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Luis Maggi, forjador de progreso

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Por: Alcides Castagno. El romántico loco por la unificación de aquella Italia partida y enfrentada se llamó Giusseppe Garibaldi, marino, corsario, general, prófugo de la justicia, luchador en Italia y América, enemigo de la influencia papal, tuvo más derrotas que victorias, más fugas que llegadas, pero logró la unificación de Italia, que era su objetivo.
Luis Maggi era un muchacho nacido el 12 de septiembre de 1842 en Pietra Marazzi, Alessandria, un pueblito de la Región de Piamonte lo suficientemente pequeño como para que cualquier joven inquieto desee algo más para su vida. Su búsqueda lo llevó a adherirse a los «carbonarios», una sociedad secreta que había nacido en el sur de Italia y se propagó en la región piamontesa, con objetivos similares a la masonería y propulsora de la idea de quitar todo poder temporal al Papa y con ello eliminar el centralismo romano. A los 24 años se une a las tropas de Garibaldi, asumiendo los ideales de la unificación italiana. Después de cuatro años vuelve a su casa natal para continuar con su hermano Daniel el cultivo de la vid. Eran tiempos de aguda pobreza y desempleo que impulsaba a europeos del centro a emigrar hacia América del Norte y del Sur. Los hermanos Maggi pensaban en otro lugar, otro país, otro continente del que Luis había escuchado hablar en el regimiento y por correspondencia de conocidos del pueblo. Había visto crecer a Lucía Conti, una quinceañera que compartía sus ideales de amor, familia y progreso, y a la que pudo convencer, además, de dos cosas: casarse con él, e irse a América. Así fue como el pequeño grupo que también integraron Daniel y su madre Lucía Redda, se embarcó en Génova en 1872, después de haberse producido la unificación italiana y de haber vendido el viñedo.

Horizontes

El destino inicial del horizonte americano fue el Paraje Las Tunas, departamento Las Colonias, donde compraron una chacra al que llegaron en carro a campo traviesa. Allí estuvieron 13 años y comenzaron a nacer los hijos. Pero no era suficiente. Entre cartas y comentarios de viajeros supieron de una nueva colonia en la llanura santafesina, que crecía rápidamente y ofrecía un panorama acorde con los sueños de los Maggi. Puestos en contacto con Guillermo Lehmann, vendieron la chacra de Las Tunas y con ese dinero concretaron la compra de 264 hectáreas en el sector Noroeste de Rafaela y simultáneamente montaron un comercio de ramos generales en la esquina de 9 de Julio y Belgrano, Maggi Hnos. y Manetti. Fue el primer comercio de ese tipo en Rafaela, pero los Maggi, mejores productores agropecuarios que comerciantes, vieron cómo el negocio no avanzaba -más bien retrocedía- y fue entonces que apareció en su camino un señor llamado Faustino Ripamonti, con el que cerraron trato.
A unos 200 metros de la esquina de lo que hoy es Bulevar Lehmann y Luis Maggi, sobre la calle Emiliano Cerdán, construyeron su casa, amplia, con una hilera de paraísos en su frente, que hacía de patio para juegos, entrada y salida de visitantes y que los separaba de los galpones donde se guardaban carruajes, herramientas, enseres de labranza y bolsas con semillas. Durante algún tiempo esa arboleda sirvió para albergar las festejadas Romerías Españolas. En el extremo Este, junto al actual bulevar Lehmann, se formaba una laguna donde los chicos del pueblo estaban autorizados para unos chapuzones los días de verano. El mismo espejo de agua convocaba a los patos silvestres, que servían de blanco y además de alimento a los cazadores pueblerinos.

