Hay un dato que, a simple vista, parece una contradicción. Las tasas que pagan los bancos por los depósitos vienen bajando desde hace tiempo, pero quienes necesitan un préstamo difícilmente perciban una reducción similar en el costo del crédito.
¿Por qué ocurre esto?
La respuesta está en un componente de la tasa de interés que suele pasar desapercibido: el riesgo.
Toda tasa de interés se compone, simplificando, de cuatro elementos: la inflación esperada, el valor del dinero en el tiempo, la ganancia de quien presta y el riesgo de no recuperar el capital. Cuando uno de esos componentes aumenta, el costo del crédito también lo hace, aun cuando los demás disminuyan.
Y hoy, precisamente, el riesgo es el protagonista y no tanto la inflación como en otros tiempos.
La mora en los préstamos bancarios se ubica en torno al 12% o 13%, mientras que en el crédito extrabancario —fintech, billeteras virtuales y financieras— alcanza niveles cercanos al 25% o 30%. No es casualidad. Estas entidades suelen aprobar préstamos con mayor rapidez, realizan menos estudios crediticios y, muchas veces, financian a personas que no califican para un banco tradicional o que ya agotaron su capacidad de endeudamiento. Más velocidad y mayor inclusión financiera también significan asumir un riesgo más elevado.
Esto no implica que bancos o financieras estén atravesando una crisis. La mora forma parte del negocio y está contemplada en la tasa que cobran. Lo que sí refleja es que prestar dinero hoy resulta más riesgoso y, por lo tanto, más caro.
La comparación de los últimos dos años ayuda a entender el fenómeno. En julio de 2024, un plazo fijo rendía alrededor del 35% anual. Dos años después, esa tasa ronda el 20% o incluso menos. Sin embargo, la tasa de los préstamos al consumo prácticamente no cambió: estaba cerca del 65% y continúa en niveles similares.
En otras palabras, mientras el costo de captar depósitos cayó con fuerza, el costo de prestar dinero permaneció casi intacto. La diferencia entre ambas tasas pasó de unos 30 puntos porcentuales a aproximadamente 45.
¿Dónde quedó esa brecha? En el riesgo.
Para quien deposita dinero en un banco, el principal riesgo sería que la entidad no devolviera esos fondos, algo que hoy luce poco probable. En cambio, para quien presta dinero a una familia, el riesgo es que esa familia no pueda devolver el crédito. Y en el contexto actual, ese escenario es bastante más probable que hace algunos años.
Paradójicamente, esto ocurre en un momento en que el crédito al sector privado sigue creciendo. La explicación también tiene lógica. Durante los últimos años, el superávit fiscal redujo la necesidad del Estado de financiarse con el sistema financiero. Esos recursos quedaron disponibles para empresas y familias. Como los depósitos representan un costo para los bancos —porque deben pagar intereses por ellos—, necesitan transformarlos en préstamos para obtener rentabilidad. Si el Estado demanda menos crédito, el sector privado ocupa ese lugar.
El desafío, entonces, ya no es la disponibilidad de fondos, sino la calidad de quienes los toman.
¿Cómo se puede enfrentar este problema? No existe una solución única, pero sí varias herramientas complementarias. Refinanciaciones ordenadas, acompañadas de mayores garantías —como garantías reales o el respaldo de una Sociedad de Garantía Recíproca (SGR)— pueden reducir el riesgo y permitir tasas más bajas y plazos más largos.
También es fundamental mejorar la evaluación crediticia. A veces, que una entidad financiera rechace un préstamo puede ser una buena noticia: evita un sobreendeudamiento que luego resulta muy difícil de revertir.
La educación financiera también juega un papel decisivo. Conocer el Costo Financiero Total (CFT), comparar alternativas y comprender todas las condiciones de un préstamo ayuda a tomar mejores decisiones.
Naturalmente, una inflación más baja también contribuirá a reducir el costo del dinero, ya que constituye otro de los componentes centrales de la tasa de interés.
Por último, tanto las entidades como las familias deberían prestar más atención al nivel de endeudamiento. Destinar más del 25% de los ingresos al pago de créditos suele ser una señal de alerta. Y, del lado de los hogares, recuperar ingresos reales —ya sea mediante horas extras, una segunda actividad o mayores oportunidades laborales— será clave para disminuir la mora y mejorar la capacidad de pago.
En definitiva, el problema no es que falte crédito. El problema es que prestar se volvió más riesgoso. Mientras esa percepción no cambie, el precio del dinero seguirá respondiendo menos a la inflación y mucho más a la confianza que inspiren quienes lo reciben.
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