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Opinión

Giuseppe De Micheli, ítalo-argentino

Alcides Castagno

Por Alcides Castagno

Pianella es una pequeña ciudad italiana, a la vera de un río de montaña que desemboca en el mar Adriático; allí nació Giuseppe De Micheli, Peppino, el 31 de agosto de 1918, cuando se acallaron los sonidos del espanto que la primera guerra mundial produjo en Europa. Toda Italia había estado involucrada, incluso esa región de Abruzzo, donde vivían sus padres, Constantino De Micheli y Mariana Crissante.

Giuseppe estudió para un magisterio que nunca pudo ejercer, porque pronto llegó la convocatoria al servicio militar, que se prolongó ante el estallido de la segunda guerra. Sirvió durante siete años en el arma de artillería, donde llegó a capitán al mando de un tanque. Las largas vigilias de guardia le hicieron pensar en un destino mejor. Las cartas de una cuñada y su esposo Dante Ciafarone, radicados en Rafaela tres años antes, le mostraban un territorio de paz, trabajo y futuro. Cuando terminó la guerra, se estableció con un bar en Pescara; en la planta alta del mismo edificio vivía una maestra, que además era empleada municipal: Raquelina María Rosica; los encuentros casuales al principio y no tan casuales después hicieron que la nueva pareja se amara, concretara su matrimonio en 1951 y decidiera emigrar hacia Argentina. Llegaron el 31 de diciembre de 1952 en el "Giulio Cesare"; Raquelina traía en su vientre a su primogénito Vicente, que nació un mes después del arribo.

La nueva tierra

¿Qué hacer en la nueva tierra? Su cuñado Dante trabajaba como Sastre, poco podía ofrecerle, pero José Nidasio, que era el agente consular en Rafaela, necesitaba alguien con el idioma italiano fluido como para atender la oleada migratoria que no cesaba. Así ingresó como secretario de la agencia. Un tiempo después, Giuseppe De Micheli y Dante Ciafarone, se asociaron para comprar el Bar La Gloria, sin dejar sus actividades anteriores; y no sólo eso sino que, además, Giuseppe, emprendedor por naturaleza, comenzó con una agencia de venta de pasajes a Italia. Raquelina, maestra italiana, hizo lo necesario para reabrir la escuela Dante Alighieri, en calle Saavedra 273. Tales ocupaciones familiares se transformaron en un auxilio permanente para los italianos que llegaban muchas veces a ojos cerrados, sin contactos y sin más motivación que huir de un estado de destrucción como había quedado su patria de post-guerra. La mayor parte se había radicado en el barrio que entonces se llamaba La Granja; un poco más al noreste, las quintas de los Celeghin, con quienes solían reunirse para hablar de tierras lejanas, como los Barbato, los Sciuto, los Gentilini y los Sincovich, entre otros.

Cuando José Nidasio hubo cumplido 70 años, debió abdicar a su cargo de agente consular, por reglamento, en favor de José/Giuseppe De Micheli; lo mismo ocurrió al cumplir este sus 70, dejando el cargo en manos de su hijo Vicente, ingeniero electrónico, que tuvo un breve desempeño por su prematuro fallecimiento en el año 2005.

Los helados

Es bien sabido que una de las especialidades italianas son los helados. La sociedad Ciafarone-De Micheli así lo entendió y transformaron un sector de La Gloria en heladería, actividad en que cosecharon un prestigio que aún se recuerda y que heredaron sus actuales dueños. Las recetas de los helados les fueron dadas por la fábrica Siam, que les había vendido las máquinas para su fabricación. Al separarse los socios, Ciafarone instaló una heladería en Rosario y De Micheli la suya en Miramar, que abría en la temporada de verano y era atendida en mayor medida por su hija Ana Gracia y su esposo, mientras Giuseppe y Raquelina se repartían entre la agencia de turismo, ubicada en Moreno casi 3 de Febrero, luego convertida en Turismo y Cambio en Bulevar Santa Fe 218, la agencia consular y la escuela Dante Alighieri.

Don José/Giuseppe se repartía y se las arreglaba para estar presente en cada una de las actividades. Algunas veces -no muchas- dejaba escapar algún gesto de nostalgia por la "vecchia e cara Italia"; el constante trato con los emigrados que llegaban y los que volvían lo mantenían con el espíritu abierto, hacia un pasado de alegrías y dolores que había dejado definitivamente. Después de 20 años pudo volver a recorrer el pueblito de Villa Badessa, donde la familia explotaba olivares. Allí pudo identificar los lugares de los primeros años, compartidos con sus 8 hermanos, y la casa donde crecieron todos, aún conservada y mantenida por uno de los descendientes. Escondía la sonrisa detrás de alguna ocurrencia pasajera en el estilo sentencioso tan particular en los italianos. Su trabajo múltiple y constante tropezó un día con la hemiplejia que no limitó su voluntad, pero sí sus movimientos, ayudados lentamente con un fino bastón, compañero de sus 70 hasta que todo terminó un 16 de octubre.

Ana Gracia nos cuenta la historia con la precisión cargada de emociones, al recordar la relación estrecha con su padre, "un hombre muy bueno, muy cariñoso con nosotros; en realidad la que ponía los límites era mi madre", agrega sonriendo, ante un paisaje cotidiano de una familia muy pequeña; Vicente no tuvo descendencia, aunque sí la tuvo Ana Gracia, que les dio a Giuseppe y Raquelina dos nietos: Fernando Martín y Diego Alejandro, prolongados en dos bisnietos: Antonio y Clara.

Giuseppe De Micheli, Peppino, sembró un criterio de trabajo y de servicio en el lugar del mundo que adoptó como propio, con medio corazón en esta tierra y la otra mitad repartida entre sus semejantes, los expulsados de la guerra, que, como él, hicieron Argentina.

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