Los hijos

Entre los tiempos de Las Tunas y los comienzos en Rafaela nacieron los diez hijos del matrimonio: 6 varones, Gabriel, Enrique, Elías, Víctor, Daniel y Ángel, y 4 mujeres, Catalina, Margarita, Josefa y Rosa. En los tiempos de cosecha, toda la familia participaba, mujeres y varones, más algunos peones contratados. Lucía les preparaba una olla humeante con mate cocido sin colar, y galletas, y así seguía la ruidosa trilladora a vapor, la primera de ese tipo que se usó en la región. Por entonces, Don Luis se había afianzado como productor al que los más jóvenes consultaban.
Una de las tareas asignadas a los más chicos era subir a los carros con los granos y saltar sobre ellos para que se compriman y quepa una mayor cantidad. Los primeros en saltar para ese «trabajo» eran Rodolfo y Pepe, hijos de Gabriel.
Desde los tiempos de su Pietra Marazzi natal, Luis Maggi cultivaba el placer de la lectura, con afán autodidacta, para mantener despiertas sus inquietudes y sus ideales que nunca abandonó y que, por el contrario, trataba de madurar. Una de sus lecturas diarias predilectas era la Biblia. Cumplía con toda la familia con los preceptos dominicales, ese espacio de tiempo que usaban para la liturgia de la fe, la charla posterior con los amigos y el parloteo ansioso de Lucía con las mujeres y sus temas comunes, vigilando de reojo a los chicos desparramados por la plaza aprovechando juegos. La reconocida formación intelectual de Luis atraía la visita de misioneros protestantes que lo incluían en su recorrida. Tenía en casa su sillón predilecto que servía como centro de reunión para sus hijos a quienes les leía y comentaba pasajes bíblicos en una suerte de formación espiritual que complementaba a la capacitación laboriosa de siembra, arreos, recorrer caminos para juntar la leña imprescindible, vigilar la fiambrera que colgaba de un tirante de la galería, alimentar las gallinas, juntar los huevos para ganarle de mano a alguna comadreja, barrer el patio con largas escobas armadas con paja de palmeras.
Lucía, aquella quinceañera que se animó a dejar su tierra para acompañar a su nuevo esposo que la doblaba en edad y experiencia, tenía que multiplicarse para cuidar sus embarazos, criar los hijos, colaborar en algunas cosas de la chacra, desplegar su habilidad para hacer dulces, la bagna cauda invernal y la polenta. Se encargaba también de atemperar las noches frías con el «scauda let», un recipiente metálico que se llenaba con brasas y se pasaba entre las sábanas.
Y así vivían los días. En una próxima nota recorreremos la profusa actividad de Luis Maggi, que sembró mojones institucionales en el nuevo pueblo y en la ciudad que se acercaba.

