La escena parece sacada de otra época, aunque ocurre en pleno 2026. Chicos, jóvenes y adultos sentados en ronda, álbum en mano, repitiendo frases ya clásicas: “¿La tenés?”, “Me falta”, “Te la cambio”. Personas que quizás nunca se habían visto se encuentran para intercambiar figuritas, charlar, reírse y compartir una tarde en comunidad.
En un contexto donde gran parte de los vínculos pasan por una pantalla y donde las relaciones suelen volverse cada vez más rápidas e impersonales, el furor por el álbum del Mundial logró algo inesperado, que es recuperar el contacto humano cotidiano.
En Rafaela, el fenómeno tomó una dimensión propia gracias a la iniciativa de Bachi Molinaro y su hijo, quienes hace algunas semanas decidieron crear un grupo de WhatsApp para organizar intercambios de figuritas. Lo que comenzó casi como un juego familiar terminó creciendo de manera inesperada. Hoy el grupo reúne a alrededor de 600 personas que diariamente se comunican para buscar las figuritas que les faltan, coordinar encuentros y compartir esta pasión mundialista.
Pero detrás de la logística y los mensajes constantes, también apareció algo más humano. Sin proponérselo, Bachi terminó ocupando una especie de rol paternal dentro de la comunidad que se fue formando. No solamente porque la idea nació a partir del entusiasmo de su hijo, sino porque diariamente se encarga de ordenar, moderar y cuidar el espíritu del grupo.
Cada mañana, el inicio de la actividad llega acompañado por un mensaje que ya se volvió habitual entre los integrantes: “Buenos días. Se habilitó el grupo para el intercambio de figuritas. Por favor, usarlo de manera correcta: no insultar, no hablar de otros temas y mantener siempre el respeto. El uso del grupo es exclusivo para intercambiar figuritas. A las 22:30 hs el grupo se cerrará para no molestar. Gracias”.
En tiempos donde muchas veces predominan las discusiones, los agravios o el anonimato detrás de las redes sociales, ese simple mensaje diario funciona casi como una declaración de principios. Orden, respeto y convivencia alrededor de algo tan sencillo como intercambiar figuritas.
Lo que empezó como una necesidad práctica, la de completar el álbum, terminó convirtiéndose en una experiencia social. Padres que acompañan a sus hijos, adolescentes que coordinan encuentros y adultos que reviven recuerdos de su infancia forman parte de una dinámica que atraviesa edades y rompe barreras.
La tarde de este sábado fue una muestra clara de eso. En la Plaza 25 de Mayo, decenas de personas participaron de una jornada espontánea de intercambio de figuritas. Familias enteras, amigos y desconocidos se acercaron con carpetas y pilas de repetidas para compartir un momento distinto, lejos del aislamiento de las redes sociales y mucho más cerca del encuentro real.
Lo llamativo no es solamente el fenómeno comercial o la pasión futbolera que despierta cada Mundial. Lo verdaderamente singular es cómo un objeto tan simple como una figurita logró generar algo que muchas veces parece perdido, como la conversación, paciencia, acuerdos, miradas y tiempo compartido.
Porque detrás de cada intercambio no sólo hay una figurita que cambia de dueño. También hay una charla, una sonrisa o una pequeña conexión humana que, en tiempos de hiperconectividad digital, cobra un valor especial.
En una época donde la tecnología domina gran parte de la vida cotidiana, el álbum del Mundial parece haber recordado algo elemental, que todavía existen excusas capaces de reunir personas alrededor de una mesa, o en este caso, una plaza.



