los paisajes y costumbres criollas que condensa su poesía. Hay en Estampas Argentinas una fuerte apuesta por recuperar este universo: un desafío potente que busca arrancar cada una de estas piezas del ámbito académico al que se ha solido acotar su escucha para aproximarlas nuevamente al territorio de lo popular. En cada una de estas versiones convidadas por estos tres artistas se descubre un mismo impulso: el de ofrecer interpretaciones que -desde una mirada que parte del hoy, claro está- vuelvan a acercarlas al espíritu folclórico con el que fueron originadas.
En este camino, la voz de Pahl toma una clara distancia de todas esas versiones que, aferradas a la técnica lírica, han sido realizadas sobre este repertorio. «Desde mi época de estudiante de canto y coreuta, en donde tuve la ocasión de estudiar muchas de estas obras -explica- he venido pensado en la posibilidad de otras versiones que lograran aproximarse mucho más a la idea primigenia de sus compositores, en las que estuviera presente un canto del decir más que de la impostación de la voz». La elección de los instrumentos para acompañarla, por otra parte, no hace más que reafirmar el abordaje propuesto: la sonoridad de la guitarra (en este caso, dos), en unas piezas que originalmente fueron escritas para piano y canto, consigue transportarnos de inmediato al folclore popular.
Cabe destacar que a los exquisitos arreglos realizados por Snajer y Arriazu, deben sumarse los que lleva a cabo en uno de los temas un invitado de lujo: es el prestigioso compositor Guillermo Klein quien pone su firma en Canción a la luna lunanca de Ginastera.
Voz referente de la música popular litoraleña, con este disco, Cecilia Pahl sigue abriéndose camino a paso firme por la actual escena sonora. Su canto llega (en todo sentido) cada vez más lejos: «Este material -expresa la artista- me permitió repensar la manera de cantar un repertorio interpretado con otro lenguaje y, en estas canciones de fuerte identidad nacional, encontrar en el decir una profundidad que me conmueve. A los materiales que grabé anteriormente, arraigados en el folclore del litoral argentino, se le suman los kilómetros de extensión del vasto territorio nacional que se encuentran en estas Estampas Argentinas».

Canciones secretas

El siguiente texto incluido en el disco del historiador, periodista, docente y ensayista especializado en música popular Sergio Pujol.
En una ocasión, interrogado por el sentido último de su música, el compositor pionero Alberto Williams afirmó: «La técnica nos la dio Francia; la inspiración, los payadores de Juárez». Esta escueta definición encierra no sólo la clave del arte de Williams y sus contemporáneos, sino la explicación más plausible de lo que ha sido la cultura argentina en las primeras décadas del siglo XX: un mestizaje de influencias diversas; un diálogo superador -muchas veces tenso-, entre Europa y América; una identidad en construcción.
No hay piezas de Williams en esta maravillosa colección de canciones que acaban de grabar la cantante Cecilia Pahl y los guitarristas y arregladores Matías Arriazu y Ernesto Snajer, pero aquel concepto transoceánico sobrevuela el repertorio en su estado «natural». Digo «estado natural» porque el sutil trabajo de reescritura (todo arreglo lo es; incluso, yendo al fondo de la cuestión, podríamos afirmar que toda interpretación siempre es una reescritura) nos permite ir más allá de las versiones canónicas y apreciar tanto la calidad de estas canciones olvidadas o secretas como los modos de rescate con los que tres músicos argentinos de nuestro tiempo han elegido para actualizarlas. En ese sentido, no resultaría difícil inventariar algunos guiños.
¿Acaso la versión de «Vidala del secadal», de Carlos Guastavino y León Benarós, no tiene rasgos de Gustavo «Cuchi» Leguizamón, allí en las disonancias y síncopas rítmicas, allí en el sabor de la interpretación? Por otro lado, la bellísima «Vidala» recopilada por Abraham Jurafsky o «Zamba», del ciclo Cinco canciones populares Alberto Ginastera, ¿no podrían ser perfectamente canciones de Eduardo Falú? De «La canción del carretero», simplemente digamos que formaba parte del repertorio de música instrumental de Atahualpa Yupanqui, pero aquí suena de manera diferente.
Estas analogías – o mejor dicho, genealogías – revelan no tanto la circulación de influencias entre músicos de generaciones y estilos diferentes como la existencia de un subsuelo común de giros melódicos, rítmicos y poéticos que produjo eso que rápidamente llamamos folclore. Por supuesto, en estas «estampas argentinas» coexisten distintas poéticas. No es lo mismo el siempre cancionístico Carlos Guastavino, habituado a colaborar con poetas e intérpretes populares, que un compositor de cámara de la generación del Centenario como Carlos López Buchardo, o el clásico de los clásicos Alberto Ginastera. En todo caso, la voz de Cecilia toma distancia de la técnica «lírica» para reunirlos extemporáneamente en torno a la ingeniosa – y tal vez un poco irónica – imagen de «estampas argentinas». Y al reunirlos, los ha descubierto – casi diríamos que los ha pillado – en sus berretines populares, en sus creaciones de micro forma.
¿Podemos imaginar un disco similar a este con tangos? Desde luego, existe un repertorio de tangos «cultos», pero en general estos carecen de letra. La inclinación de compositores argentinos académicos al folclore ha respondido, sin duda, a cuestiones ideológicas en la mayoría de los casos: el nacionalismo musical prefirió llanura y cerros a la ciudad puerto. Estampas argentinas se puede escuchar como documento de una época de la creación sonora argentina. Sin embargo, no creo que esta sea la perspectiva más interesante. El exquisito canto de Cecilia, certero y despojado de todo manierismo, moderno en el sentido de exploración y riesgo, ilumina estas canciones argentinas que dormían quién sabe en qué rincón perdido de la memoria cultural argentina.
Magníficamente arregladas para voz y guitarras por Arriazu y Snajer- más Guillermo Klein en «Canción a la luna lunanca» de Ginastera -, han despertado no para reproducir el mundo en el que fueron creadas sino para vivir plenamente en el siglo XXI, al lado de nuevos repertorios y nuevas voces.