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Llegó carta de Madrid

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Por Vicente Massot. Derrocado en septiembre de 1955 por la así llamada Revolución Libertadora, Juan Domingo Perón, tras una estadía más o menos prolongada en Paraguay y distintos países de América Central, recaló en la España de Franco, donde —en condición de asilado político— residió hasta su vuelta definitiva a la Argentina en el año 1973. En el lapso que tuvo su casa en la capital española cumplió a rajatabla con las condiciones que le había impuesto el régimen del Generalísimo para no entorpecer las relaciones diplomáticas de la nación peninsular con la nuestra. Lo que no fue obstáculo para que —en un mundo sin celulares ni comunicaciones telefónicas seguras— el jefe indiscutido del justicialismo manejara estratégicamente a su movimiento con base en misivas y grabaciones que sus subordinados traían desde Madrid cada vez que lo visitaban en Puerta de Hierro. Aunque hoy parezca mentira y a las generaciones que entonces no habían nacido les suene incomprensible —asociada cómo está su vida a la galaxia de internet— esa relación del líder justicialista con sus tribus era, en aquellos tiempos, la única posible. Por ello se hizo famosa la frase que ilustra, a manera de título, la presente newsletter. Si se realiza sin prejuicios ideológicos un análisis acerca de la efectividad de los instrumentos comunicacionales utilizados, es claro que resultaron todo lo exitosos que podían serlo en atención a las limitaciones técnicas y políticas que se interponían en el camino de Perón.
Desde que fue conocido el resultado de las PASO —que la viuda de Kirchner, a diferencia de Alberto Fernández, daba por perdidas—, Cristina inauguró la modalidad epistolar para dirigirse a la sociedad en su conjunto. No lo hizo así para emular a Perón ni a instancias de una necesidad imperiosa —de la cual no pudo desentenderse, en su momento, el gurú de las masas argentinas— sino porque de un tiempo a esta parte prefiere no hablar en público de determinados temas ni está dispuesta a recibir a uno de los tantos periodistas afines, dispuestos a hacerle un reportaje a medida de sus deseos. Como lo que quiere es tomar distancias de una administración con la que cada día tiene menos afinidad, las cartas son un expediente inmejorable para lograrlo: se asegura la tapa de todos los diarios y su tratamiento en los más diversos medios y, al mismo tiempo, no corre el riesgo de irse de boca por efecto de la improvisación. Es cierto que carece del poder absoluto que sobre el peronismo acreditaba su fundador; que su carisma es infinitamente más pálido que el de aquel, y que nadie estaría dispuesto a dar la vida por ella. Sin embargo, y malogrado la estruendosa derrota sufrida por el Frente que todavía dirige —algo que ha reconocido sin tapujos—, su palabra no se halla devaluada como la del presidente. Basta que aparezca una carta suya para que no haya quién, en el mundillo político, se permita ignorarla.
A los efectos de revisitarla, hay que tener en cuenta el contexto en el que fue redactada y lanzada al público. En caso contrario sería imposible entender sus pormenores y descubrir aquello que sólo se comprende de manera acabada si somos capaces de leer entrelíneas. Por de pronto, no dejó lugar a dudas de cuál es su convicción respecto de las pasadas elecciones legislativas. Sobre el particular no se anduvo con vueltas de ninguna naturaleza y fue en extremo clara. Es evidente que la martingala presidencial de que perder significa no darse por vencido no la convenció en lo más mínimo. Para ella sufrieron una derrota indiscutible. El segundo dato fundamental es que no perdió de vista cuál resulta el tema de esta hora y acerca del mismo, a través del texto dado a conocer, puso de manifiesto la base de su estrategia actual: no quedar comprometida con las decisiones que el Poder Ejecutivo tome en la negociación con el Fondo Monetario Internacional; pero tampoco ponerle a Martín Guzmán un palo en la rueda, que sería algo así como romper lanzas y escalar hasta límites inauditos la crisis presente.
La situación de Cristina Fernández no es la más cómoda, aunque dista de ser desesperada. De momento, ha conseguido hacerse a un lado en la cuestión más ríspida que tiene entre manos el Gobierno —la lapicera es monopolio del Presidente de la Nación, escribió— tirándole el muerto, en una suerte de doble abrazo del oso, al hombre que ella eligió para ocupar el sillón de Rivadavia y a la principal fuerza opositora. Es como si les hubiese gritado en la cara: háganse cargo del fardo en razón de que los últimos nos endeudaron y el otro tiene la responsabilidad política derivada de su condición de jefe de Estado. Más allá de si sus argumentos resisten el análisis académico, está claro que ha abierto un compás de espera. Cuando haya acuerdo con el FMI —si acaso lo hay— volverá a alzar la voz para refrendarlo o condenarlo. Nadie podrá decir mientras tanto que le ha entorpecido el camino a la administración que ejerce el poder. A la par, nadie podrá decir tampoco que ha aceptado a libro cerrado cualquier arreglo respecto de la deuda soberana y el ajuste que se viene.

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Octavio Zobboli, el hacedor

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Por Alcides Castagno. En mi adolescencia lo había encontrado en su casa de calle Maipú; sólo fue un saludo de circunstancia. Me había impresionado con un andar erguido, casi solemne. A pesar de frecuentar su casa por mi amistad teatral con Marta y Beatriz, dos de sus hijas, nunca más lo vi. Esa imagen se repitió en una filmación de 1926 cuando, en la inauguración de la capilla del Hospital, se lo veía unos segundos junto a Magdalena de De Lorenzi. Hablo de Octavio Zobboli, uno de los grandes constructores de una Rafaela en crecimiento, un hacedor lleno de iniciativas posibles que, en su medida, llevó a la práctica.
Nació el 19 de diciembre de 1985. Desde joven se interesó por la política y su ciudad. A los 26 años fue concejal y durante su mandato presentó un proyecto de pavimentación de la ciudad. Poco después, entre 1925 y 1926 fue secretario municipal y el 2 de agosto de 1926 asume como intendente en un primer periodo de dos años hasta el 6/8/28 continuado 10 años después, del 23/3/38 al 10/4/41. De inmediato asumió para un tercer periodo entre el 29/4/41 y el 11/10/43.
Desde el primer momento desplegó sus sueños e iniciativas; la pavimentación con adoquinado que proyectara como concejal, comenzó a realizarse en su intendencia y fue su obra más importante, lo mismo que el proyecto de proveer agua corriente para la ciudad en 1927, que fue inaugurado en 1937. Dispuso la pavimentación del tramo de la ruta 166 (hoy 70) que faltaba para hacerla llegar hasta el centro de la ciudad. Las plazas y paseos públicos fueron de su interés primordial, así nacieron la plaza Sarmiento en 1926, la plaza 1ro. de Mayo en 1927, la plaza Rivadavia (hoy Normando Corti) en 1942, comenzó con la plaza Colón, finalizada luego por su sucesor Raúl Dutruel. Le pareció que el cantero de bulevar Lehmann estaba demasiado vacío, de modo que hizo construir la pérgola que hoy vemos como centro de atención y referencia. Para abastecer a las plazas y paseos, creó el Parque Vivero Villa Podio, a fin de producir las especies vegetales para la ciudad y, además, parquizó el sector agregando un lago artificial para que sirva de marco para el esparcimiento controlado de ese sector. En 1942 inauguró otro parque de la ciudad, el Balneario (hoy Centro de Educación Física) y para los más chicos utilizó distintos espacios vacíos equipándolos con juegos. Su preocupación por los chicos no terminó allí ya que creó el Comedor Escolar. Durante su gestión se inauguró el Mercado Municipal (Hoy Centro Cultural Viejo Mercado), el Corralón Municipal de Maestranza, y creó la empresa Municipal de Transporte, adquiriendo tres unidades, organizó la oficina de Catastro y creó las Comisiones Vecinales.
La síntesis de obras oficiales de Octavio Zobboli no fue todo. Se mostró ligado a instituciones sociales y deportivas. Aquí también tuvo una actuación profusa. Relacionado con la educación, fue presidente de la Cooperadora de la Escuela Normal Nro. 4 y luego de la Cooperadora del Colegio Nacional. Fue presidente del Club Atlético de Rafaela de 1919 a 1921; presidió la primera comisión de carreras y propició la compra de dos manzanas de terreno para destinarlas a campo de deportes. Integró el grupo fundador del Jockey Club Rafaela y colaboró en subcomisiones internas y el tribunal de honor.
Una curiosidad que pinta la personalidad de Octavio Zobboli: fue en octubre de 1923. Debían jugar al fútbol Atlético contra San Cristóbal F.C. A la hora de comienzo, el árbitro no estaba, de modo que Zobboli tomó el silbato y dirigió el primer tiempo del encuentro, que terminó cero a cero. Antes del comienzo del segundo tiempo llegó el árbitro Rivas y Octavio le cedió el mando.
El deseo de conocerlo más íntimamente me hizo visitar a Beatriz, su hija mayor, jovial, lúcida, que muestra sus 95 años con chispas en la mirada. «Mi padre tenía un gran amor por las plantas y las flores. Ya en su primera intendencia, en 1926, iba todas las mañanas a la plaza, hablaba con los jardineros y les indicaba las plantas que debían plantar y cómo ubicarlas. A veces me llevaba con él y disfrutábamos mucho el recorrido. Otras veces íbamos a visitarlo a la Municipalidad, en avenida Santa Fe, adonde trabajaba con su secretario Bonvicini. Recuerdo que a mis 5 o 6 años me llevaba de la mano a la Escuela de las Hermanas adonde yo iba a clases. Era muy familiero, hijo único, vivió con su madre y trabajó desde muy joven. Su padre viajó a Buenos Aires para atenderse de una enfermedad y nunca se supo más de él; se supone que murió en Buenos Aires. Lo recuerdo como muy divertido; por ejemplo cuando venían para Navidad mis tías Zanetti las volvía locas con cohetes y todo tipo de bromas. Le hubiera gustado tener un hijo varón pero tuvo cuatro mujeres: yo, la mayor, Beatriz Elena; luego llegó Esther, casada con Edmundo Cismondi; después vino Elea, esposa del Dr. Laura, recientemente fallecida y Marta, la menor, una destacada docente de distintos niveles educativos. Con su esposa, Elena Zanetti, eran muy unidos y se complementaban en todo».
Tuvo una vida política muy interesante y activa. Cuando se retiró del último periodo como intendente se asoció con los Callegari en una empresa constructora.
Beatriz da por terminada la charla y me invita a conocer su patio, con el mismo orgullo de su padre. Allí, una población de plantas y flores transmiten alegría y color, desde el enorme chivato con sus pequeñas flores rojas, los agapantos, margaritas hasta tantas especies que hablan de su pasión y su herencia.
Octavio Zobboli murió en 1970; su paso por la historia de la ciudad dejó signos de vida y obras, de iniciativa, compromiso y realización. Ojalá en esta síntesis pueda verse la imagen de un gran hacedor.