Ficha técnica

Músicos: Cecilia Pahl: voz, Ernesto Snajer: guitarra y arreglos, Matías Arriazu: guitarra de 8 cuerdas y arreglos.
Técnica: Grabado y mezclado por Ernesto Snajer en Estudio Camaradaland, Buenos Aires, Argentina, en agosto de 2021. Materializado por Eduardo Bergallo en Puro Mastering, Buenos Aires, Argentina.
Gráfica. Obra de tapa: Ignacio de Lucca, Diseño gráfico: Mauro Salerno Sello: Club del Disco.

Acerca de los artistas

Cecilia Pahl: Cantante del Litoral argentino, lleva cuatro discos editados: Corochiré (2010), Litorâneo (2015), Camino y Selva (2020) y el reciente Estampas Argentinas (2021).
Ha brindado conciertos en las salas más importantes de nuestro país, tales como el Centro Cultural Kirchner, la Usina del Arte, el Centro Cultural Haroldo Conti, entre otras. Además, se ha presentado internacionalmente en Estados Unidos, Chile y Brasil.
Desde hace más de 15 años trabaja profundizando en el repertorio de la música argentina con especial foco en la del Litoral.
Ernesto Snajer: Guitarrista, compositor y productor musical, su estilo como intérprete ha sido en ocasiones difícil de etiquetar, ya que es el resultado de intereses musicales muy amplios (jazz, tango, folklore sudamericano, rock). Esta familiaridad para tocar distintos géneros le permitió, como sesionista, participar en más de setenta discos, entre los que se destacan sus aportes para León Gieco, Alejandro Lerner, Calle 13, Julieta Venegas, Soledad, Jairo, Kepa Junquera, Axel, Miranda!, Ariel Ramírez, Patricia Sosa, Peteco Carabajal, Litto Nebbia, Liliana Herrero, Teresa Parodi y la Bruja Salguero, entre muchos otros. Como solista y con distintas formaciones, lleva actualmente editados 18 discos.
Ha combinado su carrera como intérprete con una intensa labor docente, brindando workshops y cursos de guitarra a lo largo de toda Argentina.
Matías Arriazu: Compositor, instrumentista y arreglador, es uno de los principales referentes para la guitarra de 8 cuerdas en la actualidad. Compartió escenario con grandes figuras de la música argentina, como Mercedes Sosa, Liliana Herrero, Teresa Parodi, Juan Falú, entre otros, además de músicos brasileños como Arismar do Espírito Santo, Chico Batera, Rogério Sousa, Yamandu Costa. Actualmente, forma parte de un dúo junto a Cecilia Pahl.
En nuestro país, lleva editado dos discos y ha brindado conciertos como solista en numerosas salas de Argentina y Europa. En Río de Janeiro, como integrante de un proyecto junto a Grazie Wirtti, ha registrado un disco con la participación de Milton Nascimento, y otro que fue editado y producido por Egberto Gismonti para ECM Records.