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Un fallo escandalosamente obsceno

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11.20 El sobreseimiento de Cristina Kirchner, su familia y 19 de sus cómplices, que iban a ser sometidos a juicio oral por múltiples delitos, constituye probablemente uno de los mayores daños jamás infligidos a la reputación del Poder Judicial de la Nación. El voto disidente de la jueza Adriana Palliotti deja en evidencia la total improcedencia de la argucia procesal a la que acudieron los jueces Daniel Obligado y Adrián Grünberg para exculpar a los acusados suprimiendo el juicio que debía llevarse a cabo.

El fallo contradice la lógica, la experiencia, el sentido común, la jurisprudencia y la ley misma. Sostiene que el lavado de activos, base de una de las acusaciones, fue cometido en forma “permanente” por los imputados desde 2006 hasta 2016. Pero dado que solo en 2011 se consagró legislativamente como un delito aplicable a la conducta desplegada por sus autores, tratándose de un “delito continuado”, que debe ser juzgado como un hecho único, correspondía, por el principio de la ley más benigna, el sobreseimiento de los imputados habida cuenta de que en 2006, cuando comenzó, no era considerado delito.

El razonamiento del voto de la mayoría es un sofisma que lleva a conclusiones absurdas. El principio de la ley más benigna opera cuando una ley posterior al hecho introduce determinado beneficio antes inexistente, o establece, por las razones que sea, que la conducta antes reprochada deja de ser delito. En la causa Hotesur-Los Sauces, la nueva ley de 2011, lejos de beneficiar, agravó las consecuencias de la actividad delictiva que estaban llevando a cabo sus autores. Obligado y Grünberg pretenden sostener que el reconocido principio constitucional constituye un permiso para continuar con determinada actividad una vez que esta ha sido declarada delito por una nueva ley. De acuerdo con su disparatado razonamiento, todo aquel que lavara dinero a partir de 2011, aun cuando lo hiciera ocasionalmente, debería ser penado, a excepción de aquellos que lo venían haciendo desde antes en forma permanente.

El crimen probado en Hotesur-Los Sauces fue la entrega de dádivas que llevó al enriquecimiento ilícito de la familia presidencial. El sistema se reordenó para beneficio de sus miembros cuando el primer organizador falleció y su cónyuge debió asumir ese rol. En ningún momento las conductas desplegadas fueron atípicas o no constitutivas de delito.

El fallo contempla como precedente el caso “Muiña”, en el cual un condenado reclamaba la reducción de su pena a partir de una ley que estuvo vigente entre la fecha en que cometió el delito y la de la condena. Nos preguntamos qué similitud puede haber entre ambos casos para aludir al principio de igualdad ante la ley, cuando un sujeto, en ejercicio de la primera magistratura de la Nación, organizó junto a otros una actividad delictiva que lo beneficiaba y en determinado momento se sanciona una norma que agrava las consecuencias de lo que ya venían efectuando. El entonces Presidente y su familia, junto al grupo de laderos que integraban la asociación ilícita, decidieron ignorar la novedad normativa y optaron por prolongar su tarea delictiva durante la vigencia de la nueva ley. Surge con claridad que cualquier intento de equiparar o asemejar un caso con otro resulta una ofensa al sentido común.

Otro de los argumentos esgrimidos en el fallo plantea la inexistencia de una asociación ilícita porque el tipo penal que la consagra exigiría una repercusión “en el espíritu de la población y en el sentimiento de tranquilidad pública, produciendo alarma y temor por lo que puede suceder”, todo lo cual, aseguran, no se da en el caso.

La reforma constitucional de 1994 introdujo el artículo 36, que expresa que “atentará contra el sistema democrático quien incurriere en grave delito contra el Estado que conlleve enriquecimiento, quedando inhabilitado por el tiempo que las leyes determinen para ocupar empleos públicos”.

Una banda organizada y liderada por un matrimonio que accedió a la más alta investidura de la Nación de manera continuada y que, basándose en la millonaria facturación por obra pública y en otras contrataciones del Estado, diseñó un gigantesco sistema de recaudación a nivel nacional sin duda genera más inquietud en el espíritu del pueblo por lo que sucede y puede suceder que el ocasionado por cualquier banda de asaltantes o secuestradores. Máxime porque dentro de esa corrupta modalidad construyó, a su vez, un subsistema con el círculo de mayor confianza para asegurar la impunidad de los beneficiarios, simulando que el dinero mal habido tenía una fuente lícita. Una burda y total alteración del orden público cuya gravedad no puede en ningún caso soslayarse.

No existen argumentos serios válidos para justificar la supresión de un juicio oral cuyas pruebas están tan claramente a la vista de toda una sociedad, con imágenes incontrastables que dieron la vuelta al mundo, tras la investigación de valientes periodistas, jueces, fiscales y algunos políticos, corroboradas por las evidencias recogidas por funcionarios judiciales y confirmadas por numerosos cómplices arrepentidos.

Los jueces firmantes del fallo mayoritario han recibido ya pedidos de juicio político y denuncias penales por incumplimiento de sus deberes de funcionario público y prevaricato, el delito específico previsto para un juez que dicte sentencias contrarias a las leyes. La nueva exhibición en un juicio oral de todas aquellas evidencias públicamente difundidas en su momento hubiera resultado tan insoportable para los autores del delito como incontrastable para una ciudadanía que aguarda una cuota de cordura en quienes ejercen el delicado contralor del cumplimiento de las normas ante la comisión de un delito tan probado.

La defección de los jueces Obligado y Grünberg en un caso de tanta trascendencia institucional solo se explica por su falta de independencia y de honestidad intelectual. La afrenta para quienes exigimos el cumplimiento de la ley y la ejemplaridad en la condena de los actos de corrupción en el seno del poder político es proporcional al daño conferido a la República. (La Nación)

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