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Cultura

Cuando se vivía sin heladera

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¿Cómo conservaban los alimentos nuestras abuelas?

El uso del frío para la conservación de alimentos es una práctica consolidada desde siglos. Desde la prehistoria en adelante, la nieve y el hielo representaron la única forma de preservar la frescura de los alimentos.
Pero al carecer en el pasado de los sistemas modernos para generarlo, la única forma de mantener bajas las temperaturas durante muchos meses al año era construir lugares subterráneos, cargados durante el invierno con nieve y hielo.
En Italia, entre los siglos XVII y XVIII, fueron producidos, transportados, almacenados y comercializados en lugares llamados neviere -cuevas donde, en invierno, se recogía nieve para ser utilizada en la temporada de calor para enfriar alimentos y bebidas-, mientras que ya en el Renacimiento había construcciones utilizadas como neveras en sótanos, patios rústicos y palacios, llamadas giassera (it. ghiacciaia). Esta era un hoyo profundo, en un lugar frío, que se llenaba durante el invierno con hielo triturado o nieve prensada y se cubría con hojas secas o ramas. Esta nieve se convertía en hielo que duraba hasta el invierno siguiente.
Desde el siglo XVII hasta principios del siglo XX, especialmente en verano, en las ciudades, se podía ver al vendedor de hielo en la calle, transportarlo con un carro y cortarlo con una sierra a pedido y venderlo a los clientes.
El hielo era comprado por las familias, para mantener los alimentos frescos, para hacer sorbetes o granitas. Se raspaba el trozo de hielo y sobre lo obtenido se vertía el jarabe, casi siempre de menta o amarena (cereza negra amarga): una delicia para grandes y pequeños.
Con la llegada del desarrollo industrial y tecnológico, comenzaron a verse, alrededor del 1880, las fábricas para la producción industrial de hielo.
Otro elemento de suma importancia era la sal, especialmente en zonas alpinas alejadas. Este método de conservación tuvo gran importancia en la evolución de la cultura alimentaria piamontesa, así como en la economía y en la historia de comunidades enteras.
Un caso concreto lo demuestra: las anchoas, que, como todo el mundo sabe, son coprotagonistas, junto al ajo, de la Bagna Cauda, el plato emblemático del Piamonte. Todo proviene del contrabando de la sal, un tráfico durante siglos tan arriesgado como rentable para los aventureros que, dado el monopolio de la sal en manos de Génova, eludían aranceles y recaudadores de impuestos transportándola por los azarosos «caminos de la sal» que atravesaban los Alpes Marítimos.
Uno de los trucos más efectivos para esconder el preciado cargamento (sal) era camuflarlo debajo de las anchoas, que a su vez podían venderse a viajeros, peregrinos o cualquier persona que quisiera conseguir comida sabrosa, duradera y barata. En la época napoleónica, Génova perdió su monopolio, pero las rutas de la sal no se abandonaron, porque las anchoas saladas se habían convertido en protagonistas del comercio que ya no era ilícito.
Muchos campesinos se convirtieron en «anchoeros», creando así no solo una tradición, sino una economía local: con sus carros ligeros y muy robustos, fueron durante mucho tiempo figuras típicas de las ciudades y el campo piamonteses, pasando de finca en finca, de mercado en mercado. Era un trabajo de temporada, el suyo: una vez finalizada la principal labor agrícola, los anchoeros abandonaban los campos para ir a abastecerse, inicialmente directamente de los pescadores y posteriormente de los mayoristas. Generalmente viajaban solos, pero a veces los seguían niños adolescentes que así aprendían el oficio, o incluso sus esposas.
Un enfoque más «científico» se introdujo en la segunda mitad del 1800, cuando se comenzó a experimentar con procedimientos de esterilización, hirviendo los productos colocados en recipientes inicialmente de vidrio y luego de lata.
Más tarde se descubrió que, además de conservar los alimentos por más tiempo, este proceso elimina toxinas peligrosas como el Botox. Sin embargo, su efecto más inmediato fue la creación de un nuevo e importante sector productivo, el de los alimentos enlatados.
En Italia, quien abrió el camino fue el Piamonte: la primera industria de conservas de carne se abrió en Turín, donde en 1875 Francesco Cirio inició la producción de conservas.
Incluso la conservación de los productos de origen vegetal siempre jugó un papel decididamente importante en la economía doméstica de territorios que, como el Piamonte, debían afrontar inviernos duros e improductivos y en los que, por tanto, la disponibilidad de conservas podía tener una influencia decisiva sobre la calidad de vida. No sólo porque los frascos de frutas en almíbar, de verduras con diversos tratamientos, de conservas y mermeladas se convertían en un sabroso complemento para el almuerzo de Navidad o para ocasiones especiales, sino porque en algunos casos los productos en conserva se volvían esenciales para la supervivencia.
Igualmente importante fue la pasteurización, que se aplica a productos líquidos como el vino, la leche o la cerveza. Posteriormente se desarrolló la liofilización, el almacenamiento al vacío o gas inerte, etc., y también se extendió el uso de conservantes químicos. Hasta la época moderna, por tanto, los sistemas de conservación se basaban en la exposición del producto en determinadas condiciones, o su tratamiento con otros productos naturales disponibles en la zona.
Las castañas históricamente tuvieron la misma importancia para las poblaciones de las zonas alpinas y pre alpinas que practicaban la agricultura de subsistencia, que el maíz y la polenta tenían para los habitantes de la llanura.
Hasta el punto de que en muchas zonas el castaño era apodado el «árbol del pan». El método más común para conservar las castañas era el secado, y para ello los pueblos de montaña tenían un secadero común, donde los frutos se dejaban un par de semanas sobre rejillas y se sacaban todos los días, se metían en bolsas y se golpeaban para permitir la extracción de las pieles. Ramas y hojas secas servían de combustible para el fuego de las secadoras. Al finalizar estas operaciones, las castañas rotas se separaron de las enteras, parte de las cuales se vendía. Las castañas secas, con este, pero también con otros métodos, según la zona y las costumbres locales, duraban mucho tiempo y se consumían poco a poco durante el invierno. Generalmente se remojaban y luego se hervían y se consumían con leche, manteca, embutidos y tocino, o eran el ingrediente principal en sopas y algunos platos típicos. De las castañas también se obtiene la harina, que tradicionalmente se elaboraba moliendo la fruta obteniendo una harina muy fina, casi impalpable, con la que se elaboran preparaciones dulces y saladas.

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Cultura

El escritor y periodista Cristian Alarcón ganó el XXV Premio Alfaguara de Novela

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Su obra «El tercer paraíso», elegida entre 899 manuscritos de autores de ocho países, fue catalogada por el jurado como «una hermosa novela con una estructura dual ambientada en diversos parajes de Chile y Argentina».

El escritor y periodista chileno Cristian Alarcón se alzó con el XXV Premio Alfaguara de Novela, con la obra «El tercer paraíso», reconocida por «su vigor narrativo y una estructura dual, ambientada en diversos parajes de Argentina y de Chile», según el jurado, y definida a su vez por el autor como una historia «surgida de la desesperación y la soledad», durante el anuncio del fallo que tuvo lugar este mediodía en videoconferencia con España.
De esta manera, «El tercer paraíso» se impuso a 899 manuscritos: 131 de Argentina, 87 de Colombia, 43 de Chile, 408 de España, 57 de Estados Unidos, 119 de México, 29 de Perú y 25 de Uruguay.
«Fue una obra enteramente escrita en pandemia, en un retiro que me vi obligado a hacer en el sur de Chile intentando sobrevivir a una de las cepas más temibles del Covid», explicó Alarcón (La Unión, 1970), en conferencia a través de Zoom desde la Argentina, donde reside desde hace varios años y lleva adelante emprendimientos como el de la revista Anfibia, de la que fue fundador.
«Tuve el privilegio de poder frenar el vértigo de la tarea periodística, decidí entregarme a la fabricación de una historia familiar latinoamericana y esta experiencia suburbana elegida -agregó-. Me reencontré con mis ancestros y la profunda relación que muchas y muchos necesitamos con a naturaleza, a un resurgimiento de lo botánico y de la vida más allá de nuestras urgencias».
Desde comienzos de los 90 Alarcón se dedica al periodismo de investigación y a la escritura de crónicas, una tarea que desempeñó en los diarios Página/12, Clarín, Crítica de la Argentina y en las revistas TXT, Rolling Stone y Gatopardo. En sus libros «Cuando muera quiero que me toquen cumbia» y «Si me querés, quereme transa» cruza la literatura con la etnografía urbana convirtiendo relatos urgentes en novelas de no ficción. También es autor de «Un mar de castillos peronistas», donde reúne crónicas de viaje y perfiles de personajes disidentes y marginales.
El jurado del galardón 2022 estuvo liderado por el escritor español Fernando Aramburu (1959), autor de los libros de cuentos como «Los peces de la amargura», XI Premio Mario Vargas Llosa NH, IV Premio Dulce Chacón y Premio Real Academia Española 2008; y de novelas como «Los ojos vacíos», Premio Euskadi, «Años lentos», premios Tusquets Editores de Novela y de los Libreros de Madrid en 2012, o «Patria», premios Nacional de Narrativa, de la Crítica, Euskadi, Francisco Umbral, Dulce Chacón, Arzobispo Juan de San Clemente, Strega Europeo y Lampedusa, Atenas entre otros.
El tribunal se completa con la escritora y librera argentina Paula Vázquez (1984), directora de Asuntos Culturales de Cancillería; la editora mexicana Marisol Schulz Manaut (1957), directora de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara y Pilar Reyes (1972), editora con voz pero sin voto del selló Penguin Random House que contiene al sello Alfaguara.
Además de la escritora y periodista española Olga Merino (1965), autora de novelas como «La forastera», premios Pata Negra y Cubelles Noir 2021, y «Las normas son las normas», Premio Vargas Llosa NH 2006; y el escritor y cineasta también español Ray Loriga (1967), quien trabajó junto a Pedro Almodóvar y Carlos Saura y es autor de novelas como «Rendición», Premio Alfaguara de novela, libros de no ficción entre los que se encuentran «Sombrero y Mississippi» y de relatos como los reunidos en «Días extraños».
El Premio Alfaguara de Novela fue creado en 1965 con la intención de difundir la literatura en español. Su primera edición fue en 1965, un año después de la creación del sello que desde 2014 forma parte del grupo Penguin Random House. Se lo entregó hasta 1972 y tras 26 años de silenció resurgió, en 1998, para volver a ser convocado en forma anual con una dotación de 175 mil dólares.
El responsable de este relanzamiento fue el periodista y escritor Juan Cruz, director literario de Alfaguara entre 1992 y 1998. En esta última etapa, la distinción desempeñó, a través de sus 24 ediciones, un papel determinante en la difusión por todo el mundo de la literatura en lengua española: se han editado más de 2.700.000 ejemplares de las obras ganadoras en simultánea en España, Latinoamérica y Estados Unidos, como homenaje a una lengua común a más de 550 millones de lectores.
En toda su historia, el premio fue otorgado siete veces a autores argentinos y sólo una vez, en 2005, lo ganaron dos escritoras que escribieron en tándem: Graciela Montes y Ema Wolf, habían competido con «El turno del escriba». En 2019 lo ganó Patricio Pron por «Mañana tendremos otros nombres», en 2016 Eduardo Sacheri con 2016 «La noche de la Usina», en 2012 Leopoldo Brizuela con «Una misma noche», en 2009 Andrés Neuman con «El viajero del siglo», y en 2002 Tomás Eloy Martínez con «El vuelo de la reina».

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